La eterna juventud

Conocerán sin duda ustedes la novela de Oscar Wilde titulada El retrato de Dorian Gray. Seguro. ¿Es cierto que perseguimos siempre la enterna juventad, evitando o tratando de evitar el envejecimiento y todo lo que ello conlleva de malo? Quizá en ciertas épocas de nuestra vida sí, pero no siempre. Conozco el caso de una chica que siempre se juntó y cultivó la amistad de personas sensiblemente mayores que ella (querida lectora malpensada: no es quien tú crees); de hecho, cuando la conocí tenía ella poco más de 20 años, aunque aparentaba más de 40; no llegaba a parecer mayor que su madre, pero sí parecía tener tres o cuatro años más que su hermana, aunque ésta en realidad le llevaba dos años. Para no desentonar con sus amistades se vestía con ropa “de vieja”, el peinado, el maquillaje, en fin, toda la parafernalia que la rodeba no hacía más que incrustarla cada vez más en ese segmento de edad entre un 50 y un 100 % mayor que la que en realidad tenía. Su novio era prematuramente calvo, por lo que quizá también su actitud pretendía no desentonar.

Pero llegó un momento en que se dio cuenta que sus compañeras de colegio, sus amigas de la época de la Primera Comunión, parecían sus hijas y no sus amigas de la misma generación: más joviales, más jóvenes, con gustos más jóvenes para todo, ropa, maquillaje, aficiones, la música, la cultura en general. Y entonces decidió que ella tenía que volver a ser joven; antes había pretendido ser la reina del mambo aparentando más de la edad que tenía y ahora quería ser la emperatriz del mambo volviendo a su juventud, pero sin un retrato tipo Dorian Gray al que agarrarse. Las arrugas, de las que tan orgullosa se sentía cuando se las veía a los 25 años, ahora había que eliminarlas y entonces comenzó el rosario de botox, operaciones de estética, cambio de vestuario, cambio de look, aunque … sólo pretendidamente, pues hay cosas que no tienen marcha atrás. Y a su marido no le había salido pelo. No lo consiguió, no lo ha conseguido y su cara sigue mostrando las huellas de la edad, ahora reafirmadas al existir las reales sobre las buscadas.

En definitiva, dejemos que la Naturaleza siga su curso y no pretendamos envejecer ni pretendamos tampoco ser eternamente jóvenes (no caigamos tampoco en el denominado síndrome de Peter Pan) y así quedaremos más contentos con nosotros mismos. Seguro.

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