Los nuevos Janos

Me imagino que sabrán ustedes que Jano es un dios de la mitología romana, con dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil, es decir, dos cabezas unidas por la parte de atrás. Es el dios de las puertas y por su nombre llamamos Enero (Jano – Janeiro – Enero) al primer mes del año.

A mí, sin embargo, esa morfología con que se representa me recuerda las situaciones opuestas, el sí y el no o, como se dice ahora, el ying y el yang. Cierto que si las caras estuviesen enfrentadas la relación resultaría más evidente, pero no sé hasta que punto sería estética y digna de ser adorada la representación de dos cogotes.

Me desvío de la idea original, perdón. Esas situaciones opuestas a las que me refiero son las que me plantean personas que me generan una gran envidia y, al mismo tiempo, unas ganas tremendas de no tener nada en común con ellas. Son esas personas que son las más guay del grupo, las más simpáticas, las más bellas del baile (como cantaba Sylvie Vartan en los sesenta), con multitud de amigos, volcadas en ellos y en todas las personas de su entorno, que se desviven por ayudar, por compartir, que son altruistas, que lo dan todo por nada, … son personas inteligentes, agudas, trabajadoras y muy organizadas y organizadoras. Me causa envidia, sí, y me corroe las entrañas no ser como ellas.

Sin embargo, al mismo tiempo, debido a su bondad, estas personas son el blanco de todas las iras, envidias y odios de esas mismas personas a las que se desviven por ayudar; todas las personas que rodean a estos janos pretenden engañarlas, colarles sus pretensiones sin que se den cuenta. Pero como son tan inteligentes y despiertas, trabajadoras y avispadas, se dan cuenta de esas malas artes y ¡ajá! consiguen pararles los pies a esos malévolos, poniéndolos en su sitio y dejando las cosas bien claras: yo soy el bueno,  ayudo y tú me pagas con esta moneda.

¿Se dan cuenta? Si no supiésemos toda la historia caeríamos fácilmente en el capital pecado de la envidia, pero así en lo que caemos es en la virtud teologal de la caridad hacia estos pobres janos, tan desgraciados en su conjunto. No son envidiados, aunque ellos crean que sí, son, simplemente, compadecidos e incluso ignorados.

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