De reyes y otros

Por razones no exclusivamente vacacionales y por supuesto, en absoluto evasoras, en este mes de agosto he pasado algunos días en Suiza, concretamente en Ginebra. Aparte de disfrutar de un tiempo magnífico, los quesos, chocolates, el chetdó y varias cosas más, me he encontrado con algunas cosas que quiero comentarles.

En primer lugar, que en Ginebra, a pesar de pertenecer a una República, existe un rey. En el sentido más clásico y medieval de la palabra que ustedes se puedan imaginar. Un rey que va y viene a su antojo, que tiene su camino reservado en la gran mayoría de las vías de la ciudad, al que hay que cederle el paso (¡y pobre de quien no lo haga!), que campa a sus anchas por sus dominios, retirándose a descansar sólo durante cuatro escasas horas diarias. Un rey, en definitiva, que reina, que domina en la ciudad, pero que, además, se preocupa de sus súbditos ayudándoles diariamente a cambio de una pequeña aportación por parte de éstos. Ese rey es el tranvía. Así, como lo leen. Tiene sus vías, tiene preferencia absoluta y su dominio se extiende por toda la ciudad.

Pero hay algunas personas que no aceptan a ese rey y prefieren otra forma de desplazarse por la ciudad: a lomos de una bicicleta. Tienen carriles específicos para hacerlo y no corren desaforadamente por encima de las aceras. Los ciclistas, si quieren cruzar por un paso de cebra, descabalgan de su montura, la cogen por el manillar (iba a poner ronzal) y cruzan, respetando a los otros peatones que siguen su propio camino. Cuando circulan por algún sitio en el que no tienen un carriel específico asignado o tienen, por alguna circunstancia, que compartir espacio con los peatones, van a la velocidad de éstos, sin estridencias, sin avasallar, haciendo sonar muy suavemente sus timbres para anunciar su existencia, no para avisar a los peatones de que van a ser inmediatamente arrollados e interpelados.

Sinceramente, muy bien por el tranvía (nota para los alcaldes y alcaldables: Ginebra es una ciudad eminentemente plana) y muy, muy bien por los ciclistas que, ante todo, respetan al peatón, sin hacerle sentir un objetivo militar cuando camina tranquilamente por las aceras.

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