El travelling

Quizá no los más jóvenes de la tribu, pero algunos de los lectores habituales seguro que recuerdan uno de los hitos de lo que yo denomino (no es muy original, ciertamente) cine imperial, el hecho en la postguerra española, especialmente en la primera parte de la misma, aproximadamente hasta la desaparición de las cartillas de racionamiento en 1952. Entre las películas de dicha época (Agustina de Aragón, Raza, Balarrasa, Los últimos de Filipinas, El Santuario no se rinde, Sin novedad en el Alcázar y otras) me he acordado en repetidas ocasiones de una en especial, titulada Locura de Amor, dirigida por Juan de Orduña en 1948. Describe con un alto contenido dramático (quizá por la personalidad de la actriz protagonista, Aurora Bautista, también Agustina de Aragón) parte de la vida de Juana la Loca, la hija de los Reyes Católicos, casada con Felipe el Hermoso. Está todo descrito en los libros de Historia, nada nuevo. Pero hay una escena que me sorprendió cuando ví la película por primera vez y que resalta ese espíritu imperial al que me refería unas líneas más arriba. Cuando los grupos de nobles favorables a Felipe pretenden que asuma la corona de Castilla durante la minoría de edad del futuro rey Carlos I y pretenden también encerrar a la reina Juana en el Monasterio de las Huelgas, alguien enumera los títulos de nobleza del candidato que avalan esa propuesta. Pero antes de que se siente en el trono, aparece la Reina Juana en el otro extremo del pasillo central de la catedral en donde se desarrolla la escena; a pesar de ser Reina, no camina bajo palio dentro de la catedral y durante un prolongado travelling se acerca hasta el trono, al tiempo que alguien enuncia a voz en grito, melodramáticamente, sus títulos:

La Reina, Su Alteza,
por la gracia de Dios,
Reina de Castilla y de León,
De Granada, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Murcia y de Jaén.
De Algeciras, de Gibraltar, de la Islas Canarias.
De las Indias y de la Tierra firme del Océano.
Princesa de Aragón, de Jerusalén y de las dos Sicilias.
Archiduquesa de Austria,
Duquesa de Borgoña y de Brabante,
Condesa de Flandes y el Tirol,
Y señora de Vizcaya y de Molina.

¡Qué tronío! Y seguramente que era cierto, que la cosa estaba bien documentada.

¡Cuántos (y cuántas) quisieran poder mover el palmito, con palio o sin palio, al tiempo que un siervo fuese un paso detrás (para no ir mal) recitando a voz en grito sus supuestos méritos en vez de musitándole Memento mori! A fin de cuentas, a esta señora esos títulos le habian caído del cielo – por la gracia de Dios, como ponía en las monedas de no hace muchos años – al igual que a muchos otros lo que les permite ser quiénes son y estar donde están ¿O no? A modo de agasajo postinero, con la crema de la intelectualidad y la gracia de un piropo retrechero.

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