Algo había cambiado

Eso pensaron los dos, casi al mismo tiempo, cuando se despidieron. Pero ninguno sabía qué ni por qué.

Se acababan de encontrar en los primeros días de septiembre. Habían estado casi tres meses sin verse, desde que a mediados de junio finalizaron las clases en la universidad, en la capital de su provincia (todos quejándose siempre del elevado número de universidades en este país, pero tan cómodamente con su universidad por provincia, en este caso gracias a los desvelos de aquel Presidente de Diputación con aspecto de Jefe Provincial del Movimiento, ya saben, no demasiado alto, regordete, calvo y con una procesión de hormigas blancas sobre el labio superior) y cada  uno había salido en sentido opuesto. Ella al pueblo, con sus padres, primero unos días de descanso, disfrutando de la alberca, los paseos en las lindes del pueblo y la siesta; luego ayudando en casa con las tareas en el campo, pues la economía no estaba para tirar cohetes. Él (ambos eran buenos estudiantes y tampoco había suspendido ninguna asignatura) a un pueblo costero, a ganarse un dinero trabajando como camarero, pinchadiscos en una discoteca y de chico-para-todo en un camping. No se habían prometido nada, ni llamarse ni no llamarse, pero se pasaban el día pensando el uno en el otro. Mas, por razones que ahora a ninguno convencían, no se habían llamado. Ni por teléfono, ni a través de la Red, quizá (aunque no era excusa) por los exigentes horarios de él y la mala cobertura en el pueblo de ella. Parecía que se había establecido una competencia no declarada, a ver quien era el primero en llamar (como dando el brazo a torcer) y ambos eran, sobre todo, cabezotas y un pelín soberbios. Aunque tampoco parecía ser una razón suficiente.

Ahora, el reencuentro había sido un poco frío con respecto a lo que ambos esperaban. Pero a medida que fue pasando el día se fueron rompiendo las barreras que creían inexistentes, acercándose más y más en todos los aspectos. Se contaron todo lo que había pasado en el pueblo, la dureza del trabajo en el campo, las fiestas de la virgen, la estúpida exigencia de los clientes del camping, las jornadas interminables en el restaurante, …

Pasaron la noche juntos, tan pasional y apasionada como siempre, tras cenar en el restaurante de unos conocidos y luego tomarse unas horchatas (ya las últimas de la temporada), pero a la mañana siguiente, cuando se despidieron para dirigirse cada uno a su Facultad a rematar los trámites para matricularse, lo notaron. Algo había cambiado, no sabían qué, pero sabían que era para siempre.
Sus pensamientos vagaron por caminos paralelos, muy próximos, superpuestos en ocasiones, pero sin encontrarse ni reconocerse. A la vez llegaron a la conclusión de que no era algo lo que había cambiado, sino todo, aunque seguían sin saber cómo. Y ahí lo dejaron, aunque sabían que seguirían viéndose, esporádicamente (tampoco la ciudad era tan grande y los estudiantes siempre frecuentan los mismo lugares) y que lo harían con educación, cariñosamente incluso, sin rencor, pero sin la malicia bien entendida que los arropaba antes. Antes de ese verano en el que algo, todo, pero no sabían qué, cambió.

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