¡Nunca te podrás imaginar cuánto te he echado de menos!

Nunca, nunca podrás imaginarlo. Ha sido terriblemente duro e incluso angustioso. Creo que es la ocasión en que, salvo por causas “de enfermedad grave”, hemos estado separados más tiempo, más semanas. Mis sentimientos hacia tí creo que no han cambiado y las ansias de volver a verte podían conmigo frecuentemente. Yo no sabía si tú habías cambiado, si nuestra relación iba a ser igual que antes de esta dura y eterna (para mí) separación. El hecho, incluso, de ir a nuestro encuentro algo más tarde de lo que venía siendo habitual tras el verano me producía hasta vértigos, por si acaso te habías olvidado de mí o habías encontrado a otro que te hiciese más feliz que yo, aunque son pocas las novedades en este aspecto.

Cierto que, al igual que en otras ocasiones, he sabido incidentalmente de tí, pero no es lo mismo lo que te digan que lo veas o escuches con tus propios ojos u oídos. Por eso era tan importante verte, para comprobar que no has cambiado, que me sigues siendo tan fiel como yo a tí. Sentirte, palparte, oir tus ecos, incluso reconocerte en tus silencios.

Firmes propósitos tengo, si tú aun lo deseas, de fortalecer nuestra relación. Intensa en un momento, fue languideciendo, pero es mi firme propósito, repito, superar este bache, que ha durado demasiado, para volver a una sintonía (complicidad, la llaman los periodistas del corazón) entre nosotros como la que en su momento tuvimos. Y que creo que fue positiva para ambos.

Por eso hoy, al verte, mi alegría ha sido tan inmensa, casi se me han saltado las lágrimas, aunque tú, acostumbrada, ni siquiera has parpadeado. Te he reconocido enseguida; tu soberbia, tu desprecio hacia las otras. Ni siquiera los calores y la luz de este poco habitual verano, con escasísima lluvia y muchas horas de sol, habían conseguido oscurecer mínimamente tu piel, que seguía y sigue igual, sin llegar, por supuesto, a la piel canela de la canción. Ahí estabas, con la frente muy alta, como dice la otra canción.

Efectivamente, ahí estabas, orgullosa de tu unicidad, reconocida por unos, envidiada por otras, olvidada por tantos. Mirando a uno y otro lado, saludando a unos y otros, haciéndote, una vez más, la interesante, tardando en verme o en reconocer que me has visto, sabiendo, además, que esa actitud, ese ninguneo, me hace sufrir.

Pero no importa, verte ha sido suficiente para mí. Napoleón habló a sus soldados de cuarenta siglos. En tu caso son muchos menos, sólo ocho, rodeada de curas (pocos) y monjas (menos), te mantienes lozana, como un mascarón inexpugnable. Con tu fachada, tu rana, tus tunos. Nada cambia para tí y el tiempo no pasa por tí.

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