La cena de hermandad

Inicialmente podrían ustedes pensar que me estoy refiriendo a cenas organizadas por las cofradías o hermandades religiosas diseminadas por nuestra geografía. Pero no, no me refiero exclusivamente a esas hermandades y las cenas o comidas que puedan organizar.

Pues el término de hermandad o cofradía se puede referir a un grupo de personas unidas para un fin determinado; incluso se podría aceptar su paralelismo con gremio. Y estirando un poco más el significado, quizá también podemos designar, en sentido laso, como gremio, hermandad o cofradía, al conjunto de personas que trabajan juntos o en la misma empresa. Suele ser habitual (o lo era, antes de la crisis) que estos empleados se reuniesen en una cena de hermandad poco antes de las vacaciones navideñas; o bien antes del periodo estival, o bien porque sí. Serían cenas de hermandad aunque podían terminar como el rosario de la aurora o mucho peor, pero eso ya va en la forma de ser de cada uno.

Pero, ¿es necesario que nos inviten (eufemismo) para ir a cenar con otras personas con las que habitualmente compartimos horario y centro de trabajo o amistad? ¿Es precisa esa diversión a plazo fijo? ¿O puedo ir yo a cenar con los compañeros que yo elija cuando nos dé la gana a nosotros? Es evidente que habrá que buscar una fecha que venga bien a las personas que deseen ir a cenar, pero ¿me pueden invitar (eufemismo de nuevo), repito, a ir a cenar con toda la troupe, incluidas personas que me caen como el culo? Como dice un buen amigo mío, tengo que seleccionar a que reuniones asisto, para evitar vomitar en algunos casos. Es cierto que en algunas ocasiones, por ejemplo, cuando ocupas algún cargo relacionado con ese gremio, no te queda más remedio que tragarte el sapo y asistir. Pero en caso contrario no: tú tienes todo tu derecho a ir a comer con quien quieras y cuando quieras; y si quieres ir a comer con dos, tres, cuatro, … compañeros o amigos por la razón que sea (“porque hoy es hoy”, como decían en un anuncio televisivo), pues vas y ya está; no tienes que ir en manada y tener que aguantar carros y carretas, miradas, codazos y aires de superioridad.

Y si no vas a esa cena de hermandad dedicada a algunos colegas (con los que que te apetece cenar), pues no pasa nada; ellos te conocen, conocen tu forma de pensar y seguramente “os echaréis unas risas” mucho más sinceras cualquier otro día cenando de forma más distendida y simpática en petit comité. Y si los demás no te entienden, pues no pasa nada; tampoco entienden ni saben nada de su trabajo y ahí los tienes, encima fardando.

Y el contrapunto: a pesar de todo esto y en aras a disminuir las discusiones y mantener la hipocresía en sus justos niveles, a veces hay que coger el sapo, marcarlo en una sartén caliente con unas gotas de aceite de oliva, vuelta y vuelta, aderezarlo con vinagre de Módena, unas hojas de rúcula y un poco de sal y, acompañado de un buen vino blanco, tragarlo, deglutirlo directamente sin masticarlo. Y hasta la próxima.

Aunque no hay que abusar del contrapunto.

P.S.: Dado donde estamos, está usted autorizado a cambiar el sapo por una rana.

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