La coercividad

No, no se asusten; no es una enfermedad rara, no es un nuevo partido político, no, no es un aditivo alimentario; no es siquiera un nuevo programa de televisión. Referido a un material ferromagnético es la intensidad del campo magnético que se debe aplicar a ese material para reducir su magnetización a cero tras haber sido magnetizado hasta saturación (¡toma ya!). Para entendernos: si usted tiene varios soldaditos, algunos de los cuales han comenzado a formar y otros no lo han hecho; usted les manda aquéllo tan marcial de “¡Fiiiiirmes! ¡Ar!” y todos se ponen firmes; ya los tiene a todos “magnetizados a saturación”. Ahora quiere que se desordenen completamente y lo hace al grito de “Rompan … ¡filas!” y tiene que repetirlo hasta que ni una sola pareja queda en posición de firmes. Pues bien, el esfuerzo que usted ha tenido que hacer para desordenarlos completamente sería equivalente a esa coercividad o fuerza coerciva.

¿Y qué? Pues que esa presión sobre los otros, esa especie de “amenaza”, esa coacción que condiciona su comportamiento futuro está mucho más presente entre nosotros de lo que usted cree. No, no es que a usted lo castiguen por algo que no ha hecho (sólo faltaría eso, ¿no?), pero puede que “alguien” no pare de dar voces y amenace al vacío sobre lo que hará si no se siguen sus directrices y, por consiguiente, no consigue lo que quiere. No sé a ustedes, pero a mí me recuerda la actitud de los camisas pardas, los miembros de las SA, SturmAbteilung o Secciones de Asalto, que atemorizaron, especialmente a la población judía en Alemania, hasta 1934, cuando fueron prácticamente disueltos tras la Noche de los cuchillos largos.

Puede usted ver actuar a las versiones actualizadas y sibilinas de estos fascistas (pues eso son, no otra cosa) en numerosos comités y reuniones, donde alzando la voz y ejerciendo una manifiesta presión, tratando de convencer uno a uno a los miembros de dicha comisión, gritando y tergiversando la realidad (tras comprobar que hacerlo a través del victimismo no les ha funcionado), mintiendo palmariamente, terminan por salirse con la suya. Por una parte, siempre hay gratuitos émulos de Martin Niemöller que creen que la cosa no va con ellos; por otra parte, estos fascistas se aprovechan (porque tontos no suelen ser) de la educación y hastío de los otros, seguros de que no les responderán con sus propias armas y ¿argumentos?.

Y así, sólo así, consiguen sus éxitos. Porque una vez logrados, la sonrisa les coge de oreja a oreja, hasta te invitan a café, pero siempre y cuando no oses recordarles el asunto y cómo han conseguido salirse con la suya. Sus fauces no serán inocuas en tal caso.

Vale; “presuntos”.

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