Cursos de verano

Son de amplia tradición en muchas universidades. Con uno (cursos de verano) u otro (cursos extraordinarios) nombre, se suelen extender en el periodo “vacacional”, aunque con la última denominación también se designan cursos no reglados que se desarrollan a lo largo de todo el periodo académico. Ambas denominaciones pueden sonar parecidas, pero no son lo mismo (un matemático diría que los de verano son un subconjunto de los extraordinarios).

Aunque originalmente eran pocas las universidades que los desarrollaban, últimamente se han extendido como las setas en un medio húmedo y oscuro y no hay universidad que se precie que no tenga sus propios “cursos” (así, sin más especificaciones).

En algunos casos se buscan ubicaciones exóticas o, al menos alejadas del ambiente habitual de la universidad; por ejemplo, en El Escorial (quizá debiera decir en Escorial, sin el artículo determinado, pero eso será objeto de otra entrada en este “blog”) suele desarrollarlos la Universidad Complutense de Madrid, mientras que la de Zaragoza desarrolla muchos de ellos en Teruel y la de Sevilla lo ha hecho durante años en La Rábida (no sé si debe ser en Rábida). Otras universidades, aunque los repartan en sedes próximas a su ubicación central (creo que por intentar contentar a todos, no porque la demanda realmente así lo exija), mantienen el núcleo duro en su sede habitual.

Originalmente la mayoría de los cursos estaban dedicados a estudios humanísiticos o sociales, junto con el gran negocio de la lengua, la literatura y la historia (sin olvidar aspectos políticos, cursos que son los únicos que merecen algunos minutos de gloria en los informativos televisivos). En los últimos años se han incorporado algunos cursos menos generalistas, como pueden ser los dedicados a otros temas, muchas veces de importancia local o regional (el vino de esta zona, o los trajes regionales de aquélla), notándose una importante carencia de cursos orientados a la ciencia y la tecnología.

Su objetivo no es en absoluto altruista. Son una fuente de ingresos importante y suelen tener bastante demanda. Además, una vez han alcanzado cierto tronío, la asistencia de alumnos extranjeros suele ser muy importante (el caso de Salamanca es paradigmático y supusieron una eclosión de modernidad en los últimos años de la Dictadura).

Y no sólo es la Universidad la que se beneficia económicamente de estos cursos. Toda la hostelería que zumba alrededor de la institución (hostales, habitaciones en viviendas particulares, pisos de estudiantes, bares, cafeterías, restaurantes, pubs, …) hace su agosto en estos meses.

Al igual que algunos profesores. No deja de ser curioso que en algunas facultades sus profesores dediquen más horas diarias a las clases durante los cursos de verano que durante el periodo docente reglado (octubre a junio), pero hay que tener en cuenta que los cursos de verano suponen un sustancioso pellizco adicional, no incompatible con el régimen de dedicación a tiempo completo del profesorado.

Sean, por tanto, bienvenidos los cursos de verano. Aquí pan  (no, no es un error) y después gloria.

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