Los leones y los ratones

En aquella isla convivían diversas especies animales, que habían llegado a un statu quo de no agresión entre ellas, resolviendo sus diferencias en cuanto al acceso a la comida y las zonas saludables de una manera relativamente elegante. Continuamente había movimientos de las manadas de una zona a otra, teniendo que malhumorarse a veces algunas tribus o grupos con otros por la insistencia en ocupar un lugar más o menos próximo a las fuentes de agua y los ríos.

Se notaban, sin embargo, dos tendencias: por una parte, existía en la zona norte de la isla una serie de manadas en las que los miembros más débiles habian aceptado el liderazgo de los más fuertes, de modo que las tribus eran cada vez más grandes y más poderosas, desarrollando actividades más importantes y beneficiosas para todos ellos y de cuyas migajas se aprovechaban, a veces, las otras tribus de la isla. Quizá la imagen podía parecer un poco clasista e incluso servilista, pero el reconocimiento del líder no conllevaba, en absoluto, la total sumisión a sus caprichos; una organización  tipo hormiguero, pero sin reina, sino líder.

Por el contrario, en la zona sur de la isla se daba una situación diametralmente opuesta: cuando algunas de las crías de los animales que allí habitaban eran ya capaces de andar aunque a trompicones por sí solas, podían encontrar algunos restos de comida con los que se conformaban y conseguían un lugar al sol, enseguida exigían de sus próximos un reconocimiento de liderazgo que esos próximos, por desidia, les daban, aunque ese liderazgo no era un medio para nada, sino un fin en sí mismo: ni mejores zonas de vida, ni mejores accesos a los alimentos, ni nada de nada, el liderazgo por el liderazgo. Y, por supuesto, el número de líderes crecía día a día. Algunos de estos líderes, debido a sus características fenotípicas, eran más visibles que otros, aparentando un mayor liderazgo en su mesocosmos sureño.

Cuando en la frontera no definida entre las dos zonas de la isla se encontraban miembros de las tribus sureñas y norteñas las cosas seguían con ese fair play. Cada líder presumía de sus logros, desplegando las alas, hinchando los carrillos, mostrando su poderosa dentadura, etc., logros reales en unos casos, pírricos en otros y, al final, en los juegos panisleños siempre terminaban ganando los líderes norteños. La tremenda subdivisión de las tribus del sur las llevaba una y otra vez al fracaso, que no reconocían. Pues, a fin de cuentas, si esos líderes eran los mejores, tampoco se podía esperar otra cosa, pues donde no hay para escoger, poco bueno se encuentra.

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