La divulgación científica

¿Es necesaria? Creo que sí, pues podría terminar con el estereotipo del científico que se dedica a no se sabe qué. Mucha gente tiene la idea de que los científicos se dedican a cosas raras que en mucha ocasiones no sirven para nada. Y cuando le preguntan “Y eso, ¿para qué sirve?”, pues puede soltarle un discurso como “Se trata de diseñar un sistema predictivo del comportamiento ingenieril del manguito de retorno bajo condiciones no estacionarias, para evitar problemas de termofluencia dinámica y …”, a lo que el otro responde “¿qué tal les va a tus hijos en la carrera?”, poniendo así de manifiesto que ni se entera ni le interesa lo que el otro le está contando.

Pero para ser un buen divulgador científico hay que cumplir dos funciones: (1) ser un científico, saber de ciencia, saber de lo que se habla y (2) saber divulgarlo y explicarlo con palabras llanas, para que una persona con un intelecto medio pueda entenderlo. Conozco personas que son muy buenos científicos, pero son incapaces de transmitir una idea clara de su trabajo (lo cual no significa que todos aquéllos que no saben transmitir una idea clara de su trabajo sean buenos científicos), así como algunos ignorantes que te venden una idea “genial” y absurda a  la mínima. Lo difícil es cumplir ambos requisitos a la vez.

Y lo malo es la génesis explosiva de divulgadores que ha aparecido últimamente. Todo el mundo sirve para divulgar la ciencia, su ciencia. ¿Saben probablemente por qué? Pues porque divulgar da puntos. Si usted no sabe hacer la “O” con un canuto y tampoco sabe explicar por qué las cosas caen hacia abajo y no hacia arriba, no importa; apúntese usted como divulgador en cualquiera de las campañas que las instituciones montan, como La Semana de la Ciencia, o las Jornadas de Puertas Abiertas; nadie le examinará, nadie se preocupará de comprobar a priori si lo que va a contar usted vale la pena y se entiende. Lo importante es que su simple y llana participación en este tipo de eventos le permitirá, por una parte, justificar horas y horas de preparar la documentación (bajándola de Internet, por favor, faltaría más) y, sobre todo, le proporcionará puntos para su próxima evaluación docente.

Absurdo, ¿verdad? El que usted le cuente a un grupo de gente ajena a la universidad como entiende usted que funciona un motor de explosión interna y que usted está, por ejemplo, “diseñando un sistema predictivo del comportamiento ingenieril del manguito de retorno bajo condiciones no estacionarias, para evitar problemas de termofluencia dinámica”, le permitirá acumular puntos para demostrar que usted es un buen docente. Por supuesto, da igual que usted cumpla simplemente con un par de horas semanales durante un cuatrimestre, o que utilice transparencias coetáneas de los manuscritos del Mar Muerto; da lo mismo que, si usted explica Química, lo más moderno que explica sea el concepto de ácidos y bases de Brönsted (por ejemplo); o que usted no atienda a los alumnos en las tutorías o que cuando le preguntan algo en clase y usted no sabe la respuesta les responda lo primero que se le ocurra (habitualmente erróneo); no, eso no importa. Usted recibirá una buena calificación docente si acumula puntos y puntitos (como los del caldo Maggi o del supermercado de la esquina) con actividades como la mencionada.

Además, usted se sentirá realizado e incluso es posible que este tipo de participación sea recogido en los medios locales; usted sale en la foto y en el Casino de su pueblo lo recibirán con un aplauso y algunos comentarán que le han visto en la tele regional (si es que el gobierno de turno no la ha cerrado).

Y entre esta actividad y la participación esporádica en algún congreso (nacional, que eso de hablar y entender inglés es excesivo) ya ha completado su función. Enhorabuena.

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2 respuestas a La divulgación científica

  1. Pingback: ¿Divulgación? Sí, ¿Torpezas? Las mínimas | Rick2sam's Blog

  2. marovi dijo:

    También es un “buen divulgador científico” aquel que presenta uno, otro, y otro año (así durante sus 30 ó 40 años de docencia) las mismas diapositivas, a las que sólo añade correcciones ortográficas. Las mismas diapositivas que sólo tiene que molestarse en leer y luego subir a la plataforma para que todo el alumnado se las descargue. Aquel que se enfada cuando ve que los alumnos disponen antes de tiempo de las diapositivas, de los exámenes de cursos anteriores o de los ejercicios corregidos (porque se los han dejado los alumnos del año anterior). Aquel que no se involucra en la enseñanza más allá de leer con tono monótono y disimulando un poco sus vistazos a lo que aparece en la pantalla. El mismo que pide interés por su asignatura y demanda más horas de estudio y de trabajo personal, cuando es él el primero que parece aborrecer lo que está contando. Un buen docente es aquel que prefiere dar un seminario (según la ley no superior a 30 alumnos) a 50, que tener que repetir dos días lo mismo, aunque el objetivo de éstos sea acercar el profesor a los alumnos. Un buen docente es aquel que se va orgulloso a casa porque todos sus alumnos han sacado notas espléndidas, cuando a lo mejor lo único que han hecho sus alumnos es memorizar las diapositivas al dedillo y plasmarlo en el examen, sin realmente haber asimilado o digerido todo el contenido de las mismas.
    Lo mejor de todo es que a nadie parece importarle dónde acabará todo esto, siempre su cuenta del banco siga aumentado cada mes.
    Esos son los buenos docentes. Y este es el gran sistema educativo.

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