El fracaso escolar

Lo confieso sin vergüenza: me gusta dar clase (lo digo así porque lo exquisito parece ser repudiar la docencia y considero que esta profesión se nutre de dos actividades: docencia e investigación, tanto monta …). Es obvio que después de 38 años dedicándome a esto, si no me gustase, ya hubiese buscado una alternativa. En ese sentido, me considero un afortunado, al poderme dedicar a hacer algo que me gusta y además cobrar por ello.

Aunque también es cierto que no me gustan todas las (podriamos denominar) componentes de esta profesión (y ahora vendría aquí Bolonia, pero por esta vez no, de  momento). Y lo que me desagrada es corregir exámenes. Eso sí que me parece una pérdida de tiempo, pues en grupos de alumnos no muy grandes, tras unas 40 o 60 horas de clase (si es que asisten a la misma, claro), uno ya conoce de qué pie cojea el alumno y puede hacerse una idea de su conocimiento de la asignatura (y del conocimiento se derivan las habilidades y las capacidades; sin aquél no hay éstas). Aquí lo difícil es no caer en el efecto Pigmalión educativo  y hay que tratar de ser lo más ecuánime posible en la evaluación. Pero los resultados suelen ser, desgraciadamente, deprimentes.

Por ponerles sólo un ejemplo: sobre un total de 70-90 alumnos matriculados, asisten habitualmente a clase no más del 35-45 %; al examen se presentan alrededor del 65 %  de los matriculados y suelen aprobar un 60 % de los presentados. En la convocatoria extraordinaria los números son menores (donde ponía 60 % pongan ustedes 40 %). Eso quiere decir que, entre la primera convocatoria y la segunda, aprueban, en números redondos (¿por qué se dirá así, si no son redondos?) la mitad de la matrícula total.

¿Dónde está el origen de este fracaso? ¿En los alumnos, por lo que respecta a su preparación previa, o por lo que respecta a su actitud a lo largo del curso? ¿En la Nochevieja Universitaria? ¿En el profesor, en su capacidad para transmitir conocimientos, o en sus exigencias a la hora de corregir? Les aseguro que medito muy bien qué preguntar en un examen, para estar seguro de que es representativo de la asignatura y ser consciente de que ese día “lo expliqué bien” (es decir, no hubo otros factores, como cansancio, cabreo o distracciones, que me sacasen del asunto), lo cual no me exime, probablemente, de algún porcentaje de culpa. Pero, a pesar de que cualquier encuesta sobre calidad carga las tintas en la permanente culpabilidad del profesor y libera de toda responsabilidad a los alumnos-angelitos, creo que el porcentaje de responsabilidad de los alumnos en el fracaso es mayor que el mío (soberbia, ya lo sé).

Por esa razón no puede uno más que deprimirse cuando ve que lo que ha sembrado, de una u otra manera, no fructifica en la medida que uno esperaba y por unas razones u otras (porque no ha llovido, o porque ha llovido demasiado; porque no se ha abonado, o porque se ha echado demasiado abono, quizá porque no hemos sacado el santo a pasear, etc.) uno comprueba que lo que está dejando atrás, a pesar de sus buenas intenciones y sus esfuerzos, no es, ni por asomo, lo que uno esperaba; todo se deja al buen tún-tún, a la improvisación y al último minuto; divertirse durante 8 meses y encerrarse en una biblioteca una semana antes de los exámenes (y así en otros muchos aspectos).

Por eso resulta muy adecuada la frase (y reflexión) de John Donne, recogida en su mítica novela Por quién doblan las campanas por Ernest Hemingway y llevada al cine por Sam Wood en 1943 (aunque allí el significado pueda sonar más transcendente): “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la Humanidad; nunca te preguntes “por quién doblan las campanas”, pues doblan por ti”. En la docencia y en la investigación.

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