Santa Bárbara (segunda parte)

Hace ya casi tres años escribía yo aquí sobre Santa Bárbara, esa émula del santo Job a la que recurrimos para que nos resuelva nuestros problemas, muchas veces fruto de nuestra ignorancia o de nuestra soberbia y, una vez resueltos, si te he visto no me acuerdo e incluso nos autoconvencemos de que los hemos resuelto por nosotros mismos.

Santa Bárbara ha identificado ahora un segundo tipo de devotos. Por supuesto, siguen recurriendo a ella cuando tienen un problema muy, muy gordo, pero son, al menos aparentemente, lo suficientemente inteligentes como para resolver por sí mismos problemas más livianos. Al igual que sus devotos clásicos, a veces no plantean a Santa Bárbara todas las circunstancias del problema, por lo que ésta no puede dar la mejor opción, pero ¿quién es capaz de resolver un problema con insuficientes datos? Sí, esa persona en la que usted está pensando, pero ¿alguien más?

¿Qué hace peculiar a esta legión de devotos? Pues que mientras están entretenidos actualizando su colección de sellos, o mirando el catálogo de Ikea, u ordenando sus CDs, no recurren a la Santa. Pero cuando terminan estos quehaceres domésticos comienzan a aburrirse y ¿qué hacen? Pues llamar a Santa Bárbara para charlar, pasar el rato, mantener el contacto por si surgiera un problema gordo y hubiera que recurrir a ella; en fin, naderías.

Pero en ese momento Santa Bárbara esta ocupada: tiñéndose las raíces, actualizando su colección de sellos, mirando el catálogo de Ikea u ordenando sus CDs y no le hace el mínimo caso a su devoto, con lo que éste se mosquea o hasta se cabrea, porque Santa Bárbara pasa de él, no le hace caso y contesta con monosílabos.

Y cuando comienza el mosqueo, Santa Bárbara, que está de vuelta de casi todo, se lo toma a risa, con lo que consigue que el devoto se encienda más y más, lo que era un simple enfado comienza a adquirir galones, subiendo en el escalafón hasta que ¡zas! explota y lanza improperios a la Santa. La cual sigue pasando del devoto (o eso cree éste) mientras sigue clickando una tras otras las páginas del catálogo de Ikea o sigue con la lista alfabética de los CDs.

Pero no se preocupen, la sangre no llega al río; el devoto termina por echar humo por las orejas, rezumando bilis almacenada y promete y se promete olvidarse de Santa Bárbara para los restos. La Santa, cuando la conversación termina con algo así (por parte del devoto) como “¡te aborrezco!” o frases lapidarias varias, pues recoge los CDs y los guarda en su correspondiente estantería, echa un nuevo vistazo a los maravillosos sellos que ha conseguido últimamente y, llena de bondad y templaza, se arrebuja en el sofá y mira su cuaderno de citas, a ver cuándo le toca apagar el siguiente incendio.

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