El grano en el culo

Tenía un culo perfecto: redondo, elevado sin llegar a ser excesivamente respingón, ni rastro de piel de naranja y sí, un poquito de pelusilla, pero poca y de muy corta longitud, verdadera piel de melocotón.

Pero un día notó una pequeña molestia, casi nada, pero consiguió mirarse el culo en un espejo y ¡maldición! había un puntito rojo. Sí, le tiraba un poco, pero pensó que no era nada y lo dejó estar.

Al cabo de un tiempo la cosa había empeorado: según la postura que adoptase al sentarse, a veces lo sentía y resultaba cada vez más molesto. Lo consultó con su pareja: “Creo que me ha salido un grano en el culo”, “Déjame ver … pues sí.” ¿Me ayudas a reventarlo?” “¡Ni se te ocurra! Si lo tocamos se te puede infectar y eso sería peor; no te preocupes, desaparecerá solo”.

Ahí lo dejó, pero no, no desaparecía; no menguaba, incluso aumentaba de tamaño y comenzaba a ser molesto cualquiera que fuese la forma en que se sentase; sólo el hecho de ponerse unos pantalones ya le molestaba enormemente. Se lo dijo a su pareja: “Oye, me sigue molestando y creo que ha crecido” “A ver … sí, está un poquito más grande, pero déjalo, aunque sea un poco molesto, seguro que es cosa de la primavera”. ¿De la primavera?, pensó, ¡si estamos en otoño! Pero lo dejó estar.

Pasó el tiempo, llegó el verano, el otoño, …todo seguía su curso normal, el dolor persistía y el grano estaba cada vez más grande. Al final se decidió a ir a un médico, pues estaba claro que su pareja le iba a seguir diciendo que lo dejase y realmente se encontraba cada vez peor.

El médico lo miró y arrugó el entrecejo. “¿Por qué tienen ustedes la manía de venir al médico cuando ya no hay más remedio? Si hubiese venido usted nada más lo notó, lo hubiese sacado sin problemas y no le hubiese dolido ni le hubiese dejado señal. Ahora ha crecido demasiado y ha pasado a la categoría de quiste; tóquelo, verá como está bastante duro y muy grande” “¡Qué me va a decir usted a mí! ¿Qué solución hay?”. “¿Solución? -repuso el médico- la que usted se imagina: quirófano, operación, reposo y luego  ahí quedará para toda la vida la cicatriz”.

Lo que se había temido. Por supuesto que había solución, pero la que menos le gustaba; iba a ser más traumática de la que hubiese arreglado el problema si se hubiese atacado desde el principio. ¿Culpa de la pareja? Puede, pero el consejo de dejarlo lo había aceptado.

Lo cual demuestra que las cautelas no siempre son buenas. Lo difícil es identificar el momento adecuado para tomar una decisión: si demasiado pronto igual te llaman exagerado y que te lo tomas todo a la tremenda; si lo dejas para mucho después el problema puede haberse enquistado y eso, eso, ya tiene mala solución.

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