Ni sueco ni inglés

Tengo dos amigos, a los que llamaré Manolo y Ramón (aunque ninguno de los dos canta bien), que cuando acabaron sus tesis doctorales se fueron a desarrollar una estancia postdoctoral en un país nórdico. Como en los ambientes académicos de ese país (Suecia, supongamos) se hablaba inglés, y ambos amigos habían estudiado francés en sus estudios secundarios e inglés en academias durante sus estudios universitarios , Manolo no se preocupó de aprender sueco, confiando en que lo que aprendiese en el día a día (en la cantina, en el supermercado o en el autobús) le permitiese para ir tirando y confiando en utilizar el inglés en el trabajo. Por el contrario, Ramón, más tímido o quizá más responsable, no lo sé, se pasó varios meses, antes de irse para allá, aprendiendo sueco, idioma que llegó a conocer bastante bien e incluso con un dominio importante.

Se fueron a Gotemburgo y estaban ambos en la misma universidad, aunque en departamentos distintos. Al cabo de unos meses, el supervisor de Manolo se encontró con Ramón y estuvieron hablando un rato en sueco. Al final de la conversación, el supervisor le preguntó a Ramón: “¿Cómo es que usted habla tan bien sueco y, sin embargo, Manolo me habla siempre en inglés?”, a lo que Ramón contestó:  ”Es que yo estuve asistiendo a unos cursos de sueco antes de venir y Manolo no, pues habla bien el inglés”,  y el supervisor repuso “No, no crea, su inglés no es mucho mejor que su sueco, al menos cuando lo intenta con éste”.

Hasta aquí la anécdota (cierta, sólo he cambiado los nombres y la ubicación geográfica). ¿A qué viene esta historia? Pues algo así como (sin acritud) aquéllo de zapatero a tus zapatos, es decir, que uno debe dedicarse a hacer, a desarrollar, aquellas cosas que ha estudiado y para las que se supone se ha preparado y la sociedad ha invertido en él. Bien es cierto que esta idea, aplicada a rajatabla y sin concesión alguna, llevaría a una situación quizá excesivamente compartimentada y aburrida. Pero, en líneas generales, es aquéllo que hemos estudiado en lo que se supone que somos mejores. Dedicarnos a otras actividades (o a las mismas, pero en un campo ajeno) no deparará seguramente buenos resultados. Hay un número excesivo de personas que se dedican a meterse en campos, corrales y jardines ajenos, con lo que sus sucesivos e inevitables errores no ponen de manifiesto más que su incapacidad para desenvolverse en los mismos. Si  se nos ha preparado, si nos hemos preparado, para desarrollar unas actividades determinadas, cuando nos queremos dedicar a otras debemos, por lo  menos, prepararnos para ellas, no dejando al buen tún-tún, a la espontaneidad y al voluntarismo el intentar desenvolvernos con rigor. No, no señor, uno sabe (se supone) de lo que sabe y debe estudiar y aprender antes para poder hacer otras cosas. Porque cuando erramos en hacer aquéllo para lo que no estamos preparados, es muy probable que a nuestros interlocutores les surjan dudas sobre nuestra capacidad para desarrollar incluso nuestra actividad original.

Sin entrar en campos interdisciplinares, tan agradecidos ellos.

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