La pirámide del faraón

El faraón  Beov Atob esperaba poder continuar en su trono imperial algún tiempo más, pero notaba que su fin se aproximaba y que pronto iba a comenzar el largo viaje.

Así que decidió realizar alguna obra que le perpetuase en la memoria de sus súbditos y esclavos. La tradición así lo exigía, algunos de sus antecesores habían construído ciudades maravillosas, con templos enormes en los que trabajaban cientos de escribanos, físicos y científicos de toda índole, pero las últimas cosechas no habían sido buenas y el tesoro imperial estaba mermado, a pesar de los crecientes impuestos a sus súbditos.

Aún así encargó a sus sacerdotes y a sus sacerdotisas que analizasen las posibilidades de construir una pirámide en su memoria, advirtiéndoles de los problemas económicos con que se podrían encontrar. Su sacerdote encargado de la hacienda, Boju Vfu, le dijo que no se preocupase, desviaría algunos de los bienes destinados a pagar los salarios de los escribas y funcionarios del Imperio para poder construir una imponente pirámide para la memoria de su señor.

La Sacerdotisa Cibz Oru encontró la solución para la ubicación de la pirámide y con los fondos conseguidos por el encargado de la hacienda imperial (a costa de estrangular más a los súbditos y, por supuesto, aumentar hasta la extenuación las jornadas de trabajo de los esclavos) se comenzó la construcción de la pirámide.

Los trabajos avanzaban a buen ritmo, todos los súbditos trabajaban en, por y para la pirámide, cada uno en el campo de su especialización. Beov Atob notaba su progresivamente mayor debilidad, pero no quería ni pensar en que las fuerzas iban a flaquear en el último momento y no iba a poder ver terminada su obra; esta desagradable situación se había dado en algunas ocasiones, situaciones paradójicas en las que el nuevo faraón se había apropiado de la pirámide destinada a su predecesor, cuya memoria quedaba así olvidada para las siguientes generaciones.

Por eso, apremió a sus sacerdotes para que obligasen a los esclavos a doblar o incluso triplicar los turnos de trabajo hasta que, finalmente, la pirámide quedó terminada. Sólo faltaba ahora recubrir sus paredes exteriores con la piedra adecuada y característica para que a todas horas reflejase los rayos de Ra-Amón y las interiores con los panes de oro y las delicadísimas y finas pinturas que, embellecidas con joyas y preciosas descripciones, iban a dejar para las generaciones venideras constancia de todos los grandes éxitos del faraón, que no eran pocos, a juicio del propio faraón.

Se afanaron y así lo consiguieron, que con la nueva crecida del río la pirámide quedase terminada y fuese debidamente inaugurada, ocasión para la que el faraón invitó a los señores de los reinos vecinos para que pudiesen admirar su magna obra. Mayores glorias no se vieron en muchos años. Todos los visitantes venidos de más allá de los valles, desiertos  y montañas para presenciar la inauguración volvieron a sus tierras asombrados a más no poder por la magnificencia de la nueva construcción, especialmente por haberlo conseguido en una época no propicia para los dispendios y fastos.

Que así se escriba y así se cumpla.

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