¿Frustación o fraude?

Creo que es evidente que todos queremos ver resultados positivos de nuestro trabajo, sea cual sea éste. Me imagino la frustación de un albañil al ver que una pared que ha hecho se cae al día siguiente, o de un guardia de circulación cuando no consigue despejar un atasco en hora punta.

¿Y en el caso de los docentes? ¿Cuál es su éxito? ¿Cuál es su frustación? Si estamos para algo es para transmitir conocimiento (en la universidad también para generarlo, a través de la investigación) y, por tanto, quizá podríamos darnos por satisfechos si conseguimos transmitirlo de una forma coherente y entendible. La pared que ha construido el albañil se caerá o no, dependiendo no sólo de la pericia del albañil al subirla, sino también de la calidad de los materiales empleados y que su empresario ha escogido; la facilidad para desatascar un embotellamiento dependerá no sólo del agente de circulación, sino también de la planificacion de direcciones dobles u obligatorias, rotondas y semáforos que los técnicos hayan diseñado y de que los conductores sigan sus sugerencias u órdenes. En el caso de la enseñanza, no sólo será una cuestión del profesor, sino también del alumno, evidentemente, si está o no preparado para acceder a un cierto nivel, si estudia y aprovecha las enseñanzas, consultando bibliografía y atendiendo en las clases, etc. O, en otras palabras, el resultado final será una resultado de las aportaciones de ambas partes. Y una de las aportaciones del profesor es, precisamente, comprobar que el alumno ha adquirido los conocimientos (habilidades, capacidades, etc., si ustedes quieren) suficientes para salir al mercado.

Por esa razón me resulta frustante, les soy sincero, cuando el porcentaje de aprobados en una asignatura es bajo o muy bajo. ¿No he sido capaz de transmitir los conocimientos? ¿No me he hecho entender? ¿No han sido mis alumnos capaces de entenderme? ¿Les exijo más de lo que les doy? Intento ser ecuánime, pero me preocupa que los resultados sean tan poco positivos.

Hay, sin embargo, una solución, que es la que nuestras autoridades académicas parecen auspiciar: hay que mantener un determinado número de aprobados, para evitar que la titulación desaparezca (creo que ya escribí sobre esto hace algunas semanas), por lo que, entonces, cabe otra posibilidad: el aprobado general para los que se han presentado. O, dicho de otra forma, bajar el umbral de aprobado para, digamos, aprobar con un 2 en vez de con un cinco, por ejemplo. ¿Es una solución? No, es un fraude. Para los alumnos, para el profesor y para la sociedad que los mantiene económicamente. Pues esos alumnos, en un momento determinado de su vida profesional, tendrán que aplicar los conocimientos (y  habilidades y capacidades, claro). ¿Le gustaría a usted que cuando acude al médico y le dice que le duele el oído el médico empezase a mirarle los talones? Es que, claro, quizá ese médico aprobó la anatomía con un 2.5, para que su profesor no resultase frustado y mantener los porcentajes de éxito que alguien le reclamaba y no sepa distinguir el ojo del talón, ¿O que un farmacéutico (consulte a su médico o  farmacéutico, nos dicen) le suministre  una aspirina cuando usted acude con acidez de estómago? Es que, claro, había que mantener un cierto procentaje de aprobados.

Pues ya saben: frustación o fraude, elijan lo que ustedes quieran.  Y actúen en consecuencia, pechando con los resultados.

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