La tómbola

Aquel pueblo estaba lleno de gente rara, sin duda. Era pequeño, pero como todo pueblo tenía sus fiestas patronales, a mediados del mes de Agosto, cuando por las noches ya refresca. Eran épocas en las que la falta de televisores, de comunicaciones sencillas, llevaba a todo su esplendor a los feriantes, de pueblo en  pueblo, alegrando la vida, especialmente de los más pequeños. Aquel día llegaban; una verdadera serpiente multicolor, con sus furgones, remolques y caravanas; se podía adivinar el tren de la bruja, el tiovivo, los coches chocones, …  y la tómbola; quizá, en aquella economía tan precaria y gris, una de las atracciones más ilusionantes.

Tanto es así que, siguiendo con sus rarezas,  ni la Corporación Municipal, ni el Concejal de Festejos, ni siquiera el cura párroco, eran los encargados de elegir y designar a la Madrina de las Fiestas; tal elección la hacía el Segis, el dueño de la tómbola. Mientras los demás feriantes andaban entretenidos apretando tuercas y repintando toldos, las candidatas a Madrina se  anotaban en la tómbola y justo la noche anterior al inicio oficial de las fiestas, el Segis extraía de una bolsa de fieltro, entre numerosos papelitos en los que estaban escritos los nombres de las candidatas, el de la afortunada. Y ésta era in situ nombrada Madrina de las  Fiestas, vestida por las comadres con unos ropajes clásicos y ejercía su mandato hasta San Bartolomé, casi diez días después, día en el que acababan las Fiestas.

Pero la progresiva despoblación, la emigración a las ciudades, más ricas con industria, a la costa, con el turismo y demás, hacía cada vez más difícil la elección de la Madrina, pues cada vez había menos candidatas. Ya se había dado el caso de que alguna repitiese en dos años consecutivos, pero no estaba eso dentro de los cánones no escritos del pueblo. Hasta que llegó un año en el que hubo una única candidata; vamos a llamarla María. El Segis se sorprendió cuando vio que sólo tenía un papel que echar en la desvaída bolsa de fieltro de la que extrajo, cómo no, el papelito con el nombre; “¡María!”, anunció alborozado, tratando de animar un poco el acto. Y la susodicha cumplió con el ritual: recibió los aplausos y parabienes del Alcalde, la vistieron con esos ropajes (ya completamente desfasados, ni monjiles se les podía designar) y fue la Madrina indiscutible durante esos días. Ella hubiese preferido que la llamasen “Reina” de las Fiestas, pero el Sr. Alcalde se negó, pues, muy listo él, se dió cuenta enseguida que la María no era de ley: como un pavo real, no hacía más que pasearse por la Feria, sin montarse en ninguno de los cacharritos, no fuese a estropearse su “maravilloso” ropaje. Carantoñas pocas, ninguna a los pocos mozos que quedaban en el pueblo, quizá alguna sonrisa (sólo de medio lado, no fuesen a creerse lo que no era). Ni por asomo estaba dispuesta a aceptar que el “Madrinazgo” le había tocado en una tómbola y que su papeleta había sido la única.

El Sr. Alcalde suspiró, completamente relajado, el día 25 de Agosto; no se había montado ningún pollo. Hoy vuelve a estar preocupado, su mujer dice que insoportable. Pues parece que el censo de mozas sigue estando bajo mínimos y se teme (no sin razón) que la María vaya a ser, de nuevo, la única que se acercará a la tómbola del Segis a mediados del próximo mes de Agosto.

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