Silenciosa y cubierta de polvo

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836 – Madrid 1870) escribió:

Del salón en el ángulo oscuro
de su dueño tal vez olvidada
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

No he tenido que consultar ninguna fuente en Internet, es que cuando yo estudié el Bachillerato (de los 11 a los 17 años) teníamos que aprender y memorizar algunas poesías; les puedo recitar de corrido aquéllo de Abenámar, Abenámar, moro de la morería … sin error; por cierto, “moro”, no árabe, pero eso ya lo dejaremos para otro día.

Pues al igual que el arpa de Bécquer, silenciosa y olvidada, parece que está una de las leyes más importantes relativa a la universidad que en este país se han dictado en los últimos años. Me refiero a la Ley de Reforma Universitaria, LRU (una de sus antecesoras, la Ley de Autonomía Universitaria, LAU, fue recibida con gritos de “La LAU no ens plau” por los estudiantes catalanes). Hoy, justamente, se cumplen treinta años de su entrada en vigor. Pero, a pesar de su importancia y relevancia, no he visto en los periódicos (aunque es bien cierto que no soy seguidor asiduo de estos catecismos) muchos comentarios recordándolo.

Por supuesto, con sus luces y sus sombras. Determinaba la importancia de los Departamentos universitarios definiéndolos como “órganos básicos encargados de organizar y desarrollar la investigación y las enseñanzas propias de su respectiva área de conocimiento” (Art. 8). Aunque citaba a las Facultades y Escuelas (Art.  9, “Las Facultades, Escuelas Técnicas Superiores y Escuelas Universitarias son los órganos encargados de la gestión administrativa y la organización de las enseñanzas universitarias conducentes a la obtención de títulos académicos.”), una universidad debería haber podido organizarse perfectamente sin estos órganos, lo cual nos hubiese ahorrado un buen dinero (en cargos académicos, los administrativos seguirían haciendo falta) y, especialmente, disgustos, muchos disgustos. A fin de cuentas, el papel del Decano quedaba prácticamente reducido a matricular a los alumnos y suministrar tiza y una pizarra y  fijar el sitio y la hora en que debía impartirse cada clase, visto qué es un Departamento. Pero muchos decanos utilizaron el puesto para enrocarse y dictar normas (con la aquiescencia de sus rectores) que hacían absolutamente inviables algunas actividades racionalizadas por los departamentos y que podrían, caso de no haber sido fagocitadas, haber ahorrado también mucho dinero. De hecho, se trataba de una universidad de departamentos, como bien se encargaban algunos de decirnos, aunque siguiendo el mandato evangélico – que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda – actuaban justamente al contrario.

La LRU integró en el Cuerpo de Catedráticos a los Profesores Agregados (Disp. transitoria 7ª), lo cual, personalmente, me benefició (gracias): yo era Profesor Agregado desde hacía casi dos años y la diferencia entre un Profesor Agregado y un Catedrático (las oposiciones para optar a ambos cuerpos eran idénticas) era únicamente una pequeña diferencia en los sueldos (no guardo las nóminas de entonces para poder compararlos) y que el Profesor Agregado no podía optar a Rector; como esto último nunca me ha interesado, no me ha afectado. Pero, al mismo tiempo, esa integración era en sus propios puestos, lo cual fue recurrido por algunos catedráticos (perdieron el recurso). Poco antes de la promulgación de la ley yo concursé a una plaza en la UIB, pero retiré la solicitud; las ucronías las dejo también para otro día.

La LRU resolvió (acertadamente o no) la situación de un buen número de profesores no numerarios, PNN, unos 30.000, de los que 8.000 concurrieron a las denominadas pruebas de idoneidad (aunque cierto Secretario General de cierta universidad se refería en algunos de sus discursos a los que las superaron como profesores idóneos, algo completamente absurdo) para acceder al cuerpo de Profesores Titulares (PTU). Para conseguirlo de manera más fácil, algunos accedieron a través de un área de conocimiento distinta a aquélla a la que provisionalmente estaban adscritos, pasando a ésta con posteroridad a las pruebas; a algunos esta vuelta a los orígenes tras el baipás les fue denegada.

¿Que ha sido de las personas que de una forma u otra se beneficiaron de estas medidas (hubo muchas otras)? Pues los que nunca habían dado palo al agua, pero estaban en el sitio oportuno en el momento adecuado, siguieron sin darlo, pero ahora sacando pecho y bajo palio; otros que venían trabajando dejaron de hacerlo una vez alcanzada la situación de funcionario y otros que venían trabajando siguieron haciéndolo, pero con la seguridad que la condición de funcionario suministra (aunque quizá debería decir suministraba).

La LRU, conectada con la autonomía universitaria, anulaba los concursos de traslado (de los que siguieron disfrutando los miembros de otros cuerpos de funcionarios), con lo que un Profesor Titular o un Catedrático que quiera trasladarse a otra universidad debe opositar para conseguirlo (habitualmente no lo conseguía, ahí surgió con fuerza la denominada endogamia).

Desgraciadamente, la LRU dio paso a la lamentable situación actual de contratación y promoción del profesorado. Los tribunales pasaron a denominare comisiones y las oposiciones pruebas o concursos, parece que así el asunto es menos traumático. Y paradojas como la que un amigo me comentó: para pasar de PNN a Profesor Titular según estas pruebas de idoneidad no se requería exponer ninguna lección; actualmente para pasar de Profesor Titular a Catedrático tampoco. Luego es posible que una persona alcance (o haya alcanzado) la condición de Catedrático de Universidad sin haber expuesto nunca de forma pública en un concurso (u oposición) una lección (sólo una) de las asignaturas que explica.

Otro día seguiremos con otros aspectos de  la LRU, que esto ya está quedando demasiado largo. Y con ampollas, seguro.

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