El especialista experto o las páginas amarillas

Quizá con el sobreuso de la telefonía móvil muchas personas no las conozcan o no se acuerden de ellas, aunque hoy en día existen versiones en Internet; me refiero a las páginas amarillas. Se trataba (hablo en pasado para referirme a la versión en papel) de una guía telefónica en la que se recogía la información (dirección y número de teléfono) relativa a profesionales, empresas y servicios; a veces hasta se incluía un pequeño icono o logo identificativo. Muy útiles, no se crean; especialmente si se te ha roto la lavadora y no sabes dónde está el servicio técnico correspondiente (recuerdo que había también un apartado para catedráticos de universidad, pero desconozco su utilidad; no la de los catedráticos, sino la de esa sección ahí, me refiero).

¿Cuál era el criterio para ser incluído en esas páginas? Sólo uno: pagar el anuncio, pues no dejaba de ser eso, un anuncio; más grande o más pequeño, en página par o impar (más caro), pero, a fin de cuentas, un anuncio.

Hay instituciones que intentar visibilizarse para poder atraer clientes que paguen por sus servicios y quizá les da vergüenza anunciarse en los periódicos locales (todo se andará …). Lógico; aquéllo de El buen paño en el arca se vende no es ya en absoluto cierto. Y para eso promueven también una especie de páginas amarillas al efecto. Pero con la diferencia que estas páginas amarillas se denominan relación de expertos o algo así (creo que no ponen especialista, el título intenta ser epatante). ¡Ah, los expertos! En nuestro entorno, un mantra, una palabra con tanto sex-appeal como lo tiene la calidad, la competitividad, la internacionalización, emprendedurismo y otras tantas que periódicamente se cuelan en cualquier discurso, sea institucional o no.

La diferencia es que, lógicamente, los miembros de esa institución no son obligados (todo se andará …) a pagar un “canon” por aparecer en esa relación de expertos pues, a fin de cuentas, el demandatario del servicio se dirigirá a la institución y ésta al experto, recogiendo aquélla una parte sustanciosa de lo que éste perciba por su trabajo o asesoramiento (¿se han dado cuenta del bonito uso de los pronombres demostrativos?), dado que no se trata de dádivas, aunque en muchas ocasiones el demandante del servicio así lo pretenda.

¿Y quién define quién es un experto y en qué es experto? Uno podría imaginarse que algún consejo de ancianos, Agencia de Evaluación, o Agencia de Calidad (tan caras a nuestros jerifaltes, asesores y aplaudidores) o algo de este estilo, debe actuar para delimitar los campos en los que el que dice (o pretende) ser experto realmente lo sea; pero no, no es así. Es el propio experto el que se autodefine como tal y en los campos que él elige; aunque no lo crean, ni siquiera eligiendo para definirse palabras de un thesaurus al efecto, no; cada uno elige y pone lo que le da la gana para decir en qué es experto.

Con lo cual, ¿qué se consigue? Pues una de la cosas más absurdas, esquizofrénicas, ampulosas e inútiles que usted pueda imaginarse: junto a verdaderos expertos, respaldados por trabajos para la sociedad en campos muy precisos (ya eran expertos antes de que se elaborase la relacion de expertos), puede usted encontrar ahí a personas que a usted (y no sólo a usted) le consta que no son expertas absolutamente en nada (salvo en decirlo), y que sin embargo aparecen como expertas en campos y temas absolutamente esotéricos y más propios de un programa de televisión de madrugada que de figurar en una verdadera relación de expertos vendible a los potenciales demandantes del servicio. A veces ese carácter de experto se refiere a algo muy concreto (diseño de puentes, por poner un ejemplo); en otras ocasiones la descripción es tan amplia, prolija, farragosa y enrevesada que al llegar al segundo renglón uno ya no recuerda lo que ponía en el primero.

Desgraciadamente, es un juego en el que más pronto o más tarde, casi todos hemos caído, quizá por presunción, quizá por obediencia, quizá porque creímos que prestábamos un buen servicio a quien nos paga o quizá para presentar nuestra actividad como experto para justificar nuestra inutilidad en aquéllo por lo que realmente se nos paga. Pero es otro campo, actividad o cosa de la que, como con tantas otras, muchos comienzan ya a hartarse y desilusionarse.

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