El investigador autónomo

Según el DRAE (segunda acepción), autónomo es el que trabaja por cuenta propia. Debe, por tanto, buscarse sus propias herramientas y medios de trabajo. Es impensable que un trabajador por cuenta ajena tuviese que aportar al trabajo sus propias herramientas. ¿Se imaginan Vds. que los operarios de una cadena de montaje de automóviles tuviesen que aportar ellos los componentes de la cadena? ¿O un médico que, en el hospital en el que trabaja contratado, deba aportar los bisturís, gasas y desinfectantes? Me temo que sería un poco chocante, ¿verdad?

Pues, lo crean o no, es más o menos lo que ocurre con la investigación en la Universidad (y aquí no me refiero sólo a esta Universidad, ni siquiera exclusivamente a la española). Hubo una época en la que la Universidad aportaba una cantidad irrisoria a la investigación que se hacía en los Departamentos (se denominaba Capítulo VI, si no recuerdo mal), pero, al menos en la USAL, desapareció hace unos 20 años para implantar en su lugar un plan de becas que se mantuvo sólo durante dos o tres años, no recuperándose el Capítulo VI a la desaparición de aquél.

Y, a pesar de que los profesores de universidad están contratados por ésta, deben buscar ellos mismos la financiación para llevar a cabo sus proyectos de investigación; es decir, en este aspecto, son hasta cierto punto autónomos, pues no es la empresa (léase Universidad) la que les proporciona las herramientas para que hagan su trabajo. Los investigadores concurren a convocatorias internacionales, nacionales, autonómicas o de otra índole para obtener subvenciones para desarrollar sus proyectos de investigación. A veces sobre temas diseñados, en líneas generales, por la entidad que los va a subvencionar; en otras sobre temas más o menos libres (lo llaman Promoción General del Conocimiento). Los investigadores, aportando como respaldo sus currículos, concurren a estas convocatorias. Cuando se les concede la subvención, es la universidad a la que están adscritos quien la recibe; los equipos adquiridos con cargo a dicha subvención quedan como propiedad de la Universidad; ésta incluso recibe a veces un jugoso overhead, complemento de casi libre disposición por el Vicerrector de turno y que puede llegar a ser hasta el 20 % de la cantidad concedida al investigador.

El sistema, ya digo que de implantación casi universal, tiene quizá la ventaja de que sólo aquél que presenta ideas buenas recibe dinero para investigar (se supone); pero tiene la contrapartida, en mi opinión, de la dispersión en los objetivos de dicha investigación. Nos podemos encontrar en una misma universidad tres o cuatro grupos que trabajan en temas muy próximos, sin saberlo y quizá sin conocerse, repitiendo incluso experimentos que sorprendentemente pueden llevar a resultados e interpretaciones distintas. Y podemos encontrarnos con universidades en las que cien grupos de investigación desarrollan hasta cien proyectos distintos. Creativo, todo muy creativo, no sé si denominarlo ingeniería financiera o ingeniería de proyectos.

No sé si el método es bueno o malo; lo he seguido durante más de treinta años. Pero tengo mis serias dudas sobre su bondad a largo plazo. En primer lugar, el responsable del proyecto dedica finalmente más tiempo a solicitar y a justificar la ayuda que a utilizarla, al convertirse en un gestor de la investigación, preparando la petición, justificando facturas, elaborando memorias de seguimiento, etc. En segundo lugar, la dispersión de temas creo que no es intrínsecamente buena, especialmente cuando los recursos son pocos y habría que dirigirlos a asuntos de verdadero interés general (y no el fútbol, que así fue declarado en su día) para una mayor eficacia. Pero también puede que sea cierto que si dejamos que unas mentes grises decidan sobre qué deben los demás investigar, en un sistema completamente dirigido y controlado, terminemos por servir a oscuros o no claros intereses (sexo de los ángeles, carros de combate, drones, etc.).

Afortunadamente, sin embargo, estas dudas están quedando suficientemente claras tras la implantación del EEES y Bolonia: Son tantas y tan variadas las reuniones de coordinación (transversal, vertical, horizontal y diagonal) a las que el docente tiene que asistir; son tantas las encuestas, estadillos e informes que hay que elaborar, son tantas las evaluaciones continuas, semanales, mensuales, semestrales que hay que corregir, que poco tiempo va a quedar (a quien de verdad sienta esta profesión como un nudo inseparable de docencia e investigación) para la investigación. Ya saben, muerto el perro se acabó la rabia.

Dejo para otro día la investigación bajo contrato con empresas ajenas a las instituciones públicas; aunque no lo crean, existe.

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