El jefe

El sistema político imperante en Europa occidental en la Edad Media (no toda ella) fue el feudalismo. La relación entre el señor y el vasallo tenía sus particularidades; ambos hombres libres, se  intercambiaban apoyos mútuos. Quizá ustedes recuerden alguna película sobre la época en la que, al ser atacados, los vasallos que vivían alrededor del castillo, hogar del señor y representación del poder, corrían a protegerse en el mismo y el señor, con sus soldados, debía defenderlos.

¿Ha cambiado algo? Por supuesto que sí, aunque hay gente para la que no ha cambiado, tanto señores como vasallos. Vamos a la universidad. Hasta hace algunos años (creo que lo he contado anteriormente) las guerras entre escuelas de investigación de distintas universidades se dirimían en dos frentes: las oposiciones y los congresos. En éstos, cuando exponía un trabajo un miembro del clan A, era inmediantmente interpelado por varios miembros del clan B. Evidentemente eso requería el conocimiento de la ciencia (si era el caso) por todos ellos. Me parece que la progresiva incorporación de presentaciones en carteles, disminuyendo las presentaciones orales, en los congresos, ha quitado morbo al asunto, al tiempo  que ha permitido presentar muchas inanidades en los congresos (ya saben, el guardián del póster se hace el loco si ve que alguien, jefe especialmente, se acerca a su póster con cara de interés).

Por supuesto, si en el congreso se encontraba el califa del clan A, los del clan B se guardaban muy mucho de ponerse exquisitos en sus preguntas, por lo que con su sola presencia ese califa actuaba como los señores feudales, protegiendo a sus vasallos del ataque de los contrincantes. En cierta ocasión, al no encontrarse presente en el congreso el califa del clan A, uno de los miembros de éste comenzó su comunicación con una foto suya con su jefe, diciendo “este señor es mi jefe”; simplemente identificó a cada uno y marcó perfectamente su territorio (nadie puso en duda la banalidad científica que presentó).

¿Y hoy? Pues lo mismo, pero las identidades de las escuelas de investigación se han diluido y ya no existen esos encuentros dialécticos en muchos congresos (bueno, hace unos cuatro años asistí a uno, pero era más por el empecinamiento de la oradora en defender posiciones absolutamente absurdas desde el punto de vista científico, frente a algunos compañeros más entendidos que ella en la materia).

Pero hay algunos vasallos que aun consideran que deben ser protegidos por su señor. ¿Cómo? Muy sencillo: incluyen el nombre de éste entre los autores de los artículos que remiten para su publicación. Puede, por supuesto, considerarse un simple acto de pleitesía, reconocimiento de su propia inoperatividad y la necesidad de que ese otro aparezca ahí, como diciendo “si sólo aparece mi nombre, como soy un don nadie, ya estarán los evaluadores predispuestos a rechazarlo, pero si aparece el nombre de mi jefe, seguro que lo aceptan”.

O puede ser que el señor, el jefe, siga ejerciendo de tal, sin darse cuenta que las cosas cambian y no puede exigir un mal entendido derecho de pernada sobre todo lo que se produce en su entorno.

¿Qué hace el señor? Por supuesto, renunciar a ser incluido en la lista de autores. A menos que, efectivamente, crea que sigue en la época feudal, tocado por el dedo divino y con derecho a dejar su “recuerdo” en todas las esquinas posibles. Quizá esto último agrade más a algunos de sus súbditos y así todos contentos.

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