Amigo

Entre los centenares de canciones que probablemente existan y ensalzan la amistad, hay dos que me vienen a la memoria y más en un día como hoy; se trata de Decir amigo (Serrat) y Algo se muere en el alma (Amigos de Gines). Seguro que usted conoce ambas y alguna vez las habrá tarareado. Hoy despedimos, por jubilación, a un amigo; así, simplemente, amigo, pues la amistad no admite adjetivos calificativos ni de ningún tipo.

No soy yo muy proclive a declaraciones lapidarias  ni a soltar discursos, salvo cuando las circunstancias así lo exigen, y hoy, precisamente, las circunstancias no lo exigen, pues la amistad, nuestra amistad, está por encima de las circunstancias, pero algo les voy a decir.

¿Cómo surge la amistad? Pues no lo sé; tengo amigos con los que he conectado a las primeras de cambio y que, a pesar de vernos sólo muy de vez en cuando y de hablar poco (incluso por las redes), mantenemos incólume la amistad.

¿Cuándo surge la amistad? Pues tampoco lo sé. Dicen que a edad temprana, cuando uno comienza a moverse en un ambiente más allá de su entorno familiar inmediato (en el que también hay amigos, ¡claro!; siendo tan jóvenes aun no hay cuñados), por lo que podríamos fijar las primeras posibilidades de hacer amigos en la escuela. O en el instituto. O en la universidad. O en el trabajo. O en todos estos sitios a la vez. Dicen que la mili también era una oportunidad de oro para hacer amigos, pero yo no la hice (la mili) y no se lo puedo confirmar ni desmentir.

¿Pueden hacerse amigos en la edad adulta? ¿Pueden hacerse amigos cuando uno llega a un nuevo sitio, inicialmente ni hostil ni acogedor, y muchas personas están mirando, a la expectativa, como en un teatro, a ver cómo te comportas? Sí, pueden hacerse y se hacen amigos. Al menos yo los he hecho. Y algunos los he deshecho, que todo hay que decirlo, lo cual quizá indique que no era una verdadera amistad, quizá se quedaba en conveniencia.

No es que la amistad implique una coincidencia absoluta en todo lo que hablemos o discutamos o se nos presente enfrente; pero la persona a la que me refiero es a la que yo escogería como amigo para irme a una isla desierta, aunque fuese sólo para tener así la posibilidad de seguir discutiendo. Nuestra falta de coincidencia en ideas o afinidades políticas, nuestra desacuerdo sobre a qué equipo apoyamos o apoyaríamos en un encuentro deportivo, nuestra falta de coincidencia sobre los libros o periódicos que leemos o emisoras de radio que escuchamos, nuestra falta de coincidencia en estos y otros aspectos (¡oh, la tuna!), nunca ha sido, ni es, ni será, obstáculo para mantener viva una amistad con contactos ya no tan frecuentes como lo fueron hasta hace unos años. Seguiremos coincidiendo, eso sí, en otros aspectos que no me atrevo a señalar aquí, pues nos tacharían de políticamente incorrectos, dada la memez y ñoñería que domina nuestra sociedad desde hace algunos años.

Y ahora que te jubilas quizá la oportunidad de vernos y de coincidir seguirá siendo tan baja como lo ha sido últimamente. Pero la amistad pervivirá, la amistad estará ahí por los siglos de los siglos. Aunque te despidamos en un acto, al que asisto por obediencia debida (aunque no a los organizadores) y que me toca mucho los cojones. Mucho.

Un abrazo.

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El celemín

Quizá los más provectos de los lectores habituales de estas páginas conozcan la palabra; un celemín es una medida de volumen para áridos, generalmente, equivalente a una doceava parte de la fanega.  Ahora bien: la fanega equivale a 55.5 litros en Castilla, pero a 22.4 en Aragón.

Nombre parecido al de fanega tiene la hanegada (fanecà o fanecada en catalán y valenciano), equivalente a 831 m², aproximadamente la doceava parte de una hectárea, que es la superficie en la que se puede sembrar una fanega (faneca en estos idiomas) de grano.

¿Y qué me dicen de la arroba? No, no me refiero al símbolo @, que algunos pacatos (RAE, tercera acepción) identifican por una letra. Me refiero a la unidad de masa utilizada en diversas partes de España y equivalente a 11.5 kg en Castilla, 12.5 en Aragón, 10.4 en Cataluña y 12.78 kg en Valencia (aún la he oído utilizar para referirse a la producción de naranja).

Como ven ustedes, hasta la imposición en Francia del Sistema Métrico Decimal (SMD) por decreto del 9 de brumario del año IX (aquí también se lució la Asamblea Nacional Francesa con su calendario republicano; corresponde al 4 de noviembre de 1800), las unidades utilizadas para expresar algunas magnitudes comunes (volumen y superficie, por ejemplo) eran muy diversas e incluso algunas con el mismo nombre correspondían a cantidades distintas referidas a una unidad común. Y no nos vayamos al sistema anglosajón, en el que las medidas imperiales y las norteamericanas (USA) coinciden en el nombre, pero no en la cantidad. La popular pinta (recuerdo que hubo una discusión en el Parlamento inglés para aprobar o no su abolición y pasar completamente al sistema decimal; ni qué decir que el cambio fue rechazado y la pinta, la milla, la yarda y la pulgada se mantienen con permiso explícito de la Unión Europea), un octavo de galón, corresponde a un volumen de unos 568 ml en los países británicos, pero sólo de 473 en USA (obviamente, el galón británico y el estadounidense corresponden a volúmenes distintos); ambas unidades están basadas en la onza líquida (28.4 ml la imperial y 29.6 ml la estadounidense), pero 20 onzas líquidas el primero y 16 el segundo. A mayores (como dicen los charros), también la palabra onza se refiere a una unidad de masa, pero equivalente a 28.35 g la que usan los británicos, 31.10 g la onza troy que se usa(ba) en joyería y la onza farmacéutica anglosajona o 28.76 g la onza castellana.

¡Que jaleo! Afortunadamente (a pesar de la cabezonería y tozudez de británicos, anglosajones y otros) llegó el SMD y lo arregló (o lo intentó) todo. El peligro que corremos ahora mismo y desde hace algún tiempo es que hay algunos poetas que están recurriendo a nuevas unidades, no incluídas en el SMD. No, no me refiero a rimadores y similares, sino a la gente que buscando alternativas al lenguaje común, inventan otro para intentar (supongo) que sus pobres e ignorantes oyentes les entiendan. Y esa nueva unidad de superficie es el campo de fútbol. Es probable que este verano, en alguna noticia relativa a los desgraciadamente numerosos incendios forestales habidos, alguno de estos poetas haya dicho que  “… la superficie quemada equivale a la superficie de 10 campos de fútbol.” Así a la brasa (y nunca mejor dicho). Pues bien, ¿saben ustedes cuáles son las medidas de un campo de fútbol? Si recurrimos  a la FIFA, resulta que recomienda unas dimensiones de 105 x 68 m (es decir, 7140 m²), aunque en partidos locales permite que las dimensiones varíen entre 90 y 120 m para la longitud y de 45 a 90 m para la anchura (es decir, desde 4050 hasta 10800 m²) y en los internacionales de 100 a 110 m para la longitud y de 64 a 75 m para la anchura (es decir, de 6400 a 8250 m²). Se puede, incluso, modificar las dimensiones de alguna de las partes del campo según interese, como hizo recientemente un equipo argentino.

Por tanto, cuando nos dicen estos poetas que “… la superficie quemada equivale a la superficie de 10 campos de fútbol.”, ¿a qué carajo se refieren? porque según el Sanedrín futbolístico un campo de fútbol puede ocupar desde 4050 hasta 10800 m², es decir, un factor de 2.67 entre ambos valores límite. O sea, que cuando el poeta nos embelesa con su florido verbo puede cometer un error hasta del 267%, ¿no? ¡Pues vaya precisión!

P.S.: Entre todas las unidades no métricas que cito (y hay otras muchas) en este texto he elegido el celemín para identificarlo porque es la que me parece más graciosa: celemín, figurín, cilindrín, federiquín, …

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¡Que barbaridad!

¡Esto es tremendo! ¡No sé si lo voy a poder soportar, ya no está una para tanto trote!

Miren ustedes: ayer, cuando aun no se habían apagado los ecos del alegre gaudeamus igitur entonado por el Coro Universitario tras el colorido y nunca suficientemente celebrado acto solemne de apertura del curso universitario, me llega por correo electrónico la invitación para asistir a la solemne investidura como doctores honoris causa por esta universidad de dos insignes (no lo pongo en duda) señores, que se celebrará (estos  descreídos ya no ponen lo de “D.m.” en la invitación) el próximo viernes, 22 de septiembre.

No sé, no sé; mi sueldo, aunque holgado, no sé si me dará para tanta visita a la pelu, pues a estos sitios y siendo una el foco (porque no habrá que decir “la foca”, ¿no?) de todos los medios informativos, hay que ir debidamente arreglada y puesta; no vale lo de arreglada, pero informal ni lo de sencilla, a la par que elegante. Hay que mostrar el poderío y todo lo que haya que demostrar. Aquéllo de ¡Rupert, te necesito! ha pasado de ser un viejo anuncio gracioso a una necesidad imperiosa.

Menos mal que no tengo que preocuparme de buscar modelos (por supuesto, de modistos españoles) y de no repetirlos, pues me visto o me disfrazo (según convenga) con un traje académico y ya está. Pero pelu y make-up no hay quien me los quite.

Tengo que repasar toda la información almacenada en mi lap-top, pues creo recordar que aun hay algunos cuya investidura ya fue en su momento aprobada por el Claustro de Doctores y supongo que los proponentes no querrán dejar que sean sus sucesores quienes se luzcan saliendo en la foto en tan magnos eventos.

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De vuelta al curro

Querido Iván,

Perdón que no te haya escrito en todo el mes de Agosto, pero es que no he parado; arreglando algunas goteras en casa y luego en la playa: chiringuito, poco madrugar (contratamos a un jubilado para que nos plantase la sombrilla junto a la orilla al amanecer), paella, siesta, trasnoche, …, en fin, ya sabes.

Y al llegar al trabajo el día 11 (hasta ese día me escaqueé con excusas relacionadas con la salud, que siempre se las creen), ¡qué follón! ¡no me había enterado de nada! Ni de los jaleos de  seguridad en el aeropuerto de El Prat (algunos capullos seguro que dirán “aeropuerto de Prat”), ni de los incendios en Portugal, ni de la pertinaz sequía, ni de los follones de Magaluf, ni de la bronca sorda de gallos de pelea en el patio del colegio entre USA y Corea del Norte; ni siquiera de que ya han empezado a darles patadas al esférico, con estas supercopas  y partidos del siglo que se han inventado para mantener a la masa aborregada también en Agosto.

Pues nada de nada, no me he enterado de nada, hasta que he llegado al trabajo. Y no es sólo que haya vuelto a mi rutina de dos cafelitos y una caña con pincho cada mañana con los colegas, no, es que es sólo en la tranquilidad de la oficina en donde puedo enterarme de lo que ocurre por ahí. Todo consiste en tener la pantalla del ordenador inteligentemente girada para que el público que viene a darme la brasa no la vea. De esa manera, puedo consultar los principales periódicos nacionales, los lamentables periódicos locales (¡hay que enterarse del programa de las Fiestas!) sin que el público se de cuenta. Incluso he encontrado una aplicación que me permite mandar y recibir mensajes de whatsapp a través del ordenador, con lo que no canto consultando el móvil. Me da igual que el público esté esperando (¡para eso lo es y viene aquí a que yo les resuelva sus problemas!) media hora o una hora: yo conecto el ordenador al llegar por la mañana y ya no lo apago hasta que me voy a mediodía y hasta el día siguiente. Incluso de vez en cuando consulto la bolsa (ya sabes que tengo algunas acciones, pocas, pero me gusta seguirles la pista y saber lo que podría ganar – o perder – si las vendiese); además, con esto de la inmediatez no basta con leer el periódico de cabo a rabo al llegar, pues van actualizando las páginas a medida que ocurren unas cosas y otras y un vistazo detallado antes de irse a comer no está de más.

Mi jefe lo sabe, pero no me dice nada (yo creo que él también lo hace, pero recluido en su cubil de paredes translúcidas parece que disimula un poco); es consciente de que si trabajásemos todo el tiempo que estamos en la oficina (¡y me acabo de enterar que según el Supremo la media hora del bocadillo no es un derecho!) nos echarían por lo menos a la mitad, él incluído. Así que prefiere hacer la vista gorda y cada vez que mandan una circular de Recursos Humanos pide más personal; menos mal que no le hacen caso, pues ya no caben más mesas en esta oficina.

Bueno, Iván, te dejo, que creo que a una de las personas de la cola le ha dado un patatús (no te he dicho que también he manipulado el aire acondicionado para que refresque mi rincón y no donde espera el público, a ver si así se cansan y se van aun sin haber sido atendidos) y tengo que hacer un poco el paripé. Te llamaré un día de estos y aprovecharemos la Feria de Día, que nos lo han puesto a huevo.

P.S.: Querido lector: dejo a su elección el sitio en el que nuestro protagonista trabaja; valen tanto centros oficiales como otros muchos que no lo son. Usted puede también tunear el escrito para adecuarlo a empleados de tipo no administrativo.

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A pesar de todo

A pesar de todo y en consonancia con lo que aquí escribí, estoy relacionado con diversos clubes. Uno de ellos es la Asociación Española de Científicos, a la que estaré eternamente agradecido por haberme concedido una Placa de Honor en el año 2015. Como quiera que en el discurso de aceptación expuse algunos de mis puntos de vista sobre el papel de la universidad y de los científicos en general, no me resisto (además porque hoy es hoy) a incluirles aquí parte de dicho discurso, lo que vino después de la laudatio y de los agradecimientos. Son ustedes muy libres de ignorarlo y cambiar de canal (les advierto que es largo, el discurso).

“…

Pero la universidad no es sólo investigación; nuestra obligación es dedicar una parte importante de nuestro tiempo y esfuerzo a los alumnos, en las tareas de docencia. No en la gestión: la gestión NO es un fin de la universidad (léanse el Artículo 1 de la vigente Ley Orgánica de Universidades), sino un medio, una herramienta, como hoy en día gusta decir a muchos, necesario, eso sí, para que la universidad alcance sus fines de docencia, investigación y estudio; al igual que las aulas, los libros, los laboratorios y los encerados, pero poco más.

Es por tanto absurdo que se exija la gestión como un mérito más para alcanzar posiciones estables en la universidad. Aun así, todos hemos dedicado algún tiempo, algunos más y otros menos, a la gestión, pero no debe ser nuestro objetivo en esta profesión.

Otra cosa bien distinta es la gestión de la investigación, en donde son necesarias personas con experiencia, capacidad y una visión amplia y no cicatera, en ningún sentido, para marcar algunas pautas, especialmente en lo que se refiere a la gestión de los siempre escasos fondos y, muy particularmente, para intentar marcar unas vías, por supuesto anchas, por las que debe la investigación discurrir.

Ambas tareas, docencia e investigación, no pueden separarse, no existe una línea que las delimite. La docencia, bien entendida, bien llevada y bien planteada, debe encaminar al alumno no sólo al conocimiento de una serie de conceptos, sino a la intriga, a la duda, al desconcierto en algunas ocasiones, para despertar en él el interés, las ganas de aportar, las ganas de saber, las ganas de completar lo que ya hay. Sólo de esa manera el alumno sentirá a la Ciencia como algo vivo, que puede y debe crecer, como algo propio a lo que vale la pena acercarse para investigar, para aportar.

Y éso solo se consigue si somos capaces, de alguna manera, de contar al alumno qué es la investigación, qué hacemos en la investigación, cómo la hacemos, para que sirve, si es que sirve para algo, nuestra investigación. Y poniendo a su alcance, o guiándolo hacia donde existen, los medios para que pueda conocer, ampliar y completar su formación científica. Es evidente que no podemos investigar en todo lo que explicamos, pero sí debemos explicar sobre todo aquéllo en lo que investigamos.

No quiero terminar sin exponer otros puntos que considero importantes: Al menos para mi generación, la universidad (o el Consejo) fueron una elección, en unos momentos en los que el mercado laboral era amplio y frondoso; no había problema para encontrar un trabajo digno, relacionado con los estudios que habíamos seguido y, en muchas ocasiones, mejor pagado que el de la universidad. Por eso, nuestra elección fue en gran medida la consecuencia de una vocación, que nos permite dedicarnos a hacer el trabajo que nos gusta y trabajando en lo que y como nos gusta. Por tanto, pero sin conformismo, si no nos gusta, ocasión tuvimos para dejarla y lanzarnos a la búsqueda de otras oportunidades, que las había.

Hagamos nuestro trabajo, que es el que nosotros hemos elegido, de la mejor forma posible, y, sobre todo, contémoslo, para que se sepa, para que la sociedad, que es la que nos paga, sepa en qué nos gastamos su dinero.

Es papel de las sociedades científicas no sólo amparar y acoger a los científicos, dándoles en la medida de sus posibilidades los medios y el entorno para que desarrollen su labor, sino también las encargadas de esa labor de divulgación a la sociedad civil de qué es lo que se hace. Lamentablemente, en demasiadas ocasiones ese conocimiento queda restringido a un pequeño grupo de autoelegidos, que se comportan, que nos comportamos, como fieles seguidores de aquel Hermes Trismegisto de quien dicen que creó la Alquimia. Cuando nuestras revistas de divulgación con rigor científico aparezcan en los quioscos al lado de y tengan tanto éxito como El Mundo Deportivo o Marca, uno de nuestros objetivos estará cumplido.

Muchas gracias.”

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El Mercado Histórico

Una de las actividades de las Ferias y Fiestas dedicadas por la ciudad de Salamanca a su Patrona, la Virgen de la Vega, es la instalación del este año denominado Mercado Histórico, en la Vaguada de la Palma.

En años anteriores lo denominaban Mercado Romano, o Mercado Medieval, o Mercado con cualquier otra denominación que tratase de ubicarlo en una época determinada de la Historia. Pero en mi opinión era un desastre por la falta de coherencia histórica que se observaba y que no había que ser necesariamente Sheldon L. Cooper para identificarla; no solamente había puestos que vendían patatas fritas, por ejemplo, sino que no dejaban de aparecer smartphones de última generación en las manos de algunos vendedores, eso sí, disfrazados éstos de saltimbanquis o, al menos, intentando dar un tono medieval o romano a su apariencia. Parece que este año han tirado por la calle de en medio y directamente lo han llamado Histórico para no pillarse los dedos.

Pues bien; en contra de mi costumbre, lo he visitado y me han sorprendido las extraordinarias medidas de seguridad adoptadas por el Excmo. Ayuntamiento, especialmente los enormes y sólidos bolardos que han colocado en la entrada norte de la Vaguada, capaces de detener al tráiler más pesado; como ustedes probablemente sepan, la Vaguada cae en pendiente hacia el río Tormes en dirección norte-sur; como pueden ustedes observar en la fotografía, dichos bolardos de seguridad consisten en un par de vallas metálicas, las mismas que colocan el día 5 de Enero para contener al entusiasmando público que acude a la entrañable cabalgata de Sus Majestades los Reyes  Magos de Oriente. Eso sí, con una vistosa señal de tráfico de “dirección prohibida”.

¡Ah! y en la, aproximadamente, hora y media que estuve por ahí, no ví ni una sola pareja de policía o de ningún otro Cuerpo o  Fuerzas de Seguridad.

 

P.S.: Ya sé que el tema no es para tomarlo a broma, ni yo lo intento. Pero me perdonarán el sarcasmo, cuando se saca pecho de las medidas de seguridad adoptadas, cuando en el caso que les comento, acceder desde  la cuesta de San Blas hasta la Vaguada es tremendamente fácil y siempre en cuesta abajo. Me alegro de que no haya pasado nada y que siga sin pasar hasta el desmontaje de este esperpento pseudohistórico.

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El espejo de la madrastra

No sé si hoy en día a los niños se les siguen contando los cuentos clásicos de El lobo feroz, Caperucita Roja (Encarnada en la época de Franco), Blancanieves y los siete enanitos, El gato con botas, …, pero estoy seguro que los lectores de este blog los recuerdan. Se acordarán ustedes de la madrastra de Blancanieves; más mala que donde los hacen. Todos los días se miraba en su espejo mágico, preguntándole “¿Quién es la más bella del reino?”, a lo que el espejo respondía “Vos, Majestad”; lo recuerdan, ¿no?

Hoy me imagino que siguen existiendo reinas madrastras malas, magas malas y reinas malas (no quiero entrar hoy en ese jardín), pero es indudable que mucha gente sigue planteando ese tipo de preguntas esperando, obviamente, ese tipo de respuestas. Y cuanto más se repita esa respuesta (a esa pregunta), más se convencerá la madrastra de que es verdad; ya lo planteaba Goebbels.

La diferencia con lo que el cuento nos dice es que hoy ya no existen espejos mágicos. Entonces, ¿dónde se mira la madrastra? (Nota: permítanme que siga personalizando en la madrastra, aunque es cierto que el asunto es aplicable no sólo a las mujeres, pues narcisos también los hay y muchos, a montones). Pues en los medios. Existe tal oferta de medios hoy en día, que es muy fácil agenciarse entrevistas en varios de ellos, a la vez o en cuentagotas, para mantener siempre la atención, que se han convertido en el espejito mágico de nuestra ya anciana madrastra. Entrevistas pactadas, noticias de contenido inane, … ya lo cantaba Cecilia en una de sus más famosas canciones.

Y así, a fuerza de salir y salir en los medios, terminan por creerse, tanto las madrastras como los narcisos, eso que tantas veces repiten (como decía Goebbels); así, actuando como corifeos, consiguen rodearse de palmeros ciegos. Ciegos hasta que desaparece su muñidor y alguien, no influenciable ni dependiente de ellos, hace como el niño del (también) cuento del Traje nuevo del emperador. Esperemos que no nos salpique.

Lo malo es que esta historia no es en absoluto nueva; es una nueva versión de otra ya publicada hace justamente cuatro años. Y que conste que la de hoy la he escrito sin recordar esta otra, que he buscado posteriormente, cuando me he dado cuenta de que la historia “me sonaba”.

 

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Empecemos con un (otro) jarro de agua fría

Los hechos, no por esperados, son menos dolorosos.

Como es un tema del que ya he escrito aquí y hasta me resulta cansino, pues no les comento nada. Simplemente les dejo la noticia que nos daba un periódico local el pasado 15 de Agosto y que me imagino habrán recogido otros periódicos entre esa fecha y hoy (no he querido leerlos, de verdad; me quedo con las ganas de saber a que Vicerrector le habrá tocado en suerte quedarse de guardia para enfrentarse a la cruda realidad a través de los medios, aunque me lo imagino).

Me refiero al ranking de Shangai para el año 2017. No está la USAL entre las 200 universidades mejor clasificadas del mundo, ni entre la 201 y la 500, sino entre la 701 y la 800 (a medida que se desciende en la clasificación se amplía el margen de ubicación, al menos en la información resumida). En esta página se recogen las universidades españolas que ocupaban algún puesto hasta el 450 desde el 2013 … y tampoco aparece entre ellas la USAL.

Ahora es, cómo no, el momento de decir que los parámetros elegidos para hacer esa clasificación están sesgados, que si somos unos incomprendidos, que si “que inventen ellos”; o que debemos hacer un esfuerzo, que si hay que aumentar la docencia impartida en inglés, que si la transferencia de conocimiento, que el emprendedurismo, que si la abuela fuma; en fin, cualquier excusa nos servirá. Aunque es curioso que, con estos parámetros, ocupen los primeros puestos las universidades a las que todas quieren parecerse.

Pero sin agobiarse; estamos a un paso del 2018 (lástima que el año no comience en jueves, día de milagros por excelencia, aunque no sé qué fecha han escogido para el inicio de este año santo), cuando desaparecerán todos nuestros males; tendremos una nueva versión del cielo de Salamanca, cruzado por unicornios de color rosa, al tiempo que sonarán las más bellas melodías que nuestros oídos hayan escuchado en vez de la tuna; el Tormes ya no llevará aguas insalubres, sino sólo leche y miel, como en un paraíso. La sabiduría descenderá cual lengua de fuego pentecostera sobre las cabezas de los docentes y en un plis plas, antes de que ese año santo salmanticense finalice, ni Harvard ni Stanford ni Cambridge, ni siquiera el MIT, ni ninguna de esas universidades descreídas de países pecadores no tridentinos, seguirán ocupando los lugares preeminentes de esta clasificación; el lugar de honor, la medalla de oro, la flor natural de los poetas, la corona de laurel cesarina no serán para ellos, sino para la ocho veces centenaria institución que desde lo más alto  del podio in saecula saeculorum observará y se regocijará con el llanto y crujir de dientes de sus más próximas competidoras. En justa correspondencia, esta institución gozará además del aplauso incondicional de todas las instituciones académicas latinoamericanas, tan proclives a medallear a cada cargo y carguillo que desde las orillas del Tormes por allí se acerca. Al tiempo, los que nunca creyeron en ella serán desterrados a las calderas de Pedro Botero, en donde purgarán su descreimiento junto a todos los que nunca le echaron una mano ni desde las instituciones políticas (locales, regionales, nacionales o internacionales) ni desde otras instituciones e instancias académicas, siempre presas de su odio, celos y envidia.

P.S.: Les juro que de verdad no quería comentarles nada.

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17 de Agosto de 2017

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Don’t let me be misunderstood

Tras los últimos esfuerzos de todos por conseguir que hablemos y entendamos y escribamos correctamente el inglés (e incluso que trabajemos en este idioma, cosa que algunos llevamos más de 45 años haciendo), supongo que ustedes han identificado el título de este “blog” con el de una canción de mediados de los 60, originalmente cantada por Nina Simone, pero que fue versionada por algunas decenas de cantantes, destacando (para mi gusto) la versión de Joe Cocker y, sobre todo, la de The Animals (casi a la altura de The House of the Rising Sun). También tuvo versiones en castellano, siendo quizá la más famosa la de Bruno Lomas.

Literalmente, el título puede traducirse por “No me malinterpretes”, aunque se popularizó en España como Comprensión.

Y es que yo quiero que no malinterpreten algunos de los comentarios que aquí vierto; bueno, no quiero que malinterpreten ninguno, aunque hoy quiero referirme en especial a los referidos a la USAL.

A pesar de lo que ustedes hayan leído aquí, no crean que me alegro por la falta de presencia de esta universidad en los rankings internacionales de mayor prestigio y que yo he comentado en algunas ocasiones. No crean tampoco que me alegro de los manifiestos errores en la gestión, ni tampoco de la falta de dedicación y esfuerzo que en forma creciente se observa tanto en muchos profesores como en muchos de sus alumnos. En absoluto. Ya fue hace más de 25 años cuando, en un congreso celebrado en Compiègne (Francia) me dijo un asistente: “¡Vaya, de Salamanca! pero ¿hay en Salamanca algo más que Letras?”. Y tuve que explicarle que sí (una prueba es que yo estaba en ese Congreso) y que además de Letras (ningún comentario ni hoy ni ahora sobre las Letras en Salamanca), en Salamanca hay Facultades (aparte de la inevitable de Medicina) dedicadas a las Ciencias y a las Ciencias Experimentales, que encuadran Departamentos en los que numerosos grupos de investigación, consiguiendo subvenciones y contratos con varias empresas, aportan algo más que un granito de arena al conocimiento general, y que algunos de los investigadores  en Ciencias de Salamanca se encuentran muy bien colocados en diversos rankings y son invitados a impartir conferencias en congresos internacionales (y no sólo por ser amigos de los organizadores),  y algunas de sus publicaciones tienen un reconocimiento mundial, reflejado, por ejemplo, en el número de veces que son citadas, entre otros criterios universalmente aceptados para la evaluación de la producción científica.

Reconoció que no lo sabía y cambió radicalmente su opinión sobre la USAL, aunque también reconoció que su comentario inicial no iba escaso de sarcasmo.

En el fondo mis críticas van  dirigidas hacia el autobombo, la indisimulada autocomplacencia que muchas veces se observa en parte de la clase dirigente de la universidad y en sus voceros mediáticos, convirtiendo  en éxito histórico lo que no deja de ser algo bastante habitual e incluso mucho menos que en otras universidades que no presumen de antigüedad (¿vejez?) y tronío.

Es responsabilidad de todos el conseguir que esto cambie, que no tengamos que buscar criterios torticeros para resultar bien clasificados. Hace unos días un amigo me envió un comentario por Whatsapp en el que se decía:”Número de títulos Miss Universo ganados: Planeta Tierra 62; Resto del universo: cero (que se sepa)”. Pues bien, de lo que se trata es de evitar que cualquier día nos vendan algo como “La Universidad de Salamanca en el número uno entre las universidades a orillas del Tormes”.

Por eso mismo, cada uno desde su puesto debe esforzarse en tratar de mejorar su parcela para que la USAL escale puestos en los rankings de verdad. Y, por supuesto, cuanto más alta la responsabilidad de uno en esta casa, tanto mayor su responsabilidad para conseguirlo, motivarlo, poner los medios para que otros lo consigan y, sobre todo, tener la suficiente capacidad de humildad para reconocer la labor del grupo.

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