Horror vacui

Mis amigos y la gente que me conoce ya lo sabe: me dan miedo los espacios abiertos en las alturas. En cierto modo, una mezcla de agorafobia (miedo a los espacios abiertos) y acrofobia (miedo a las alturas). Tanto es así, que aunque me siento seguro dentro de un avión (todo lo seguro que puede uno sentirse dentro de un avión), aun he sido incapaz de transitar por el viaducto de Béjar en la Carretera de la Ruta de la Plata y cuando viajo por dicha ruta me desvío de la carretera y atravieso la población de Béjar.

De lo que nunca había leído (lo cual no significa que no exista o no haya existido) es que este tipo de miedos puedan ser colectivos, es decir, afecten a una sociedad, a una cultura o a un colectivo. El miedo al vacío (ese es el significado de horror vacui) tiene, sin embargo, numerosos significados. Por una parte, se utiliza para referirse al relleno completo del espacio en una obra de arte (una pintura, por ejemplo, con floreados, dibujos entrelazados, cenefas, etc., en un barroquismo no definido). El odio de la Naturaleza al vacío ya fue esgrimido por Aristóteles y en el estudio de los cristales se hace continua referencia a los espacios interatómicos y la ocupación del espacio.

Horror vacui fue quizá lo que algunos españoles (más de los que ahora están dispuestos a admitirlo, pero menos de los que en aquel momento se creía que podían sentirlo) sintieron el 20-N del año 75. “Y ahora, ¿qué?”, temerosos del vacío en que creían encontrarse al faltarles el timonel. La Historia ha demostrado que nadie es imprescindible, ni en uno ni en otro sentido.

Y quizá ese horror vacui lleva a los grupos, a las sociedades, a los colectivos, a tomar decisiones que desde fuera (o desde dentro, pero con perspectiva) nos resultan sorprendentes, chocantes o alucinantes. Al quedar solos, al quedar huérfanos, recurrimos a un clavo ardiendo. Aunque sepamos que nos vamos a quemar, pues ya nos hemos quemado antes. No recordamos que aun sin agarrarnos a ese clavo, existe otra solución. Quizá desconocida, y ese puede ser otro miedo. Quizá desconocida, repito, pero existe. Y cuando la identificamos (o nos la identifican) entonces lamentamos habernos quedado sin piel (y sin cejas y sin paciencia) al habernos agarrado al clavo ardiendo.

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