Y el séptimo descansó

Recuerdo hace años cuando guardábamos nuestras mejores prendas de vestir para los domingos (y fiestas de guardar). El resto de la semana pantalón de pana y jersey de cuello alto en invierno, resistentes botas Segarra y al cole o al instituto (uno siempre asistió a centros públicos). Para el domingo quedaba el pantalón “de vestir”, camisa y un jersey más arreglado.

A pesar de que en algunas ciudades de provincias la costumbre sigue (pueden verlo por aquí mismo en Salamanca cualquier domingo por la Plaza Mayor y aledaños), nuestra clase política no la sigue, son más modernos. Seguro que ustedes ya lo han notado hace tiempo: ilustres próceres que durante la semana aparecen con elegantes trajes oscuros y encorbatados, al tiempo que ellas llevan un terno sastre, habitualmente acompañado de un fular o bien un floripondio (segunda acepción del DRAE) desmesurado en la solapa, al llegar el fin de semana echan la casa por la ventana, se ponen modernos (sencilla a la par que elegante) y ellos eligen entre dos opciones: pantalón beis, camisa azul cielo y jersey sobre los hombros (muy importante: los puños se unen sobre el pecho para evitar que se caiga la prenda), o bien el uniforme alternativo: el mismo pantalón beis, camisa clarita y chaqueta azul oscuro, sin corbata, claro. Los ricitos nucales también son muy de agradecer y, quizá por una falta de fijador en el fin de semana, más fácilmente apreciables. Para ellas, también algo casual, digamos, pantalón oscuro (aunque remarque las pistoleras), jersey finito y rebequita a juego; y pendientes de perlas, claro.

De esta manera parecen creer que están más próximos al pueblo, pues así se sienten más identificados. ¿no? Y en sus apariciones públicas, si se trata de un coloquio (sin pantalla de plasma), entonces no lo hacen tras un atril con dos (¿por qué dos?) micrófonos y metacrilato tutiplén, sino sentados sobre unas cajas, con aspecto indolente y tono pausado, sin las estridencias de los mítines. Estas cajas (que mejor aprovechadas estarían en algún concierto de música flamenca) muestran por todos sus lados el logotipo del partido, que también aparece, como si de una sala de espejos de una caseta de feria se tratase, en todo el fondo del escenario, repitiéndose hasta el infinito.

Desde ese escenario y con ese atrezo y vestuario, intentan convencernos (habitualmente sólo lo consiguen con los que ya de entrada están convencidos) de que son el partido de los trabajadores o que la culpa siempre es de los otros, de que ya se vislumbra la luz al final del túnel, de que hay brotes verdes, o de cualquier otro arrebato poético-místico que a sus bien pagados asesores se les ocurre.

Sorprende también que muchos de estos meapilas se dediquen en domingo (y fiestas de guardar) a lo que ellos deben considerar trabajar.

Bien, no está mal; mucho mejor lo hacían los hermanos Marx, Tip y Coll, Gila, Martes y Trece y tantos otros. A estos de ahora, por el contrario, se les nota la mentira en cada una de sus palabras, incluso a veces parece que no pueden aguantarse la risa y lo malo es que como todos sabemos que mienten, pues no pasa nada: ellos hacen su papel, nosotros no nos reímos y ellos, ya digo, haciendo méritos para ver si pasan de La Parodia Nacional al Club de la Comedia. ¡No lo permitas, Eva!

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