Todos lloran, todas lloran

Me gustan algunas de las fiestas populares. Quizá por haberlas vivido durante muchos años, las Fallas y la Semana Santa sean las que más. Suelo seguir su desarrollo a través de algún canal televisivo.

Es curioso, pero desde hace algunos años se empeñan en ponernos las imágenes de la Fallera Mayor de Valencia llorando en el momento de la cremá (con acento en la “a”, no crema, como algunos ignorantes locutores dicen), lo cual no es extraño; a fin de cuentas, me imagino que se trata de un momento culmen de emociones. Pero lo que me lleva a traer aquí este asunto es que dichos lloros se extienden a la Reina Infantil y demás muchachitas que la acompañan, pero sus lloros parecen artificiales, forzados, faltos de realidad, como una ristra (segunda acepción del DRAE) de pajaritos piando. Parece que se han convertido en un componente más, imprescindible, del rito de la cremá.

Como la Semana Santa suele ser al principio de la primavera, el tiempo suele estar revuelto y no es de extrañar que haya tormentas y lluvias (fíjense este año). Por esa razón algunas procesiones se suspenden, para evitar el deterioro de las imágenes, algunas de ellas de un elevado valor artístico. Con su consabido morbo, las televisiones conectan con las iglesias y capillas de las que deberían salir en procesión y allí nos muestran a los hermanos, cofrades, nazarenos, costaleros y demás, llorando a lágrima viva, aceptándolo, sin embargo, con un fatalismo no sé si connatural con su alma andaluza o con su cristiana resignación.

Este año ha sido el asunto superlativo, y había que ver los equilibrios que tenían que hacer las distintas cadenas televisivas para cubrir el tiempo previsto para las retransmisiones, recurriendo al archivo para mostrarnos informaciones de años anteriores.

Estos son lloros previsibles y visibles, pero los peores son aquéllos que no podemos exponer, que no podemos compartir, por la vergüenza que nos generaría su propio reconocimiento; reconocimiento, por otra parte, consecuencia de nuestra falta de capacidad para prever, aun con conocimiento de causa, lo que se nos ha venido encima, lo que se nos viene encima y, peor aún, lo que está por venirnos encima; una vez visto que en este país nunca pasa nada no deberíamos sorprendernos de lo que ocurre.

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