El alfiler

Hace unos días, al entrar en la cafetería de la Facultad, ví un brillo en el suelo. Poco importante; me fijé y era un alfiler. No un alfiler de la ropa, como en ciertas partes de Andalucía llaman a las pinzas de tender la ropa, sino un alfiler en el sentido más convencional: con su cabecita redondeada en un extremo y su punta muy afilada en el otro. Lo sorprendente es que a pesar de estar en un sitio público y medianamente transitado, siguiese brillando.

¿Por qué?, pensé, ¿por qué brilla, si debería estar sucio y no brillar? No sólo eso, sino ¿a quién se le puede haber caído? No es muy habitual, me parece, venir al trabajo con un alfiler por ahí, clavado o enganchado a la ropa y que se te caiga sin más ni más. Bueno, pensé, quizá alguien se ha comprado una camisa y para probarla, ha quitado la docena y media de alfileres que lleva y los ha clavado en la chaqueta para no dejarlos en cualquier sitio y pincharse después al sentarse. Pero tampoco es muy habitual, ¿verdad? Lo de clavárselos en la chaqueta, digo; incluso los modistos solían tener un acerico en la muñeca con una cinta metálica flexible (un fleje), para no ir dejando los alfileres por cualquier sitio.

Y si está aquí, no sólo ¿por qué?, sino ¿para qué? Porque no descarto que alguien lo haya dejado caer adrede con algún fin inconfesable. No sé. ¿Quizá una cámara oculta, para ver nuestra reacción al ver el alfiler? Visto lo que la gente inventa para los programas de TV, no me extrañaría, ¿verdad?

No sé, ¿me agacho a cogerlo? ¿Para qué quiero yo un alfiler? En su momento lo utilizaba para desatascar los “rotring”, pero ya no utilizo estas plumas para hacer dibujos, todo viene electrónicamente.

¿Y si al agacharme hay alguien cerca que, sin darme yo cuenta, aplica un campo magnético suficientemente fuerte y yo me veo corriendo a cuatro patas para coger el alfiler, que huye de mí al ser atraído por el imán? ¿Será parte de la cámara oculta?

En definitiva: ¿quién ha colocado el alfiler? ¿Para qué lo ha colocado ahí? ¿Para quién? ¿Es posible que algún enemigo mío lo haya puesto ahí para que sea yo quien haga el ridículo al agacharme y mofarse de mí?

Finalmente no me he agachado, he ninguneado al alfiler y he seguido mi camino a tomarme una horchata y charlar un poco con un amigo, pero no dejo de darle vueltas a la cabeza, a pesar del tiempo transcurrido, sobre las razones por las que ese alfiler estaba ahí (precisamente ahí), lo suficientemente brillante como para no pasar desapercibido y casi llamando “¡cógeme! ¡cógeme!”. Espero algún día saber la respuesta, pues esta duda me tiene en un sinvivir.

P.S.: Dedicado a esas personas que se consideran observadas por todo el mundo, al tiempo odiadas y admiradas, imprescindibles, que convierten lo casual en causal, pero que son incapaces de aceptar que el mundo seguirá girando a una velocidad aproximada de una vuelta al día sobre sí mismo sin ellas o con ellas, exactamente igual.

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