De teatro

Este fin de semana estuve con un amigo que se dedica a la cosa de la farándula. Estaba el hombre un poco desesperado por el fracaso de su último intento profesional. Verán.

Resulta que se le ocurrió estrenar una obra de teatro; lógico, si se dedica a esto, ¿no? Eligió cuidadosamente la obra, en colaboración con varios amigos preparó una versión actualizada, dándole varias vueltas hasta que todos quedaron contentos con el resultado. Escogió el vestuario, las luces, los decorados, … en fin, todo lo que hace falta (me imagino) para una aventura como ésta.

Le faltaba la selección de los actores. Pensó en principio en dirigirse sin más a aquéllos que conocía personalmente y que, quizá por corazonada o porque los conocía bien, podían dar mejor resultado en el escenario. Pero un amigo le dijo que ni se le ocurriese, se le iba a echar encima y con aspavientos una asociación de actores que estaba muy activa en tratar de conseguir que todos tuviesen las mismas oportunidades de actuar.

Lo consultó con otros amigos y se resignó, pero no le quedó más remedio. Así que se dirigió a dicha asociación, hizo a sus responsables partícipes de la historia y se puso en marcha el mecanismo: remisión de formularios a los afiliados a la asociación, para que indicasen su predisponibilidad a participar.

Al poco comenzaron a llegar las respuestas. Variopintas, claro. Unos aceptaban, otros decían que no, por diversas razones: que si estoy rodando una telenovela, que si me conformo con unos spots que tengo en marcha, que si ya estoy en otra obra y no me quiero meter en más charcos, … Bueno, tenía los actores, tenía la obra, lo tenía todo, así que comenzaron a ensayar. Ya en ese momento comenzaron algunos problemillas, pues algunos de los autores llegaban tarde a los ensayos, no se habían estudiado los diálogos, se equivocaban al entrar o salir del escenario, pero, vamos, no hay problema, que entre todos podemos. Y llegó la noche del estreno.

Un desastre. Un verdadero desastre. Y así sigue, en cartel porque ha conseguido una subvención para mantenerla, pero no porque la taquilla se lo permita. Pues ocurre lo siguiente: En primer lugar, asiste muy poco público. Siempre tiene un par de filas de extranjeros que no se enteran de nada por su falta de conocimiento de la idiosincrasia nacional (la obra quizá peque de costumbrista). Y de público nacional tiene poco; hasta se ha enterado que algunos de sus amigos asisten asiduamente a otras obras y se hacen los remolones para ir , aunque sea por compromiso, a ver la suya.

Y decidió investigar las razones, preguntando a los propios espectadores a la salida del teatro y asistiendo de incógnito a alguna representación. Se le cayó el alma a los pies: como él se temía, los mismos actores que habían estado fallando en los ensayos, habían conseguido el más difícil todavía, con diálogos absurdos, entradas equivocadas, falta de coordinación en los diálogos; incluso alguno no concurría a la representación y sobre la marcha había que improvisar nuevos diálogos y situaciones. Naturalmente estos espectadores que salían horrorizados del teatro lo comentaban con sus amigos y cada vez eran menos los asistentes.

Desesperado, se dirigió a la asociación que, en definitiva, era la que le había proporcionado a tan selecto plantel de artistas y ahí ya fue el acabóse: no, no podían hacer nada, esos actores cumplían todos los requisitos para particiar en la obra y lo que él exponía como quejas no eran más que manías y obsesiones, incluso persecuciones a alguno de estos actores. Así que se tuvo que aguantar y ver como su querida, su mimada obra, se diluía en la cartelera cada noche sin aportar absolutamente nada al mundo teatral.

P.S.: ¿Todos los requisitos? Quizá pagasen religiosamente las cuotas de afiliación a la asociación de actores; quizá llevasen bien visible en la solapa el pin justificativo de pertenecer a la misma, quizá hasta salían en las fotos de las celebraciones del mundillo. Pero les faltaba lo más importante: profesionalidad, compromiso y vergüenza torera. Y les sobraba caradura y desfachatez.

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