Chantaje emocional

Les voy a contar una historia real, esto no es una leyenda urbana. En cierta universidad se realizó un examen de una asignatura. Cuando la profesora los corrigió, encontró el de un alumno que había respondido de forma perfecta a las seis primeras preguntas, pero había dejado en blanco las cuatro restantes. Le sorprendió mucho, pues resultaba muy raro un conocimiento tan correcto de las seis primeras y un desconocimiento absoluto de las otras cuatro; habitualmente no es así, un buen alumno (y éste parecía serlo) no deja en blanco casi la mitad del examen.

Tras publicar las calificaciones, citó en su despacho al alumno en cuestión y le preguntó cómo era eso, pues ella no encontraba ninguna explicación razonable a ese resultado. El alumno, azorado, le dijo que no había dado la vuelta a la hoja con los enunciados. Pues resulta que en la hoja con los enunciados, los de las seis preguntas primeras estaban en una cara y los de las cuatro restantes en la otra cara y el alumno, muy despistado, no dio la vuelta a la hoja, creyó que el examen sólo tenía seis preguntas. Es evidente que en el siguiente examen el alumno sacó un diez (ya se preocupó de dar la vuelta a la hoja) y acabó la asignatura, el curso, la carrera y su doctorado con calificaciones altísimas. Hoy está contratado por una universidad.

No les digo ni los nombres, ni los sitios ni nada; los protagonistas, si leen esto, sabrán que me refiero a ellos y no cambia nada el sentido de la historia (real, repito) el conocer o no a los protagonistas ni dónde ocurrió.

Y es que es poco frecuente, sinceramente. Si a algún tipo de presión nos encontramos sometidos el profesorado es, precisamente, al chantaje emocional por parte de los alumnos. Este chico podría haber dicho que le repitiesen el examen, para poder subir la nota, pues había sido un despiste, que con la nota “baja” que había obtenido podía correr peligro de perder una beca, o cosas por el estilo. Pues es, desgraciadamente, lo habitual: Es que, mire usted, sólo me queda su asignatura para acabar (después te enteras que le quedan cuatro y ha ido a los cuatro profesores con la misma historia); es que es la última convocatoria (y no es cierto, le quedan un par de ellas, más las dos extraordinarias, a veces conocidas como de gracia y esperanza). Es que no puedo venir a su clase porque estoy matriculado en la Escuela de Idiomas y allí la asistencia es obligatoria; ¡chaval, que estás en una universidad presencial! Pero no, lo que dice la Escuela de Idiomas va a misa, el no venir a las clases de la Facultad y despues lloriquear el aprobado es perfectamente normal, por lo que parece. En otras ocasiones, en fin, recurren a argumentos más crueles (es que el día antes del examen operaron de apendicitis a mi tío y estaba yo muy nervioso), pero siempre persiguiendo el mismo fin: cambiar las normas a su gusto. Un amigo mío mataba periódicamente a los padres de sus amigos, para justificar pasar la noche en el velatorio; en alguna vez se lió y hubo algunos a los que mató dos veces.

Uno puede ser sensible a estos temas; uno incluso debe ser sensible a este tipo de problemas humanos, pero lo que uno no puede es ser gilipollas; además, siempre te queda la duda de si ese problema tan grave que el alumno tiene, no lo tienen también otros, pero son más tímidos, más honrados (o menos jetas)  y no se atreven a planteártelo; hacerles caso sería una clara injusticia y falta de oportunidades para sus compañeros. Así que hay que estar atentos, pues como en casi todo, la realidad va por delante de lo que uno espera y los procedimientos son cada vez más sofisticados. Continuará.

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