No estés eternamente enojado

Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónale, Señor.

No estés eternamente enojado, no estés eternamente enojado, perdónale, Señor

Es muy probable que los mayores de 60 años recuerden este cántico, tan ligado a algunas de las celebraciones litúrgicas del nacionalcatolicismo en sus épocas de mayor poder y esplendor. Desgraciadamente, es aplicable en otros ámbitos también actuales.

En el ámbito civil estamos acostumbrados a elegir a nuestros representantes o personas que tienen que liderar el desarrollo de una actividad o poner en marcha una idea (aunque a veces carezcan de programa), ya sea para que un grupo de amigos decida comer en este o aquel restaurante, o qué película van a ir a ver, o, en fin, nuestros jefes (el presidente de la comunidad de vecinos no se elige, le toca). Satisfechos deberían estar éstos de verse elegidos por una mayoría (no siempre) de sus futuros tutelados, pero, desgraciadamente, muchas veces pasan a considerarlos, en el mejor de los casos, simples súbditos, sin reconocer que no están ahí para servirle, sino justamente al contrario, es él el que ha sido elegido para servir a la comunidad. Y, claro, cuando no se le obedece, o no se sigue a pie juntillas sus órdenes (pues son eso, órdenes), va y se enfada, él contra el mundo, nadie le obedece, nadie reconoce su  unicidad y valía, de modo que, aparte de manifestar su permanente enfado (eso sí, con sus buenas dosis de hipocresía y sonrisa profidén), se permite el placer de llevarlo hasta las más altas cumbres cuando se trataría de debatir (verbo que habitualmente desconoce y, por supuesto, no aplica) sobre el futuro de la institución o la simple resolución consensuada de los problemas diarios. Manifiesta ahí su enfado en la forma en que sus cortas luces le permiten: cortando las intervenciones, decidiendo a su libre y chocante albedrío el uso de la palabra, elaborando resoluciones que no han sido formalmente discutidas ni aprobadas y, sobre todo, adoptando la militarista actitud del aquí mando yo que tan buenos resultados dio en su momento a algunos.

Creo que sería una buena política por parte de esos súbditos, en vez de simplemente pasar del asunto (actitud que enoja al líder todavía más, lo cual ya es bueno), el organizar un coro griego y cantarle estas letanías que más arriba se incluyen, para intentar poner de manifiesto la actitud intolerante y altanera del líder. O, alternativamente, recordarle la figura del general victorioso y el siervo que le recita Respice post te! Hominem te esse memento!

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