La camisa y la falda

Me temo que “los del papel de fumar” van a tachar de sexista esta entrada, pero no es cierto, es simplemente costumbrista, pues simplemente pretende ser una exposición de algunos usos y costumbres.

A ver si no es cierto:

Cuando un hombre se compra una camisa deja de mirar camisas en los escaparates.

Cuando una mujer se compra una falda sigue mirando faldas en los escaparates.

¿No es así? A ver, sean sinceros. “Pepe, tienes que comprarte una camisa”. Pepe se resiste, pues no aguanta salir de compras y mirar miles y miles de escaparates, tiendas, etc. Finalmente accede. Si puede, va solo a comprar la camisa, pues así no tardará más de 5 minutos en escoger una idéntica a la que lleva puesta, pero eso seguro que le supondrá una enorme bronca al llegar a casa. “Pero … ¡si es igual a la que tienes!” “Sí, estoy acostumbrado, me queda bien, y combina con las corbatas que tengo; pero es una talla mayor, he engordado”. Y ya está, se ha comprado una camisa, que es lo que le habían dicho que le hacía falta. Y ya está.

Si salen juntos a comprar la camisa, tendrá que pasar por el suplicio de tres o cuatro tiendas y cuando al final ya hayan comprado la que a él le da igual (como casi todas las demás) y es la que a ella le gusta, Pepe se dirige hace el aparcamiento o hacia la parada del autobús, cuando oye la voz que le dice “ya que estamos aquí, vamos a ver unos pantalones, que esos que tienes ya no se llevan”. Y luego de los pantalones puede caer alguna corbata, un jersey (“porque refresca, pero no tanto como para ponerte la chaqueta”) e incluso algo más; y alégrate de que en esas calles no hay (milagrosamente) ninguna zapatería.

Supongamos el proceso inverso. “Tengo que comprarme una falda”. “Vale”. “Pero quiero que vengas conmigo, a ver que te parece”. Rezongando, tras dilatarlo durante todo lo que la convivencia permite, van. Escaparate uno, escaparate dos, “vamos a entrar aquí …”, “ahí no, que las dependientas son muy antipáticas”, “no, no me queda bien” y eso se repite varias veces. Finalmente (y muy probablemente en la primera tienda en la que ya habían entrado) tiene lugar el descubrimiento de la falda óptima: “se lleva”, “me queda bien”, “combina con las tres últimas blusas que me he comprado, aunque quizá me haga falta una rebeca” (¡maldición!). Luego, a tomar un café y cuando ya crees que estás camino de casa … “espera, que quiero ver en esa tienda que me han dicho que han traido cosas nuevas”. Y, claro, en esa tienda no solamente hay que mirar los pantalones, las botas, las blusas, las rebecas y la famosa “ropa de entretiempo”, sino que, además, ¡nos volvemos a detener en las faldas! “Pues mira, se parece a la que hemos comprado e incluso es más barata, pero no me sienta tan bien, ¿verdad?” Y algo más cae, seguro, bien sea una blusa, o unas botas, o la famosa “rebequita”.

¿Por qué? ¿Alguien me lo puede explicar? ¿Tan distintos y distintas somos? (Lo de “distintos y distintas” va con segundas, por supuesto).
Y para los malpensados: la historia no es autobiográfica.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en De todo un poco y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s