El llevador de la contraria

Es un individuo frecuente en muchas sociedades y no falta en la nuestra. Habitualmente de mediana edad, inteligencia media, con estudios universitarios, también se ha desarrollado en otros países.

En su momento, bien por edad (un poco demasiado joven o, menos probablemente, un poco demasiado maduro) o por miedo (es gratuito) no participó en las algaradas estudiantiles de la época. Tiene, por tanto, por aprobar diversas asignaturas, tales como: carreras delante de los grises, que le persiguen bien en su furgoneta blindada o bien desde la altura de sus inmensos caballos; tirarles a éstos garbanzos con grasa para que resbalen; pegar por las esquinas carteles y pasquines prohibidos;  promover una asamblea que se manifieste contra cualquier propuesta de sus superiores o empleadores; participar en huelgas, …

Sin embargo, las canas no sólo han blanqueado sus alturas, sino que, de una forma completamente incomprensible, han conseguido atemperar sus ímpetus desde aquéllos jóvenes e irrefrenables (aunque refrenados), pero su en otro día indomable espíritu luchador le lleva a, simplemente, llevar la contraria en diversos aspectos de la vida.

Así, ha cambiado aquellas ansias revolucionarias por acciones tales como contradecir las normas de la RAE sobre el uso de género (entre otros), a pesar de conocer lo absurdo de dicha actitud; cuando puede colarlo, no acude al trabajo, pero sin confirmar que esa ausencia constituya una huelga (lo último que desea es que le recorten el salario por secundar huelgas); se queja del gobierno de turno y así, si le toca vivir en una comunidad gobernada por el partido A, echa pestes del mismo, loando la posible actividad que el partido B desarrollaría (y viceversa, claro); también esas quejas se extienden al Gobierno central. A pesar de que mantiene incólume su espíritu crítico de salón y sus reiteradas quejas sobre el sistema, se conoce al dedillo todos los medios, legales, alegales y para-legales para exprimir hasta la última gota las ayudas oficiales a cualquier actividad que desarrolle, bien sea profesional, particular o  doméstica. La organización de su trabajo tampoco le gusta y la cambia a la mínima, presumiendo, a su aire, con dos …, sin preocuparse si con dicha actitud interfiere en las tareas de sus sufridos compañeros.

Por supuesto, no es el típico caso al estilo de Don Quintín el amargao (película dirigida en 1935 por Luis Marquina, sobre un guión de Eduardo Ugarte y Carlos Arniches), sino que, encima, trata de ser trascendente y se enroca en su posición (por encima de mí, ninguno), mirando por encima del hombro a los demás, a los que también trata de organizar en sus quehaceres diarios, que intentan sobrevivir y hacer más llevadera su existencia, a pesar de estos irredentos contrariados. La paz llega cuando se ignoran mutuamente.

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