La mujer del césar

Ya saben ustedes: además de ser honrada, tiene que parecerlo.

Por tanto, al ser dos acciones distintas (ser y parecer), cada una con dos opciones, se presentan un total de cuatro escenarios posibles:

a) Que sea honrada y lo parezca. No hay problema, sería la situación ideal.
b) Que sea honrada, pero no lo parezca. Mal lo tiene, pues las apariencias suelen pesar mucho.
c) Que no sea honrada, pero lo parezca. Debe ser muy “pillina”, para que, precisamente, no la pillen y todo el mundo esté extasiado con su virtud.
d) Que no sea honrada y que no lo parezca. Parece que le da todo lo mismo y que se pone el mundo por montera.

Alguno habrá al que le parecerá muy bien la situación (d), pues es, quizá, la menos hipócrita, al no pretender aparentar lo que no se es. No sé, no sé, pues yo hay veces que el cuerpo me pide despacharme con un par de frases muy sinceras, pero en aras a la educación que uno ha recibido (en una escuela pública, por cierto) y con objeto de no empeorar algunas situaciones, uno transige y miente; vamos, que el niño es horrible, feo a más no poder, pero a uno no le queda más remedio que decir “¡Qué mono! ¡Es lindísimo! ¿A quién ha salido?”

Lo malo es, sin embargo, que parece que cada vez se opta en mayor medida por la situación (d) que por la situación (c), pues parece que a mucha gente le da lo mismo lo que los demás piensen de ellos. O dicho de otra forma, ni siquiera se guardan las formas en algunas acciones (¡Ojo! guardar las formas exclusivamente sobre una acción no honrada no hace a ésta buena).

Ya sé que hay muchas cosas que no ocurren, aunque algunos malpensados creen que sí. Es decir, somos malpensados, lo cual puede ser perjudicial para la mujer del césar (ella es “a”, pero creemos que es “c”). Por ejemplo, hay una permanente acusación a las universidades de practicar una política de personal endogámica, por la que se contrata exclusivamente a los profesores de la misma universidad. Por supuesto, si en el concurso u oposición por el que se asigna la plaza, el de la casa es el mejor, no hay problema; el problema surge cuando no es que no sea el mejor, sino que es el único, pues las condiciones del concurso suponen una especie de contrato leonino con condiciones draconianas, que desaniman a cualquiera (de fuera) ni siquiera a probar suerte. En este caso sí que podríamos hablar de un proceso endogámico, pero yo estoy seguro de que estas cosas no ocurren, pues nunca el concurso es de estas características.

Porque si las universidades quisiesen asegurarse de que sus plazas quedan reservadas a sus propios profesores, establecerían, por ejemplo, un procedimiento por el que el propio interesado participaría en la propuesta – o propondría directamente mediante formularios ad hoc – de los miembros de la comisión calificadora de la plaza. Pero como las autoridades académicas no pretenden fomentar la endogamia, este tipo de procedimiento nunca se establece.

Además, las universidades convocan plazas cuando tienen verdaderas necesidades docentes (de las investigadoras ¡para qué!); si lo hiciesen sólo cuando tienen preparados a sus propios miembros, eso sería caer en la endogamia, situación de la que las universidades abjuran y huyen.

Es cierto que cuando se asignan plazas de prestigiosos investigadores a una universidad, el compromiso que adquiere ésta es dotar y convocar una plaza de profesor ordinario a la que pueda optar el prestigioso investigador una vez finalice su contrato como tal, pero esa convocatoria se hace mediante los mecanismos de igualdad y publicidad, que aseguran la ausencia de un proceso endogámico. Por esa razón, repito, las universidades solicitan la creación y asignación económica de dichas plazas, sin que ello represente una vía para, repito, estabilizar a ese prestigioso investigador exclusivamente (ni lo argumentan así, por supuesto), pues eso sería promover un proceso endogámico.

Porque las universidades podrían argumentar (es gratis), frente a las autoridades de su Comunidad Autónoma, que quieren crear plazas para estabilizar a su propio profesorado (lo cual podría ser, evidentemente, una propuesta endogámica), pero como las autoridades académicas no pretender fomentar la endogamia, nunca efectúan este tipo de peticiones con este tipo de argumentos a las autoridades de su Comunidad Autónoma.

En resumen, que lo de la endogamia universitaria es una falacia, pues las universidades, aun pudiendo, nunca recurren a peticiones de dotaciones de plazas argumentándolas para estabilizar a su propio profesorado, ni facilitan que los interesados puedan influir en la propuesta de las comisiones juzgadoras. Y si a pesar de todas estas salvaguardas que las universidades ponen para evitar que el proceso selectivo resulte endogámico, éste lo resulta, será culpa de la comisión, ¡faltaba más!

Repito, por último, que esto no ocurre, pues si ocurriese todos seríamos culpables, unos por acción y otros por omisión, pero nadie en la universidad peca de esta manera (ni de pensamiento ni de palabra, que son, según la iglesia – la única, claro – las cuatro formas posibles).

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