Las almenas

Si ustedes, en sus paseos por la ciudad de Salamanca, llegan a la calle de los Libreros, podrán observar, a ambos lados de la monumental fachada de la rana (que en realidad dicen que es un sapo) una serie de almenas piramidales. No es un elemento decorativo gratuito, pues, según los historiadores, estas almenas, construidas enntre 1442 y 1452, delimitan la jurisdicción propia de la institución. De hecho, un fuero especial sometía en aquellos años  a los estudiantes y profesores a la jurisdicción propia y privativa de la universidad (aunque intervenida por la Iglesia, para no variar), lo que les protegía en caso de conflicto con las autoridades locales. La actual Casa de las Conchas era por entonces prisión para los estudiantes y esta jurisdicción propia fue anulada durante la dominación napoleónica (queda más fino que decir francesa, supongo).

¿Qué les parece? El personal de la universidad (o no había, cosa que dudo, personal de Administracion y Servicios, o no les amparaba dicho fuero o se han olvidado de ellos) gozaba de una jurisdicción particular aun dentro de la ciudad. ¿Era bueno o malo? No sé, habría que ver las razones para que existiese y cómo se desenvolvía, pero creo que una jurisdicción única tiene mucha más lógica, para dirimir problemas que afectasen a los miembros de la universidad con el resto de la población.

¿Y para el caso de problemas dentro de la institución? Pues sigo sin saber, la verdad. De hecho, algo parecido existe hoy en día, con la figura de El Defensor del  Universitario o las Comisiones de Reclamaciones, pero sólo hasta ahí. Entonces la pregunta sería: ¿Es bueno o no que la jurisdicción ordinaria intervenga en problemas del ámbito exclusivo de la universidad? Pues creo que sí, cuando la universidad, con sus mecanismos, comisiones, defensores y demás, se haya demostrado incapaz de resolverlo por sí sola. ¿Es entonces lógico recurrir a los jueces ordinarios a las primeras de cambio? Pues quizá no.

Y precisamente esa premura en recurrir a la justicia ordinaria cuando aun no se han agotado las vías del entendimiento y la concordia intramuros, ese gatillo fácil para redactar y meter escritos, creo que es otro de los males que arrastra esta institución. Pues esa jurisdicción ordinaria no suele entrar en el fondo del asunto (que es habitualmente lo que se quiere resolver), sino que simplemente decide sobre la procedencia o no de lo actuado por quien sea y, en caso negativo, obliga a retrotraer las actuaciones al momento en que considera que comenzaron a hacerse mal las cosas. Y, como dicen los castellanos, vuelta la burra al trigo, es, a veces, el cuento de empezar y nunca acabar.

Son, precisamente, esos eternos recurrentes, con una concepción muy particular de qué es democracia (ellos deciden quiénes pueden votar y quiénes no, ellos deciden qué se ha de votar y qué no, ellos deciden cuándo se ha de votar y cuándo no, etc.) los que emponzoñan la institución, los que ralentizan el trabajo de todos, los que crean inquina y, como el corcho, tienen la eterna virtud de quedar por encima, de quedar como los salvaguardas de la honestidad, la pureza del procedimiento y la objetividad. E incluso se lo creen.

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