El príncipe del mambo

Durante muchos siglos ha sido normal que los príncipes sucediesen a los reyes en sus respectivos tronos. El concepto de “príncipe” parecía bien asentado, aunque en algunos casos siempre había sus dudas sobre cuál de los hijos del monarca iba a ser el heredero; si no, recuerden aquí todo lo que quizá han leído sobre las intrigas, muchas auspiciadas desde el harén entre las esposas y concubinas de algunos sultanes, para conseguir colocar en primera línea sucesoria a sus respectivos hijos.

Existen otros tipos de reinos en los que, salvando las distancias, se plantean situaciones similares. Así, en algunos reinos de taifas ( y no me refiero a los reinos de taifas, ¡por supuesto!) se manifiesta el mismo tipo de lucha por el poder, aun cuando el sultán esté disfrutando de una salud de hierro, cumpliéndose aquel dicho de “repartirse la piel del oso antes de cazarlo”; pero guardando (o tratando de guardar) las formas, algún palmetazo en la espalda y mucha reverencia.

Finalmente, uno de esos príncipes queda como heredero y es en su día entronizado como nuevo rey, como nuevo sultán de esa taifa. Y aquí suele comenzar lo malo. Porque hubo un tiempo en que los sultanes lo eran por propio derecho, eran jefes y líderes indiscutibles, carismáticos incluso y sus directrices, quizá por miedo (que también) o quizá por su coherencia, no se discutían, sino que se acataban y se actuaba en consecuencia. Pero con los “neopríncipes” muchas veces no ocurre así: han llegado al poder porque, a veces, se lo han encontrado por el camino, en mucha ocasiones sin méritos para ello, en otras ocasiones caminando de rodillas la mitad de su vida, … y pretenden ser adorados, seguidos y aclamados como lo fueron sus predecesores. A pesar de estar en ocasiones bien asesorados por su amado Gran Visir, suelen meter la pata a la mínima y se sorpenden de que no sean respetados (en su concepto) como lo fueron sus antecesores, sin darse cuenta que los súbditos no son, en mucha ocasiones, tan tontos como ellos creen y saben identificarlos y ubicarlos sin error posible; aparte, por supuesto, de que algunas cosas han cambiado mucho desde aquellos tiempos de sus sabios y grandes timoneles que les precedieron.

Estos nuevos príncipes del mambo nunca tendrán la categoría de reyes, por mucho que se empeñen y lo pongan en sus tarjetas de visita o convoquen a sus súbditos mediante un complicado (y copiado) código de timbrazos; sus intrigas no servirán más que para aburrir a la concurrencia, que terminará por darles la espalda, ignorándoles, mofándose de ellos incluso, por su ridículo permanente en querer aparentar lo que nunca fueron ni serán. Ellos, que se creían destinados a escribir la Historia, estarán ausentes de ésta y tras un par de generaciones (menos, incluso, si me apuran) serán unos completos desconocidos. A veces quizá aun veamos algún retrato suyo, otras veces aparecerán en las “líneas sucesorias”, pero en no pocas ocasiones, cuando alguien pregunte “Y ése, ¿quién fue?”, siempre habrá alguien que le responda “Nadie, uno que pasaba por aquí y se quedó”.

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