A mí sí, que soy médico

La escena de la película me la recordó un buen amigo, médico por más señas. Verán ustedes.

La película Aterriza como puedas (1980) describe las peripecias sufridas por los pasajeros y tripulantes de un avión cuando casi todo el mundo resulta intoxicado por una comida en mal estado. Como casi siempre, mienten al pasaje, no contando y ocultando el origen del problema (en ese momento de la historia aun no sabemos que el problema ha sido la intoxicación alimentaria) y uno de los pasajeros (papel interpretado por Leslie Nielsen) se dirige a una de las aeromozas preguntando: “¿Qué ocurre?” “Lo siento, no estoy autorizada para comunicarlo al pasaje” a lo que responde “A mí sí, soy médico“. Raza superior, gente sublime, médico; aunque ninguno de los pasajeros debe saber el origen del problema (puede ser, en esos momentos del relato, un ataque terrorista, el fallo de algún motor, etc.), él sí, es médico.

Es que existen ciertas personas y ciertos grupos o colectivos que más que creerse descendientes de la pata derecha del rey, parece que son la pata derecha del rey. Por encima del bien y del mal. Esas personas para las que San Francisco de Asís y la madre Teresa de Calcuta son simples demonios a su lado, pues esas personas están imbuídas de la bondad y la perfección absolutas: amables, “implicadas”, atentas, sensibles, concienzadas, … vamos, un dechado de corrección política. Son esas personas que aceptan las reglas del juego cuando les interesa, pero que si es necesario cambiarlas para salir beneficiados, pues las cambian; son esas personas que se autodefinen como ultrademócratas y no paran de recordárnoslo con frases, pasquines y pies de firma en sus correos, pero que cuando alcanzan el poder (sorprendentemente, exigiendo procedimientos no democráticos para ello, por supuesto, pues por elección nunca lo conseguirían) reclaman aquéllo de “todo el poder para el jefe”, lema de la CEDA de Gil-Robles en las elecciones de 1936. La ley del embudo, vamos. Esas personas que deberían no sólo ser transparentes, para que su simple visión no nos molestase, sino que deberían también comportarse como transparentes y dejar a los demás, a los simples mortales, que sigamos con nuestras, según ellos, zafiedades y comportamientos mafiosillos. Vive y deja morir, ya lo cantó Paul McCartney.

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