Ya está aquí otra vez

Yo no sé si “la vuelta al cole” o el síndrome postvacacional, pero en estos días siento que vuelve a rondarme la voz de la conciencia. Este año ha tardado algunos días más en aparecer, pero quizá se acuerden ustedes de ella. En las clases de Doctrina Cristiana a que nos sometían en nuestra más tierna infancia (clases dominicales, de preparación para la primera comunión, recuerden) aparecía como un angelito sobre nuestro hombro derecho (la biblia ya era de derechas, recuerden), recomendándonos bondad, comprensión con nuestros prójimos, propósito de la enmienda, etc., en contraposición a un pequeño demonio, con sus cuernos, cola, perilla y pintarrajeado en rojo y negro sobre nuestro hombro izquierdo (recuerden, ya la biblia era de derechas) que nos tentaba justamente con todo lo contrario.

Aparecía ahí con “ya te lo decía yo …”, “no seas así …”, “enmiéndate …”, casi casi, como esos propósitos de apuntarnos a un gimnasio y a clases de inglés (aparte de suscribirnos a miles de colecciones, aunque esto podría caer dentro de las tentaciones demoníacas, no estoy muy seguro) que nos rondan en estas fechas.

Menos mal que la incorrección política ha modificado a esta pareja. Y así, en algunos episodos de Padre de Familia (Family Guy, en inglés) el rubicundo y regordete angelote que representa a la voz de la conciencia ve como sus propuestas son simplemente ignoradas por Peter Grifin, que hace más caso a un demonito sandunguero y simpático, anclado (los guionistas han leído también la biblia) sobre su hombro izquierdo.

Y así nos encontramos, entre las ganas de marcha, aderezadas por las  entretenidas y alegres fiestas locales (sublime el calificativo de favelas que han dado en algunos medios digitales locales a las casetas de la Feria de Día) y personificadas en ese demonillo que, qué le vamos a hacer, nos cae simpático, y, por otra parte esa especie de señorita Rotenmeyer con su cara  circunspecta, seria, tiesa, como venida de otro planeta, con su sempiterna cara de amargada y que termina por amargarnos la existencia. O, al menos, eso parece intentar.

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