La elección es bien sencilla …

… o Moriles o Montilla. Con amargura recordaba el viejo anuncio de estos vinos andaluces. Evidentemente, le gustaba el vino y no hacía ascos a ninguno de ambos. Pero ¿y si hubiese sido abstemio? Cualquiera de las dos opciones resultaría negativa, mala, contraproducente, pues eligiese el que eligiese, le tocaría beberlo, cosa que no le agradaría e incluso le sentaría mal a su salud.

Su abogado ya se lo había advertido: la jueza era una persona que jugaba, mal, pero jugaba (y muchas veces ganaba, aunque ella se empeñase en tratar de demostrar  lo contrario) y tanto era así que estaba dispuesta, incluso, a ofrecerle que él mismo escogiese la sentencia, dentro de las posibilidades que ella le ofrecería.

Tenía esperanza en el destierro. Esta opción, que tan poco se practicaba ahora, había sido muy popular hacía varias décadas, pues suponía un castigo ejemplarizante, al separar al condenado de sus seres queridos. Pero esperaba que no lo privasen del acceso a Internet, Skype y el teléfono móvil (a fin de cuentas iba a estar confinado lejos de sus familiares, pero no en una prisión, ¿no?), con lo que podría mantener el contacto de una forma fácil.

Llegó muy nervioso al juzgado. Le hicieron esperar más de lo que hubiese deseado, pues se habían acumulado un gran número de causas (la jueza sólo actuaba como mucho una vez cada tres meses). Así que cuando le tocó el turno ya estaba cansado y más nervioso de lo que él esperaba haber estado.

Todo transcurría como su abogado le había dicho y él mismo esperaba. Tras un preámbulo mal preparado (definitivamente, esta jueza era muy chapucera), le ofreció las opciones de pena para que él eligiese. Y ahí se le cayó el alma a los pies: ni rastro del destierro; las dos opciones eran guillotina o decapitación con hacha. Increíble, pero cierto. Tuvo que pedirle a la jueza que repitiese las opciones, pues creía haber oído mal. Pero no, eran sólo esas dos: guillotina o hacha. Aparentando misericordia y consideración, la jueza le dejó unos minutos para que se lo pensase, mientras ella trasteaba con sus papeles.

Al final se decidió por la guillotina. A fin de cuentas, era un sistema mecánico, bien ensayado y que tenía pocas probabilidades de fallar, mientras que en el caso del hacha siempre cabía la posibilidad de que el verdugo errase el golpe o no aplicase la fuerza suficiente y tuviese que repetirlo; se imaginaba que una muerte de ese tipo podría ser más dolorosa. Tuvo que contenerse para no reírse, nervioso, de todo lo que había leído sobre qué se siente cuando uno va a morir, pues ahora lo sabía.

Así que escogió la guillotina. En un último intento preguntó si no cabía la posibilidad del destierro, el exilio incluso. Pero la jueza, haciendo gala de su manifiesto cinismo, le dijo que no, que esa posibilidad no se había contemplado y que no estaban ahí para ofrecerle media docena de posibilidades para que él escogiera; que bastante había hecho con permitirle que escogiese (eso sí, sólo entre esas dos opciones) y no aplicarle directamente la que a ella se le hubiese ocurrido.

Así que no había nada que hacer. Saludó a su abogado y, cabizbajo, se dirigió hacia la puerta. Las viejas ( y no tan viejas) ya estaban preparando sus agujas de tricotar, quizá recordando las escenas que sus antepasadas habían vivido en la hoy denominada “Plaza de la Concordia”.

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