El mundo es de los emprendedores

Que es así lo sabemos desde hace mucho tiempo, no hace falta que nos vengan los inventores de neologismos (¿emprendedurismo?) y abusones de circunloquios y perífrasis para no llamar a las cosas por su nombre. Lo que ocurre es que los emprendedores creo que nunca dejarán de sorprendernos.

Ustedes habrán visto a algunos chinos que se dedican a abordarnos por la calle o en las terrazas ofreciéndonos que les compremos una rosa roja; lo hacen especialmente dirigiéndose al varón de la pareja heterosexual abordada (¿les parece suficientemente correcto? Pues sigamos).

Hace un par de años estaba yo visitando en Madrid un museo. Era en primavera y al salir se desató un “chubasco tormentoso” tan intenso como inesperado. ¿Qué ocurrió? Pues que no sé de dónde, pero empezaron a aparecer por todos lados algunas personas con rasgos andinos vendiendo paraguas a tres euros la unidad.

(NOTA: la mención a la muy probable ubicación de origen de estos emprendedores se hace únicamente a efectos informativos; lo digo para que no me tachen de xenófobo o racista).

Pero es que no acaba aquí y lo que pude presenciar hace unos días ya me pareció un paso (de gigante) en el negocio del emprendedor, simplemente facilitando a un cliente lo que éste en ese momento necesita ¿Que quiere usted alegrar a su acompañante? Una rosa; ¿que se ha puesto a llover? Un paraguas. Pues bien; como les decía, hace unos días estaba yo disfrutando de los desfiles procesionales, llenos y ahítos de devoción y recogimiento, penitenciando con los penitentes más recalcitrantes. Para éstos la penitencia era caminar durante ocho o diez horas a paso cansino por motivos que ellos conocen, aguantando a miríadas de niños que les acosaban con una petición “¡un caramelo, dame un caramelo!”. Para mí la penitencia era aguantar estoicamente de pie durante una hora y media o dos horas (les juro que no exagero) el paso de dichos penitentes con sus Pasos y sus cirios, sus cruces, su cucurucho, su madre, novia o hermana dándoles un bocadillo de mortadela o un botellín de agua, al tiempo que les ponían al día, supongo, de todos los chismes sobre los que recibían información telefónica.

Pues bien, la sorpresa fue cuando veo a un chino ( a mí me lo pareció por sus facciones y, repito, utilizo este sustantivo exclusivamente a efectos identificativos del posible lugar de origen), cargado con una enorme bolsa de rafia, caminando sin recogimiento, ni devoción ni, probabemente, respeto, a lo largo del desfile procesional, al tiempo que exclamaba “¡sillas! ¡vendo sillas!” ¿Se dan cuenta? ¡SILLAS! Bueno, en realidad, taburetes plegables de tres patas que plegados ocupan un volumen mínimo, pero que desplegados te permiten apoyar tus posaderas y descansar del verdadero suplicio por el que tú, en principio simple espectador del hecho turístico, estás sufriendo. De hecho era mucha la gente que estaba utilizando ya esas sillas (compradas al chino o traídas de sus casa, no lo sé), pero estarán de acuerdo conmigo en que el tal emprendedor había encontrado su “nicho” comercial: nada de eso de dar al César lo que es del César, sino dar al cliente lo que éste en un momento determinado necesita, en este caso una silla. ¡BIEN POR EL CHINO!

P.S. Hay otro tipo de “emprendedurismo” más cutre: finales de los años 50, principio de los 60 del pasado siglo. Se celebra una corrida de toros y no quedan entradas; la reventa inalcanzable. Un “emprendedor” se hace con una barra de hielo y entra a empujones en la plaza “¡paso, dejen paso, por favor!” Nadie le detiene, pues los porteros creen que lleva hielo para enfriar los botellines de cerveza metidos en un cubo de zinc en algún palco. Una vez dentro, deja caer la barra de hielo por debajo de las gradas, se seca las manos y se sienta cómodamente a ver la corrida. Así me lo contaron personas en las que confío plenamente.

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