Otra ocasión desaprovechada

Estaba muy contento, pues sólo le quedaba una asignatura para completar sus estudios. Estaba tan seguro de que la iba a aprobar, que no se preocupó casi de nada. A fin de cuentas, muchos miembros de su familia eran profesores de esa asignatura en diversas universidades, tanto españolas como iberoamericanas; su familia había surtido a todas estas universidades e incluso a algunos estamentos no académicos y altísimas instituciones del Estado y podía presumir de aquéllo de “de casta le viene al galgo”, ¿cómo iba a fallar! La cosa estaba cantada. Incluso había ya alquilado un local amplio, bien situado, bien comunicado, con todos los adelantos electrónicos necesarios para estar permanentemente comunicado con sus posibles clientes; la página web ya estaba preparada, sólo faltaba aprobar esa asignatura, solicitar el título (formalidad que le parecía una estupidez, a él le iban a ir con nimiedades) y enseguida a anunciarse a los cuatro vientos para que todo el mundo cayese rendido a los pies de su empresa.

Pero no fue así. Incomprensiblemente, no aprobó. Aun no se lo explica, cuando consigue levantar la cabeza de su antebrazo (humedecido de tantas lágrimas) y trata de fijar la vista en el cubata, sobre la mesa junto a una baraja de cartas. No, no lo entiende. No sólo no ha aprobado la asignatura de marras, sino que, además, se ha enterado que un colega suyo, en realidad, discípulo de uno de sus muchos parientes bien colocados, ha lanzado a través de la red una empresa igualita, igualita, a la que él con tanto cariño, mimo y dedicación (y un mucho de soberbia y prepotencia, aunque le cueste reconocerlo) había diseñado. Aquéllo de compuesta y sin novio bien se le podría aplicar. Ahora recuerda todas esas frases hechas como “vender la piel del oso antes de cazarlo”, “construir un castillo de naipes”, o “el cuento de la lechera” y se da cuenta de su mucha realidad.

Y encima, para más escarnio, cuando se las prometía muy felices con la empresa, que iba a triunfar, ¡estaba claro! Había pensado, incluso, hacer coincidir la inauguración de la empresa con el aniversario del nacimiento de uno de sus antepasados, fundador de la saga y muy conocido en el mundillo, pero ni éso le han permitido.

Todo lo había basado sobre esta empresa, incluso algunos de sus amigos ya le habían prestado algún dinero (aunque en verdad poca falta le hacía) para que arrancase, conocedores de su excelencia en el tema y su más que seguro éxito.

La verdad, después de tanto tiempo de conocerlo, no me alegro de su fracaso (no soy tan malo como algunos piensan), pero me parece que en vez de quejarse, echarle la culpa al árbitro (como quien dice) y seguir por esa vía, quizá debería pensar si sus planteamientos no eran demasiado caducos, clásicos y faltos de innovación. Porque aun asumiendo la posible culpa del árbitro en algunas ocasiones, también hay que practicar de vez en cuando la autocrítica, dejar de mirarse el ombligo y darse cuenta que en este mundo el que no corre vuela y pretender conquistar el mundo con algunas de estas cosas está al alcance hoy en día de cualquiera y hay que  trabajar y no dedicarse exclusivamente a juergas nocturnas con alcohol. O casi.

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