Ahí llega

Llevaba algún tiempo sin verla; habían decidido darse unos días de descanso uno del otro (suspensión temporal de la convivencia) y ella aprovechó la oferta de la empresa en donde
trabajaba para realizar un cursillo bastante largo en otra ciudad y así, de repente, casi sin avisar, pensat i fet, como dicen en Valencia, se fue.

Se dieron cuenta que no podían pasar el uno sin el otro, así que le anunció su regreso, por lo que él se llegó hasta el aeropuerto para recogerla. Como es natural, el vuelo llegaba con retraso, pero finalmente pudo ver en las pantallas que ya había aterrizado. Mientras la esperaba a las puertas de la sala de recogida del equipaje, tras el control de aduanas, entrecerró los ojos y dejó escapar libremente su imaginación. Siempre le sorprendía su capacidad camaleónica para cambiar completamente de look en un plis plas y más ahora tras un periodo tan largo en un país nórdico. ¿Cómo iba a ser ahora? Rubia, sí, rubia, pero sin llegar al extremo platino, con una melena lisa y unos ligeros rizos en las puntas, nada,
pantén total, sólo un toque, pues si estaba el pelo excesivamente lacio le daba un aspecto triste. Por supuesto, ninguna horterada de mechas californianas, eso descartado. Un vestido negro, con falda de tubo ligeramente por encima de la rodilla y escote palabra de honor; manga francesa. Ya se sabe de las descompensaciones térmicas que hay en un aeropuerto, así que sobre su brazo descansaría ese abrigo ligero, de un color blanco roto que tan bien le quedaba. Por supuesto, zapatos con tacones de vértigo, pero sin plataforma, ya era de por sí suficientemente alta como para tener que recurrir a esos artilugios. Con la otra mano tiraría de una pequeña maleta aceptable en la cabina del avión, de ese color rojo intenso, casi flamenco, que tan bien combinaba con el vestido negro. Sus mejillas ligeramente arreboladas, claro. Por supuesto, notaría un ligerísimo olor a Chanel número 5, que muy probablemente se habría echado detrás de
las orejas justo antes de aterrizar.

Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que ya había salido;
simplemente no la vio y no supo de su presencia hasta que notó un ligero toque en su brazo derecho y una voz conocida que le decía “¿No me dices nada?” Abrió los ojos y ahí estaba, pero … ¿era ella? Sí, no cabía duda, era su voz, pero … ¿ERA ELLA? El pelo no era rubio, no, seguía siendo negro como ala de cuervo y quizá debido al largo viaje no flotaba alegremente, desafiando las leyes de la gravedad, sino que caía liso, lacio y extremadamente sucio, grasiento, sobre sus hombros, donde destacaban, bajo la fría luz de los fluorescentes aeroportuarios, diminutas y abundantes particulitas de caspa. También blancas eran las prominentes raíces de su cabello y sus mejillas, lívidas y faltas de todo arrebol. El vestido negro había sido sustituido por un jersey de cuello vuelto de unos dos dedos de grosor, desbocado, sobre el que llevaba un abrigo del tamaño de los que usaban Enrique VIII o Gengis Kan. Por debajo unos leotardos negros más gruesos de lo que las normas de la lógica demandaban. Y como plataforma no  unos gráciles manolos de tafilete, sino unas botas que parecían más adecuadas para escalar el Himalaya, pero en absoluto para pasear por Baqueira con la jet. Y no, no tiraba de la grácil maletita roja, sino de una sucia, rozada, desgastada y casi harapienta bolsa que le habían regalado una vez en el supermercado y en la que aun se veían los restos del logo del mismo. “Perdona, no te había visto. Estoy cansado, ¿sabes?, llevo una semana madrugando mucho para cerrar el ejercicio en la empresa y acostándome a las tantas” Muás, muás. “¿Que tal el vuelo?”. Y no, no era precisamente Chanel número 5 lo que pudo oler cuando se acercó a darle el beso.

Amablemente cogió la maleta, ella se colgó de su brazo y así se dirigieron hacia el aparcamiento.

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