Señales

No va de la película del mismo nombre ni de álbumes de música. Éstos no los he escuchado y de la película nunca he podido pasar de los diez primeros minutos. A lo que me refiero es a las señales que los humanos emiten hacia otros humanos para manifestarles sus deseos o, simplemente, transmitirles sus emociones o sus ideas. Si quieren, como hacer un uso específico del abanico. Pero mientras que éste parece ser un accesorio específica o exclusivamente femenino, las señales pueden ser emitidas por cualquier persona y ser entendidas por cualquier persona. O por ninguna.

Y ahí es donde comienza el problema. Porque puede que alguien se esté esforzando en mandarte señales y tú a la luna de Valencia. Ante esta situación algunos optan por un lenguaje de señales más directo, aunque no completamente. Por ejemplo, aquéllo que dice un jefe de “sería conveniente que usted viniese esta tarde a vigilar mi examen”, no es ni más ni menos que una orden para que usted cancele su visita al dentista y vaya a vigilar un examen y así su jefe pueda irse tranquilamente a tomarse una manzanilla al club social de la ciudad.

Como ustedes pueden ver, se trata de un lenguaje sólo para iniciados (en algunas ocasiones no hay palabras, sólo gestos), pero que no solamente resulta (o debe resultar) ininteligible para los otros, sino que también puede serlo para aquéllos a los que las frases (las señales) van dirigidas. Bien sean señales jefe-subordinado, señales amante-amado o señales odiador-odiado, de cualquier tipo. Con lo que, si no las entiendes, pues igual después te llevas una bronca del jefe, o puedes romper, sin quererlo, una relación, o puedes no explicarte por qué alguien te vuelve la cara cuando os cruzáis por el pasillo.

Pero existe una situación aun más peculiar: cuando ambos utilizan un lenguaje de señales, pero no es un lenguaje de señales, sino dos lenguajes distintos de señales; ahí la situación ya puede resultar esperpéntica.

Patético resulta, por supuesto, cuando el supuesto receptor de las señales no las capta y todos los que le rodean sí.

Por el contrario, puede resultar una situación graciosa cuando las señales se utilizan con inteligencia y agudeza. Por ejemplo, en cierto fragmento de La Tesis de Nancy, de Ramón J. Sender; en un momento determinado Curro (la pareja de Nancy) está discutiendo con Joaquín en los siguientes términos (Nancy es la narradora de la historia):

—Más valdrá —dijo mi novio entornando el ojo izquierdo— que se lo pregunte usted por teléfono a su tía la que lo llevó a cristianar. Para cerciorarse, digo.
—¿Qué tía?
—La tuerta.
—Su teléfono no funciona.
—Puede usted llamarla al teléfono de la pollería de la esquina.
—El que yo uso es el de la huevería de al lado.

Ahí van las señales entre Curro y Joaquín, con la misma finura que una lidia  o unas fintas con florete. Y la cosa sigue unas líneas más abajo:

—Se agradece la buena voluntad. Al fin se ve que ha calado usted la cuestión.
—También puedo calar otras cosas.
—Los melones de Alcalá del Río.
—Y las calabazas de Triana.
—¿Me lo dice o me lo cuenta?

En fin, ya lo ven. Lo de las señales es complicado, no lo niego. Pero cuando seamos testigos de una conversación y no entendamos nada de lo que dicen, puede ser por varias razones. De todos modos, sólo se trataría de sintonizar en la longitud de onda adecuada.

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