Nostalgia y memoria

Debía ser complicado para los escritores de otros tiempos esculpir aforismos para la posteridad sin poderlos rematar con «según dice un estudio», que siempre da más autoridad a cualquier sentencia que a uno se le ocurra; al fin y al cabo, nadie va a reparar en su rigor o en si tan siquiera existe. Así, por ejemplo, Proust nos dejó escrito que «el recuerdo de las cosas pasadas no es necesariamente el recuerdo de las cosas tal y como ocurrieron» y solo podía cruzar los dedos para que el lector se lo creyera… Mientras que hoy en día le hubiera bastado rematarlo con dicho latiguillo y respirar tranquilo, porque, efectivamente, hay un estudio que lo confirma: la memoria reescribe el pasado añadiendo información y emociones del presente. Somos tan creativos recordando, de hecho, que la nostalgia es el material con el que se han forjado innumerables obras maestras de la literatura, el cine y la música. Muchísimas canciones nos han hablado de aquellos momentos de esplendor que tal vez nunca existieron y que definitivamente ya no volverán.

Lo que ahora contamos, preñado de nuestras emociones, se convierte en lo que pasó, sustituyendo a lo que realmente pasó.

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La privatización de la función pública

En los últimos años y a consecuencia de la crisis (la crisis que según algunos triunfalistas ya ha finalizado, cosa que no vemos ni en los salarios, ni en la estabilidad laboral, ni en el número de puestos de trabajo ofertados, ni …), los ultraliberales han alzado repetidamente sus voces solicitando, en pocas palabras, lo que ellos denominan el adelgazamiento de la función pública y la sustitución de ésta por entidades privadas. Realmente, la externalización de servicios públicos es más que un hecho, hecho que se ha demostrado, lamentablemente en repetidas ocasiones, como un medio más para aumentar la mordida o, directamente, el vaciamiento de las arcas públicas, al tiempo que la mala calidad de esos servicios.

Argumentos como “el funcionario y sus cafelitos” (vayan ustedes a un banco y comprobarán cómo de las cuatro cajas sólo hay una funcionando, pues los responsables de las otras tres están en su cafelito), las jornadas de atención al público de los funcionarios (hagan la misma comprobación en un banco, que nunca abren por las tardes ni los sábados), etc. Aunque, por supuesto, cuando una empresa privada se va al carajo (perdón) se salva con los impuestos de todos, no sólo los de los empleados (y directivos) de la empresa privada. Y que, por supuesto, los aumentos salariales que de siempre han tenido los empleados públicos han estado por debajo del IPC y muy por debajo de los aumentos que recibían, mayoritariamente, los empleados de empresas privadas.

¿Por qué no nos fijamos en otras cosas? Por ejemplo, en los precios. Es sobradamente conocido que el precio en lo privado es consecuencia, entre otros factores, de la ley de la oferta y la demanda; vean, por ejemplo, los precios de hoteles, las temporadas alta y baja sin ir más lejos. Si tanto queremos convertir lo público en privado, yo les hago esta propuesta: que los precios que uno tenga que abonar para recibir un servicio público dependan también de la oferta y la demanda. Sin salirnos del ámbito educativo: usted va a matricularse en una Facultad y si el día que usted va hay poca gente para matricularse, el precio es bajo, digamos, 1000 €. Pero si el día que usted va hay mucha gente esperando (el número de funcionarios es el mismo en ambos días, luego la espera no es achacable a ellos), entonces el precio sube a, digamos, 1200 €. O bien usted va a pedir que le expidan el título (ha conseguido usted que le aprueben todas las asignaturas) y, lo mismo, el precio será de 1500 o 1800 € según el número de  solicitantes de título que ese día haya. También podemos aplicar este modelo al precio particularizado de las asignaturas dentro de unos estudios determinados: para aquéllas asignaturas en las que el número de alumnos sea más elevado el precio sería más alto. Y no se olviden que en este país tenemos más universidades y más oferta de titulaciones que setas en noviembre en un bosque.

Sí, les acepto la seguridad del empleo del funcionario. Pero tengan en cuenta también lo siguiente: En la administración pública hay empleados funcionarios y empleados laborales, no funcionarios. Pues bien: tras más de 40 años en la función pública, no conozco directamente ningún caso de empleado laboral de la administración pública que haya sido despedido. Sancionado durante un tiempo sí, al igual que a un funcionario, pero despedido no. Y con  quince pagas completas, ayuda para uniforme (que se han gastado en alguna ocasión para comprar el traje de comunión al hijo) y jugosos “premios de jubilación” (hasta 25.000 euros) que los funcionarios de la misma empresa no tienen.

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Ahora, a trabajar

Salvo sorpresas de última hora, cuando ustedes lean esto habrá finalizado el proceso de elección de Rector de la USAL, ya sabrán quien regirá los destinos de esta ocho veces centenaria institución durante los próximos cuatro años. Cuando esto escribo (viernes, 24) todavía no se han abierto las urnas, ni siquiera el plazo para votar por correo. Y mañana salgo de viaje (debidamente autorizado) por causas académicas, por lo que ya he dejado a una persona para que presente en mi nombre mi voto por correo.

Pues ya está. “Enhorabuena” al vencedor y “la próxima vez será” al perdedor (si le quedan ganas para volver a intentarlo). Si es que en este tipo de asuntos hay vencedores y perdedores, que no estoy muy seguro, pues parece que la que siempre gana es la propia universidad, según todos se han encargado de decir (además de esas cosas de “fiesta de la democracia”, “la jornada ha transcurrido sin incidentes, salvo una mesa que tardó algún tiempo en constituirse”, “participación histórica”, etc.)

Debido a este viaje, no he asistido (no asistiré, utilizando el tiempo verbal correspondiente al momento en el que escribo) a ninguno de los mítines que supongo han sido programados para esta segunda vuelta. Me hubiese gustado asistir, sinceramente, salvo coincidencia con obligaciones docentes (por cierto, las clases de estos días de ausencia ya las he impartido; no las he “recuperado”, pues no puede recuperarse algo que no se ha perdido, sino que las he “anticipado”). Si se sigue diciendo, prometiendo y lamentando lo mismo en estos mítines que lo que se dijo en los de la primera vuelta me parece muy bien, pero si se ha cambiado el discurso me parece muy mal; eso de “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros” queda muy bien para Groucho Marx, y retrata a quien lo aplique.

Así que, como dijo cierto Alcalde de Salamanca cuando terminó un acto público de presentación de unas jornadas sobre el Patrimonio Cultural Arquitectónico en Piedra de la ciudad (que poco le importaba, el Patrimonio, como parece ser también a muchos regidores posteriores y anteriores) y en el que se le notó profundamentre aburrido, casi dormido y sin enterarse de nada, “Ahora, a trabajar”.

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Un tremendo error … tras otro

¿Se han dado cuenta ustedes de que la vida es una sucesión de errores? Llega un momento en el que una persona comete un error, pequeño o grande; a partir de ahí se pasa toda la vida cometiendo más errores al intentar enmendar el primero, al tiempo que intenta que ese error inicial no resulte conocido y siga encerrado en su armario repleto de cadáveres, uno por cada nuevo error cometido en su intento de enmendar el primero.

No crean ustedes que es tan raro. Quizá ustedes hayan leído la novela de Tom Wolfe La hoguera de las vanidades, llevada al cine por Brian de Palma en 1990 (la novela es mucho mejor que la película, como casi siempre). De un error inicial que podía haberse solucionado sin grandes problemas, se llega finalmente a una situación absurdamente complicada en la que se ven implicadas las vidas de numerosos personajes que finalmente resultan muertos, arruinados u olvidados en su gran mayoría, debido en parte a la soberbia de unos, a la ingenuidad de otros y, en definitiva, a las ganas de medrar de la mayoría. Es probable que si ese pequeño, minúsculo, diría yo, error inicial se hubiese corregido en su momento, en vez de tratar de ocultarlo, no hubiese habido novela.

Quizá los mayores recuerden el papel higiénico El Elefante (400 hojas), cuando no existía Scotex, pero tras el papel de periódico (ver Un franco 14 pesetas, de Carlos Iglesias). Tenía un lado ligeramente satinado y el otro rasposo y una vez lo doblabas ya no podías cambiar de textura.

Por supuesto, no crean que me estoy refiriendo ahora a los errores cometidos en la vida personal de uno; me refiero a los errores cometidos en la vida profesional, donde cometemos errores personales y a veces mancomunadamente, afectand los resultados no sólo a los cometedores de esos errores, sino también, desgraciadamente, a otros actores. A ver si otro día me animo y les cuento (aunque estoy seguro que no les importa ni lo más mínimo).

P.S.: Bueno, quizá si es usted de esas personas enormemente orgullosas de sí mismas, no está de acuerdo con lo que más arriba escribo, pues ciertamente usted no ha cometido nunca ningún error en su puñetera vida. En tal caso, mis más sinceras felicitaciones.

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Los Reyes Magos y las elecciones

Quizá sea la infancia la época en la vida de un individuo en la que la felicidad pueda ser absoluta: desconocedores de lo que en realidad es la felicidad, la disfrutamos sin temor a que termine. En función de la cultura en la que uno haya crecido y haya sido educado, al menos las personas de mi generación tenemos asociada la infancia a, por ejemplo, la fiesta de los Reyes Magos, la Epifanía, cuando esos seres maravillosos de Oriente se manifiestan en forma de regalos caídos del cielo, en pequeñas gotas y en todo su esplendor en la noche del 5 de Enero. Por eso quizá siempre hay momentos en los que deseamos volver a nuestra infancia, en la que la felicidad era gratuita y amplia.

Volver atrás no siempre es bueno, a pesar de eso que se dice de que Cualquier tiempo pasado fue mejor, pero es indudable que si el mundo gira (“…nello spazio senza fine …”), también lo hace la vida de uno y estamos siempre volviendo al mismo punto, en un bucle infinito.

Esa es, precisamente, la sensación que percibo tras haber asistido a mítines (del inglés meeting, encuentro, aunque en algunas ocasiones parece que asistimos a verdaderas ultreyas) de todos los candidatos a Rector de la USAL (y si a alguna reunión no destinada a explicar el programa electoral, ha sido por razones de puro agradecimiento personal). Miren: desde que llegué a esta universidad hará 36 años el próximo mes de Diciembre, he asistido a, creo, nueve procesos de elección a Rector, bien en votación directa o a través del Claustro. Y ahora, en este mes de los muertos del 2017, revisito los mismos escenarios, oigo las mismas cosas que en casi todas, si no todas, las ocasiones anteriores: aumento de plantilla de profesorado, atención al impresionante y nunca suficientemente reconocido trabajo del PAS, actividades extraescolares para los alumnos, reforma de edificios, guarderías para los hijos (y ahora también para los mayores) de los trabajadores de la universidad, ilusión por algo nuevo, necesidad del cambio, Erasmus, la biblioteca de Humanidades, … vamos; nada nuevo bajo el sol.

Es cierto que se han incorporado algunos temas nuevos, esas cosas en las que parece que todos están de acuerdo en que deben mencionarse, pero que cada vez más me recuerdan la historia del Rey Desnudo. Me refiero a esas palabras nuevas que se han colado en el lenguaje universitario (y otros). Por ejemplo, gobernanza, que suena casi tan antiguo como sedición, palabra que yo creía restringida al siglo XIX (Me perdonarán, pero cada vez que la oigo,  gobernanza, veo inmediatamente a una señora mayor, con cara avinagrada, cabellos grises sucios, estirados y recogidos en un moño en la nuca, con una blusa a listas grises y blancas abotonada hasta el cuello y cerradas las mangas en el puño, con una falda de vuelo amplio hasta el suelo y delantal de color indefinido, de cuya cintura cuelga un aro de hierro con una docena de enormes llaves oxidadas; ya sé, ya sé que sería la gobernanta, pero, ¡qué quieren! la dislexia auditiva juega a veces estas pasadas). Por ejemplo, también, internacionalización, otro de los tótem que hay que acoger en nuestra vida y que tiene que asumir como propios cualquier candidato que quiera tener opciones de ganar. Ya parece que pasó aquella época de la excelencia, la calidad, empoderamiento y poner en valor y otros.

¿Qué quieren que les diga? Pues que acudiré a votar, sí, esta vez lo haré, en la certeza de que aunque algo parezca que cambie en los próximos cuatro (o incluso ocho) años, algunos de los jóvenes que también acudan, podrán ver, dentro de un par de decenas de años, que todo ha vuelto a lo mismo que hoy tenemos y seguirán oyendo las mismas promesas que hoy oyen. Y no, no es mi postura fatalista, sino realista (de “real”, no “royal”, utilizando el inglés para desambiguar).

Esperemos, de todos modos, que el próximo Rey Mago nos traiga todo lo que nos promete … y la pléistéishon.

 

P.S. Lean lo que escribí hace casi cinco años.

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¡Que paradoja!

Hoy, que comienza el segundo capítulo de la borrachera institucionalizada al celebrarse, según el santoral católico, la festividad de San Alberto Magno, patrón de las facultades de Ciencias (el primer capítulo fue a mediados del pasado mes de Octubre, con la celebración de la festividad de San Lucas, patrón de las facultades de Medicina), se celebra también, por lo visto, el Día Mundial sin Alcohol, otro más de los días mundiales de … . Lo pude ver anunciado ayer en uno de esos paneles luminosos que el Sr. Alcalde ha colocado en diversos lugares de la ciudad y que tanto ayudan a la distracción de los conductores, y lo he comprobado en la prensa se hoy.

Que sea leve y a disfrutar, que son dos días (17 en total hasta final del curso), aunque ¿dónde queda la laicidad de este país y de esta Universidad?

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Los suplentes

Siempre están ahí, aunque no los veamos, aunque no les echemos cuenta alguna. A veces se esfuerzan junto con  los titulares para conseguir unos objetivos, pero éstos, cuando se alcanzan, se atribuyen casi exclusivamente a los titulares. Incluso aunque hayan sido los suplentes quienes les hayan facilitado, aplanado, el camino, para llegar los titulares en casi el último momento y llevarse todos los laureles y todos los premios. Lo óptimo es que hayan estado trabajando todos a la vez, ayudándose entre sí, pero algunas personas prefieren simplemente a los titulares, despreciando e ignorando la contribución de los suplentes.

Pero llega un momento en que los titulares ya están agotados, no dan más de sí. El problema es que no quieren reconocerlo nunca, pero hay que sugerírselo, aclarárselo, convencerlos, de que su tiempo, su momento, ha pasado. Y ha llegado el tiempo de los suplentes. Y éstos, los suplentes, quizá nos sorprendan por su capacidad, desconocida aunque quizá temida, para alcanzar los mismos o incluso mejores logros que los titulares, trabajando concienzudamente, tocando teclas, para alcanzar su éxito, en las que quizá los titulares no habían caído en todo el tiempo que fueron los reyes del mambo. No olviden que suele haber dos suplentes por cada titular, cada uno con unas funciones y habilidades específicas, que siempre estuvieron al servicio de los titulares.

Sí, no lo duden, los suplentes pueden hacerlo mucho mejor que los titulares, el único problema es que les dejen hacer su labor.

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Arquitectura

Según el DLE es el “arte de proyectar y construir edificios”. Definición sucinta y, por tanto, incompleta, pero adecuada.

No soy arquitecto; conozco a varios y no solemos hablar de Arquitectura (ni de Química), pero hay algunas ideas básicas que sí creo conocer. Por ejemplo, que un aspecto muy importante del edificio es su durabilidad y, sobre todo, su estabilidad, dependiente en gran medida de sus cimientos y que es muy importante prever también las condiciones, por ejemplo sísmicas, en que el edificio debe sobrevivir. Pero sea como sea, los cimientos son fundamentales.

También saben ustedes que a lo largo de la Historia ha sido muy frecuente que sucesivas civilizaciones se asienten sobre aldeas, poblados o ciudades de civilizaciones anteriores, bien exactamente sobre (Augusta Emerita-Mérida; Ispal-Hispalis-Sevilla) o muy cerca. Los edificios construidos por civilizaciones anteriores se han utilizado con frecuencia como punto de partida o sus materiales como componentes para los nuevos edificios (columnas romanas o visigóticas en edificios de la España musulmana, por ejemplo).

En principio y cuando no se contaba con la tecnología actual, los materiales con que se construian los edificios y sus cimientos debían ser, muy probablemente, los que se encontraban cerca de donde se iba a construir. Salvo, que yo sepa por lo que he leído, los celtas o pre-celtas que construyeron Stonehenge y que parece que transportaron las piedras desde el sur de Gales, al otro lado del Canal de Bristol.

Naturalmente optaríamos siempre por los mejores materiales (mimbres) a nuestra disposición, pero estaríamos siempre limitados por la calidad de esos materiales. Uno puede, sin embargo, ser optimista y suponer que los materiales que uno elige, entre aquéllos de los que dispone, son adecuados para los cimientos y a partir de ellos elevar un bonito y esbelto edificio. Éste aguanta, realiza su función (viviendas, oficinas, eventos, distracciones, …) hasta que llega un momento, en muchas ocasiones, en que los cimientos comienzan a fallar. Bien por problemas que no se habían detectado en origen  (algo parecido a los defectos o vicios ocultos), bien sea por problemas de fatiga de los materiales, bien sea por haber estado sometidos a estrés excesivo, factores en definitiva no anticipados por el arquitecto.

En cualquier caso, el edificio comienza a fallar, sus moradores lo abandonan y poco a poco comienza a envejecer, desmoronándose y no siendo ni sombra de lo que llegó a ser. Esto puede ocurrir en plazos cortos o en plazos largos, dependiendo de muchos factores y quizá sea el irremediable fin fatalista que espera a cualquier edificio.

Sin embargo, me imagino que lo peor es que eso ocurra en vida (no sé expresarlo de otra manera) del arquitecto que lo diseñó, que escogió (o creyó escoger) con sumo cuidado y mimo los materiales, pero que, o bien no realizó adecuadamente esa selección o, en definitiva, resultó engañado por unas aparentes bondades del material que al final resultaron inexistentes. Soy capaz de imaginarme la desilusión, la apatía en que el arquitecto caerá cuando, ya anciano o, al menos, sin fuerzas para comenzar de nuevo la búsqueda y selección de los materiales y comenzar de nuevo el diseño y construcción del edificio (distinto, renovado, actualizado, moderno, en comparación al desmoronado), decida dejarlo correr, a su albur y se siente, solo, cual Felipe II en su silla de piedra, no a ver erigirse su obra, sino a ver cómo su obra, en la que tanto empeño y cariño puso, termina siendo un montón de polvo, arena y quizá ceniza, sin posibilidad de renovación como el ave Fénix.

 

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Densidades y tetillas

Fíjense en la figura que les muestro. Se trata de la representación de la densidad de estados en función de la energía de los mismos, de acuerdo con la teoría de bandas (no se preocupen de momento de la línea discontinua). Un poco duro, ya lo sé, pero es una de las cosas que estudian los físicos y los químicos de Estado Sólido, aunque no sería malo que otros profesionales también conociesen su significado y relevancia.

La densidad de estados energéticos en un sólido crece de forma más o menos correspondiente a la raíz cuadrada de la energía de forma continua (línea continua-discontinua) en el modelo del electrón libre, pero si los electrones están sometidos a un campo de potencial periódico (como en un sólido cristalino, por ejemplo), surgen las anomalías que la curva presenta: primero un pico máximo y luego un descenso abrupto hasta alcanzar un valor nulo; en otras palabras, hay ciertos valores de energía para los que la densidad de estados es igual a cero (el famoso band gap). Sigue siendo un poco duro, pero sólo hasta aquí.

La forma de la curva recuerda en cierto modo al famoso queso de tetilla (caída o erecta, según gire usted la cabeza a la izquierda o a la derecha) gallego, pero la forma de esa curva representa, quizá, también otra cosa.

Yo le he encontrado una cierta analogía (ya saben ustedes que yo encuentro cosas muy raras a veces) con el proceso que experimenta la vida profesional, por ejemplo, de un profesor universitario, en lo dedicado a una de las funciones que le son inherentes, la investigación.

Al principio aprende, produce, rellena su curriculum, hasta llegar a un máximo, más tarde o más temprano; evidentemente, en función de la propia persona y de las circunstancias que le rodean, la curva estará más o menos extendida horizontalmente y el pico máximo, si lo hay, será más notable o menos. Y posteriormente viene el decaimiento hasta la tranquilidad absoluta; también aquí es obvio que la pendiente de la curva descendente puede ser más acusada o menos.

¿No les parece? Al principio de nuestra carrera profesional lo tomamos todo con ímpetu, nos parecemos a Sancho el Fuerte (o el Bravo) y nos queremos comer el mundo sin que éste nos coma; podemos alcanzar un/el éxito y debemos, por supuesto, estar contentos con nuestro trabajo y lo que el mismo supone y conlleva. Una vez alcanzada esa cima debemos ser conscientes de nuestras limitaciones, aunque sólo sea por razones obvias, debemos empezar a dejar que sean otros, a los que animamos a que hagan ahora el esfuerzo grande e intenso, para que la máquina no se detenga; poco a poco (o rápidamente, depende de la pendiente de la curva descendente) iremos haciendo mutis por el foro y nos olvidaremos (ojalá) y nos olvidarán (ojalá), aunque hopefully, como dicen los ingleses, quizá alguien recoja aquéllo que hemos hecho (ese pico máximo) y lo utilice para repetir, en sus circunstancias personales y de entorno, el proceso. No, no es que hayamos pasado a ser Sancho Panza, sino que debemos serlo y ese pancismo será más o menos acusado, según cada uno.

Dejémonos, pues, llevar, y completemos nuestra carrera profesional sin un ruido, haciendo cuando debemos hacer y dejando hacer cuando debemos dejar hacer. Hay que ser activo hasta cierto momento y saber retirarse a tiempo; los eméritos permanentes constituyen en muchas ocasiones una de las figuras más nefastas de la universidad.

 

P.S. Le he mostrado este artículo a un amigo y dice que la curva le sugiere la representación de un orgasmo masculino, con sus etapas de excitación, plateau,orgasmo, periodo refractario y resolución. Sin comentarios. El femenino es más complejo.

P.S. 2: Esta “entrada” fue escrita el 20 de Septiembre de 2017.

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La perdiz

Hace unas semanas ví en la televisión (en La2, no se crean) una película dirigida por José Luis Cuerda titulada La viuda del capitán Estrada. Lo único que ahora me interesa (y por eso lo traigo aquí) de la película es un par de escenas en las que uno de los personajes (interpretado por Germán Cobos) tiene y cuida una perdiz. Y eso me recordó hechos de hace muchos años (cuanto más viejo es uno es bueno que tenga muchas cosas para recordar) cuando, viviendo en Levante, acompañaba a veces a mi padre y unos amigos a cazar a la mano (o “en mano”) por el alto Maestrazgo, entre Castellón y Teruel. Llevábamos tres perros (un setter irlandés, un pointer y un spaniel bretón) en distintas épocas y el objetivo eran perdices y, en menor medida, conejos o liebres. Sobra decir que casi siempre volvíamos con las manos vacías. En todo caso, un día de campo con madrugón incluido, alguna casamata de la Guerra Civil (era una zona de frentes de guerra y de maquis posteriores)  y romero, tomillo y todo lo que ustedes se puedan imaginar en el ambiente. Posteriormente, cuando nos trasladamos a  Andalucía, la cosa fue menos frecuente, pero recuerdo alguna salida por la parte de Fuentes de Andalucía, también con escaso éxito.

El personaje que interpretaba Germán Cobos tenía, como digo, una perdiz, en una jaula que creo especialmente diseñada para estos animales; algunos cazadores (aunque yo no los he visto) llevaban a una perdiz metida en esta jaula y la utilizaban como reclamo para atraer otras en libertad y así poder cazarlas. La jaula es especialmente martirizadora, pues la perdiz pega saltos cuando se asusta y es muy fácil que se golpee la cabeza con la parte superior de la jaula.

Es un animal curioso, la perdiz. Tiene un aspecto altivo y la mezcla de colores me parece muy adecuada y bien combinada; llamativas las patas rojas, que, de bajo hacia arriba, presentan primero una cierta esbeltez para, súbitamente, pasar a alcanzar un aspecto rollizo en una línea muy divergente y que, en la mesa, suele albergar algún perdigón (DRAE, cuarta acepción, no la primera) que otro. Así me los encontré yo en cierta ocasión cenando en las Bodegas Campos (no les importa a ustedes con quien compartí mesa y mantel); para mí, que soy poco comedor de carne, resulta un plato muy adecuado, pero difícil de encontrar y en el punto de sabor que a mí me gusta.

¿O eran codornices?

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