La noche más oscura

Los habitantes de la aldea llevaban varios años soportando al cruel Bóreas. Les había sorprendido soplando fuerte y, acompañado de más que habituales meteoros, había sumido a la aldea en una oscuridad absoluta, pasando, al igual que las predicciones de José en el antiguo Egipto, por momentos (ya años) oscuros, fríos y desapacibles. Pero los habitantes de la aldea, cultos e instruídos como eran, sabían que no todo dura eternamente y esperaban ansiosos que tras el periodo de vacas flacas, volviese de nuevo un periodo de bonanza y vacas gordas que les permitiese recuperar la alegría y las ganas de vivir. Bien es cierto, si nos ajustamos a la verdad, que la intrincada disposición de valles, montes, cordilleras y desfiladeros permitía que Bóreas no incidiese de lleno sobre la aldea contínuamente, pero sus efectos no dejaban de hacerse notar. Pero los aldeanos no sabían que, desgraciadamente, lo peor estaba todavía por venir.

Pues, insospechadamente para muchos (aunque algunos aldeanos se lo temían), comenzó un fuerte y lejano Lebeche que se aproximaba y cernía sobre su aldea. No era de esperar ningún tipo de confrontación entre Bóreas y Lebeche que permitiese a los aldeanos pasar de puntillas y librarse de la situación, pero la acción simultánea de ambos sobre la aldea podía tener resultados desastrosos y definitivos para todos sus habitantes. Los negros nubarrones que aceleradamente se acercaban empujados por Lebeche se sumaban a los ya existentes llegados desde el Septentrión. Con razón temían los aldeanos que el cielo cayese sobre sus cabezas.

¿Estaba todo perdido? Afortunadamente parece que no. Esta vez sí que sorprendiendo a todos, llegó un celta, con su melena ondeando al viento, igual que un potente y enfurecido Sigfrido, montado en un unicornio (de color rosa palo, por supuesto) y envuelto en una más que elegante armadura de plata, que refulgía incluso a pesar de los débiles y escasos rayos de sol que conseguían atravesar el negro cielo. Ayudado por un fiel ayudante (esto se parece cada vez más a don Quijote y Sancho  Panza, o Sherlock Holmes y el Dr. Watson, o Hercule Poirot y el capitán Hastings, o incluso Águila Roja y Sátur) se aprestó a defender la aldea de los salvajes embates de Lebeche – pues había dado por perdida la batalla con Bóreas, al saber el poco tiempo de actividad que le quedaba y la capacidad de la peculiar ubicación de la villa para resistirlo – mediante ímprobos esfuerzos que no tenían nada que envidiar a los siete trabajos de Hércules. Al conocer de su existencia, Lebeche se revolvió enfurecidamente, tratando de anular al renacido Sigfrido.

No sabemos si éste lo conseguirá, pero es indudable que las generaciones venideras de aldeanos contarán a sus descendientes, a la luz de la llama, la historia de este salvador, cuya sola existencia devolvió a los aldeanos la confianza en sí mismos y les despertó de su casi eterno letargo anodino e inane.

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