Soy un envidioso

Sí, lo reconozco. Como si estuviese en una reunión de Envidiosos Anónimos, me levanto, avanzo hasta el centro de la sala y lo digo en voz alta y clara: soy un envidioso.

Porque envidio a esas personas que son capaces de identificar a las personas malas a primera vista. Siento envidia de esas personas que siempre comienzan diciendo “Si ya lo decía yo, …”; siento envidia de esas personas que cuando alguna otra hace alguna trastada (o así se lo parece), colocan los brazos en jarras, entornan los ojos y moviendo lentamente la cabeza, dicen “Mmmm, no, si yo ya …”.

Y es que no lo puedo remediar. No me considero un santo, ni Job, ni Carolo, ni Ángel José, ni nada de nada, pero cuando conozco a alguien, cuando me presentan a alguna persona, pues mi primer pensamiento no es negativo (tampoco necesariamente positivo). Con el tiempo es posible que esa persona realice alguna trastada (o así me lo parezca). Y si es así, se acabó el bacalao: la tacho para los restos. Pero tendré que reconocer mi error de apreciación inicial. Me es muy difícil, por no decir imposible, ponerme a la defensiva, como hacen esas personas a las que tanto envidio, desde el primer momento, desconfiando de “el otro”. No sé si es ingenuidad, la educación que uno ha recibido o qué, pero es así.

Porque hay personas, ya les digo, que parece que siempre están en ese plan defensivo, no se “mojan”, no dicen nada y como todos, todos, tarde o temprano cometemos una trastada (o les parece  a los otros), siempre salen con eso de “..si ya lo decía yo …” o “Mmmmm., no, si yo ya …” Son personas que nunca se equivocan, son muy largas de pensamiento e intuición.

Sinceramente, envidio a esos listos. Al igual que envidio a las personas que con pasearse un par de horas por su puesto de trabajo consiguen alcanzar todas sus metas ¡Yo necesito horas diarias de trabajo!

Y también a esas personas que, sin aportar nada al patrimonio común, son capaces de utilizarlo con egoísmo y soberbia. ¡Ah! y que cuando algo de ese patrimonio deja de funcionar se callan (como …..) y esperan, agazapadas, a que “alguien” se encargue de comprobar el error, llamar al técnico y ¡cómo no! abonar la factura de la reparación; en ese momento ¡zas! surgen como por encanto y vuelven a hacerse con los equipos del patrimonio para su exclusivo uso y disfrute.

Ya sé que la envidia es uno de los pecados capitales y que el caer en ella me llevará irremisiblemente al infierno, pero eso tampoco me preocupa; ¡son tantos los amigos que allí me encontraré! Y, por supuesto, también a todas esas personas a las que envidio.

 

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