En propia meta

¿Quién es el jugador más importante de un equipo de fútbol? Los defensores de la paz mundial, el amor fraterno, la igualdad y el buen rollo dirán, sin duda, que todos son importantes por igual, dado que se trata de un deporte de equipo. ¿De veras lo creen así? Yo no. Y fíjense que no me pregunto qué jugador es más popular entre los jóvenes, pues los chavales suelen identificarse en mayor medida con los que meten goles que con los que crean juego (creo que se dice así) o con los porteros. Aun así, hay y ha habido porteros famosos: Casillas, Cañizares, Arconada, Zubizarreta, …

Díganme, ¿cuál es el más importante? Yo, sinceramente, creo que el portero. A fin de cuentas, es el más singular, pues su papel consiste exclusivamente en evitar los goles, mientras que los otros han de conseguirlos (o ayudar a) y ayudar a evitarlos. Pero cuando le pitan un penalty en contra, ni deporte de equipo ni nada de nada: el portero es el único que se enfrenta a la realidad de la falta máxima.

También le llaman cancerbero, el mítico perro de tres cabezas (can cerbero) que guardaba la puerta de los infiernos, para impedir entrar a los vivos y salir a los muertos.

Pero, desgraciadamente, su propia singularidad es su mayor desventaja, también. Debe estar pendiente de que los diez del equipo contrario (los porteros no suelen participar en tareas de ataque, creo) no le metan un gol, confiando en que sus diez compañeros de equipo le ayudarán a mantener imbatida su puerta. Pero ¿qué ocurre con los goles en propia meta? ¡Vaya traición! El portero, pendiente de que los del equipo contrario no le marquen goles, confía, además, en que los de su propio equipo también lo estén, le ayuden, pero ¿se dan cuenta de la frustración que debe sentir el portero cuando le marcan un gol en propia meta, es decir, uno de su equipo? Quien lo haga queda hecho un guiñapo, supongo, pero el portero me imagino que debe sentir una frustración tremenda, pues los que debían ayudarle le han traicionado. Así es; han marcado un gol, pero contra él, contra su equipo y aunque luego lo lamenten y se tiren de los pelos, adoptando las poses histriónicas a que nos tienen acostumbrados, al final lo que queda es eso: el mal sabor de la traición, el ver que de esas diez personas en que confiabas plenamente, una, al menos, te ha fallado, dejándote con el culo al aire, traicionándote. Pues después, en las estadísticas de la liga, a tí te han metido X goles y aquí ya nadie se preocupa si los ha metido el enemigo o los traidores de tu equipo.

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