Los gastos de representación

Como ustedes quizá sepan, reciben este nombre aquéllos dirigidos a aumentar la visibilización (perdonen) de la institución. No sé si ha quedado claro, pero los ejemplos ayudarán. Si usted va como representante institucional a visitar, por ejemplo, al presidente de la República de Kedirán y le lleva una copia en facsímil de El Libro del Buen Amor (o de la Biblia, o de los Tratados de Tordesillas, …), el gasto que esa copia representa es un gasto de representación. Si el embajador de Kedirán viene por aquí porque, por ejemplo, su hija se gradúa en la Facultad de  Paradossinfuturo y usted, por razón de su cargo, lo invita a comer y le regala una estatuíta que representa a la famosa rana universitaria, ese gasto (comidas de ambos y estatuíta) es un gasto de representación. Ya les queda claro, espero.

Es decir, que la empresa (o la institución para la que usted trabaja) corre con esos gastos, usted es simplemente un transportador del bien que se regala (o beneficiado de la comida). Sin embargo, creo que en ciertas circunstancias el gasto de representación debería correr a cargo no de la empresa, sino de ese transportador o representador. Imaginen, por ejemplo, un acto público en su institución, de homenaje a un visitante extranjero. En dicho acto aparecen próceres varios, más anchos que altos, que, como vulgarmente se dice, no les cabe un piñón por el culo, cuya única razón de estar en ese acto es, simplemente, adornar y hacer ver el interés de la institución en ese visitante extranjero. Aparecen con toda la cola desplegada, como un pavo real en plena parada nupcial. Se hacen fotos con el invitado, hasta un selfie, que después enmarcan y adorna la mesa de su despacho. ¿Debe la empresa correr con los gastos asociados? ¿O, por el contrario, son esos próceres que luego presumen de haberle dado la mano al visitante extranjero (vean ustedes mismos) o simplemente haber estado con él, aunque sea coincidiendo en los servicios y poco más, los que deben soportar los gastos?

En esas denominadas fotos de familia en las que aparecen todos estos próceres (cumbre europea, asistentes a un congreso, etc.), siempre hay alguien que aparece con un vestido de color rojo clavel reventón o, qué se yo, con un sombrero de tres picos que, aparte de sentarle como el culo, tiene como única misión que su portador (o portadora) sea visibilizado inmediatamente. Pues los gastos asociados no debería pagarlos la empresa, sino el beneficiado de ese ataque al buen gusto.

En otras palabras, que cuando resultas beneficiado por una representación, no hay motivo para que tu empresa corra con tus gastos: si algo vas a sacar de todo esto, págalo. Y si no eres de este tipo y te molesta sobremanera asistir, aunque sea sin pagar, a esos actos, no debes dejar de hacerlo, aunque también tienes una solución: dimite. Pues participar en y aguantar estos actos (aunque sean un coñazo, como los desfiles militares, según alguien dijo) va en el sueldo.

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