El tren

Usted tiene que tomar el tren; todavía no sabe cuál, pero tiene que tomar alguno; bueno, uno no, dos. Tiene, además, una cierta ubicuidad (hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad), por lo que hasta puede tomar los dos trenes simultáneamente. Y ahí está usted, sentado en un banco en el andén de la estación, como Penélope o como la señorita Adelina*.

¿Por qué esa necesidad perentoria de viajar? No es ningún capricho, en absoluto, es simplemente un requisito más (ni el más importante ni el más fútil) para que usted pueda considerarse un adulto en el sentido más amplio de la palabra y que le permitirá integrarse en la sociedad de adultos en un futuro que usted estima y desea próximo (vamos, como antes la mili o el servicio social).

Pacientemente, usted se ha leído toda la información disponible sobre los seis o siete destinos posibles: distancia, ventajas, ofertas, alojamiento, clima, entretenimiento, etc., todo, absolutamente todo, lo conoce. Pero no acaba de decidirse; hay varios destinos que parece que presentan encantos y oportunidades similares y, por mucho qe se devana los sesos, no llega a tomar una decisión.

Hasta que lo consigue: Elige dos destinos, el A y el B (perdonen lo fría de la descripción, pero así usted puede, con su imaginación, poner los nombres que estime más adecuados). Ambos atractivos, ambos parecen interesantes, ambos parecen hechos para usted y no encuentra usted motivo para decantarse por uno solo de ellos. Así que, decididamente, deja el banco y se acerca a la oficina expendedora de los títulos de transporte. Adquiere los dos y vuelve al banco, a esperar la salida de ambos convoyes.

Pero antes de que eso ocurra, cae en la cuenta de que existe otra opción: Así es, pues según una norma bastante peculiar, usted puede, de alguna manera, convalidar alguna actividad bienhechora previa por uno de los viajes. No será, por supuesto, tan interesante, pero no hay duda de que es más práctico pues, esencialmente, tampoco se exige demasiado de esa actividad previa suya; con que haya estado vigilando un corral de gallinas un par de horas al día durante dos o tres semanas es suficiente. Así que, rápidamente, se acerca de nuevo a la ventanilla y trata de devolver el título de transporte que facilitaba su viaje al destino B. Dado el poco tiempo que queda para que el tren inicie el viaje, le devuelven sólo el 75% de la cantidad que usted había abonado, pero no está mal: por una miseria no tiene usted que simultanear ambos viajes, algo que, aunque puede hacerlo (hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad) no deja de ser un poco incómodo, por la previsible mezcolanza de experiencias entre ambos viajes.

Vuelve de nuevo al banco y comienza a cavilar: bueno, no es preciso que vaya a B, ya no me hace falta, pero parecía interesante. ¿Quizá podrían aceptarme en el viaje como una especie de invitado? Eso sí, si no me gusta, me puedo bajar en cualquier momento, ya que lo hago porque quiero, nadie me obliga, después de haber cuidado las gallinas, ¿no?. Así que se acerca al jefe de la estación y le plantea su petición. Desgraciadamente, la respuesta es no: lo crea usted o no, el tren se prepara con esmero para todos y cada uno de sus viajeros y no parecen estar dispuestos a algún esfuerzo más que en gran medida no va a ser compensado por usted con su interés y constancia.

Abatido (o quizá no), vuelve usted al banco y, cuando ya está dispuesto a sentarse de nuevo, por los altoparlantes de la estación se anuncia la salida del convoy con destino a A. Cansinamente se dirige a la vía correspondiente, no sin dejar de mirar de reojo y con cierta melancolía, el alegre convoy que se va a dirigir inmediatamente a B.

 

 

*”La niña de la Estación”.

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Una respuesta a El tren

  1. palomarovi dijo:

    Lo mejor de todo es que la norma que rige las convalidaciones, si acepta “cuidar gallinas” en vez de viajar a B; pero “haber viajado a C”… eso no se puede convalidar.

    Las normas….

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