“Usmia”

La escribo entre comillas porque no es una palabra recogida en el DRAE, pero se utiliza, al menos, en la zona leonesa del país. El significado viene a ser tacaño.

Yo entiendo que en los tiempos que corren, con las rebajas de sueldo, eliminación de pagas extras, cuentas (de otros) en Suiza, repago farmacéutico, etc., no esté la cosa como para tirar cohetes, pero de ahí a lo que podemos ver de vez en cuando hay lo que podríamos denominar una cierta falta de dignidad.

Usmia es el que cuando sale a comer con algunos amigos pregunta cómo van a pagar. Y si es a escote se pide un arroz con bogavante (fresco, por favor, congelado no), cocochas y algunas almejas; pero si cada uno va a pagar lo suyo propone el MacDonald’s (bueno, no, propondrá un par de huevos fritos y patatas, pues es un defensor enfermizo de la comida ecológica y lo de Macdonald’s le da fiebre).

Usmia es el que  enarbolando la bandera de la dieta y la conservación, se come un plato combinado compartido con su pareja cuando salen solos, pues son de poco comer; sí, pero muy bien avenidos: hoy te toca a tí el postre y a mí el café y mañana al revés.

Usmia es el que teniendo una vivienda en Madrid, declara vivir en, pongamos, Adra, para así justificar ayudas de alojamiento en Madrid.

Usmia es el que aun viajando en coche oficial, reclama dietas de kilometraje, como si hubiese viajado en su propio automóvil. Ejemplo tenemos en algunos políticos.

Usmia es el que cuando tiene que realizar algún trabajo fuera de su destino habitual, aun sabiendo que le van a invitar a comer, solicita y consigue dietas de manutención. También tenemos ejemplos a mano, seguro que ustedes conocen algunos.

Usmia es el que se pasa por la cafetería de su centro de trabajo y se arrima, emulando al mejor José Tomás de todos los tiempos, hasta conseguir que cualquiera, incluso aunque no tenga ninguna relación con él, le pague un café.

Usmia es el que, cuando en un grupo otro saca un billete para pagar, lo coge del mostrador, llama al camarero y le dice “¡Toma! ¡Cóbrate!”, intentando así no sólo quedar bien, sino, si el otro no se da cuenta, incluso quedarse con el cambio.

Usmia es el que deja el monedero en su despacho y va a la cafetería con el precio de un café justo, con lo que si se encuentra a alguien, le dice “le puedo invitar a medio café”; por supuesto, es el otro el que termina por pagar los cafés de ambos.

Usmia es el que cuando sus compañeros van a la cafetería de su centro de trabajo, los deja con la palabra en la boca y va a la máquina de café, donde es unos céntimos más barato.

Estos ejemplos y otros muchos más que ustedes seguro que conocen y podrían añadir aquí, se refieren al usmia económico, pero hay otros tipos, otras modalidades de usmias.

No olviden ustedes (y permítanme concretar) que el primer beneficiario de una producción científica (artículo, comunicación a congreso, libro, etc.) es el propio autor, aunque posteriormente esta producción se recoja en memorias periódicas de su universidad. Pues bien, el usmia académico es el que dedica un mínimo esfuerzo y dedicación a este tipo de trabajo (este trabajo es su obligación, también) autorregulándose su horario de permanencia (que nadie controla) para bajarlo a su mínima expresión. Si va de 9 (o 10) a 14 (o 13) y nadie se lo afea, pues mejor que mejor: la semana siguiente irá incluso más tarde y se irá más temprano, intercalando interminables charlas sobre televisión, trapos y compras en dicho periodo de tiempo. Por la tarde ni hablamos, ¡of course! Tras una estancia de duración razonable en una institución académica extranjera (de probada seriedad científica, por cierto), cierta persona se volvió con las manos vacías en lo que a producción científica se refiere; cuando le pregunté a su jefe, simplemente me dijo: “era la última en llegar y la primera en irse y de esa manera no se realizan experimentos ni se consiguen resultados”; más claro agua y más razón que un santo.

Pero lo característico de este usmia académico es que posteriormente se quejará de su poco éxito (resultante, como es obvio, de su escasa dedicación) y todo lo achacará a favoritismos, mafias, peloteos y demás actuaciones a los que ese usmia, por supuesto, no se dedica, pues son incompatibles con su excelsa calidad y su carácter sublime, que no le permiten, siquiera, preguntar cuando algo no sabe hacer (y mete la pata, claro).

En fin, creo que ya les he dado bastantes pistas e indicaciones para que mediten, en estas fechas de recogimiento, sobre este asunto y no me alargo más, que ochocientas palabras ya son muchas palabras (más de siete, por supuesto).

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