La señorita Penélope

No se equivoquen; no me refiero a doña Penélope Cruz de Bardem, utilizando el anacronismo designativo tan querido en algunos países latinoamericanos, a pesar de lo cual, desde su inalcanzable y sublime autoestima, se atreven, no obstante, a pretender darnos lecciones de feminismo, progresismo y democracia, eso sí, aderezadas con las convenientes y habituales gotas de victimismo. No, no es a esta señora a quien me refiero.

Me refiero a dos canciones que ustedes quizá conozcan, especialmente si sobrepasan la cincuentena. La primera, Señorita, debida al utrerano Enrique Montoya y la segunda, Penélope, de Joan Manuel Serrat. Ambas se refieren a mujeres solas, la primera arrastrando su soltería en (suponemos) una ciudad provinciana y esperando una carta que nunca llega; la segunda, más reciente, permanece inalterada e inalterable en un banco de la estación, esperando inútilmente al (también suponemos) viajante que le prometió volver “antes que de los sauces caigan las hojas” (al menos, no la engañó demasiado; el sauce es un árbol de hoja caduca); evidentemente, el nombre juega con el de la esposa del mítico Odiseo.

No son las únicas referencias a la soledad que podemos ver. Recientemente, en la serie de televisión (A3) Doctor Mateo aparecía un personaje (Antonio, interpretado por Javi Coll) que se enfrentaba a su soledad mediante la creación en su mente de su amigo invisible (Miguel), con el que dialoga, va de vinos y discute de vez en cuando.

Quizá deberíamos preguntarnos cual es la razón, en esta sociedad tan conectada, con tanta red social y teléfonos móviles, de la soledad que lleva a algunas personas a imaginarse esos amigos invisibles de y a los que están siempre hablando, para reafirmar su existencia y su “no necesidad” de otros. La psicología nunca fue mi fuerte (ni mi débil) y no creo ser capaz de conocer a las personas fácilmente, pero me temo que recurrimos al amigo invisible cuando somos incapaces de retener a los amigos reales que nos rodean, como consecuencia de nuestra soberbia, egoísmo y la tendencia a usar a esos amigos reales (que los tuvimos, pero de los que nos hemos alejado) simplemente en nuestro beneficio propio (usar y tirar); a fin de cuentas, al amigo invisible lo moldeamos en la forma que queremos y podemos incluso conseguir que no se queje nunca de nuestra maldad y jalee continuamente nuestras actitudes y aptitudes.

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