Romeo y Julieta en la Universidad

Todos ustedes conocen la historia, inmortalizada en el drama de Shakespeare, e incluso puede que las versiones posteriores o variaciones sobre el mismo tema (creo recordar que West Side Story iba de eso, ¿no?).

Pues no crean, como el ave Fénix, la historia renace continuamente de sus cenizas y es, precisamente, la universidad, uno de los sitios en los que se dan las mejores condiciones para su florecimiento. La Universidad, conjunto de tribus (otros las llaman Reinos de Taifas) en las que cada uno campa a sus anchas, libremente, a veces con el rabo entre piernas, otras veces sacando pecho, agrupados en estamentos inmiscibles y miembros permanentes (o casi) y transeúntes. La Universidad, donde la pretendida razón se convierte en sinsentido, to er mundo e güeno y todo el mundo sirve igual para un roto que para un descosido, sólo hace falta llevar estampado en la frente un marchamo de reconocimento y, a partir de entonces, no hay quien le sople al interesado, que para algo es miembro de pleno derecho de la más alta institución académica del mundo mundial.

Pues bien, en esta universidad de nuestros sinsabores, existen Capuletos y Montescos, taifas que allá por los años de la posguerra (incivil) o poco después, por un ese despacho es para mí o la plaza de ayudante me la llevo yo, dejaron de hablarse, aun manteniendo, a regañadientes y de puertas a afuera, la más elemental cortesía universitaria. La cosa fue incluso a mayores cuando el capo de una de las dos familias, no importa de cuál, accedió a un cargo académico relevante y ninguneaba a la otra familia (o así lo entendía el capo de ésta y, por ende, todos los miembros de la misma). Aun así, cuando los Capuleto proponían algo, los Montesco también se apuntaban, argumentando incluso que la idea era suya y se la habían robado. Y viceversa, claro.

El tiempo pasó, los capi murieron, otros les sucedieron … y la cosa seguía igual. ¿Igual? No, había una diferencia importante: las bambine y los bambini de las últimas generaciones seguían odiándose mútuamente, pero ya no sabían la causa de ese odio que había llegado a incrustarse genéticamente en su ser, pues quedaba ya poca tela que cortar, pocos despachos de los que adueñarse o pocas plazas por las que competir. Pero era igual, el malestar seguía y sigue. No sé si estos retoños se han preguntado sobre el origen, tan estúpido desde una óptica realista y pragmática, de estas guerras soterradas, pero sería bueno una revisión del status y conseguir que estas películas las borrásemos de nuestro disco duro. Probablemente todos, protagonistas y espectadores, saldríamos ganando.

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